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lunes, 16 de octubre de 2017

"VOLANDO A RAS DE SUELO" (Autora: GELINES DBT)

FOTO de: MARCELO OSCAR BARRIENTOS TETTAMANTI

(Nota: Flin es un caracol que forma parte de la familia de Marcelo Oscar Barrientos Tettamanti, protagonista de mil historias que este "loco" fotógrafo, poeta y cuentista le hace vivir y que por suerte muchos de nosotros hemos podido compartir, Flin se ha convertido en un personaje muy querido entre todos los que seguimos sus "aventuras" y por eso Marcelo nos propuso un reto: escribir un relato inspirado en Flin. Marcelo debería escoger uno entre todos los enviados, pero cedió ese honor a Flinn, al que coloco en el interior de un círculo con los nombres de los autores. Flin se movió de un lado al otro y al final se paró muy decidido en el de GELINES DBT y es que Flin tiene muy buen gusto como podéis comprobar......)


Hoy llueve y cada gota de lluvia es una llamada al combate, a luchar por la supervivencia, aunque hay amaneceres  que cuesta demasiado vencerlos, como el de hoy. Cargo mi vida a la espalda y avanzo despacio por la calle que despierta con olor a churros y café, observo las vidas que transcurren ajenas a mí, sin verme, y si me ven me esquivan apartando la mirada porque les desagrada mi presencia.
Me cruzo un grupo de muchachos borrachos procedentes de una fiesta interminable y una joven prostituta de  ojos tristes y lejanos, como los míos si pudiera verlos. Me arrimo a la pared esquivando  a los chicos y trepo con la mirada por la costura de las medias de la chica que me recuerdan las líneas de mi concha porque llevan impresas muchas historias, recuerdos  que a veces hunden y otras elevan, aunque poco, porque la primera norma de supervivencia es permanecer abajo, a ras de suelo. No ver ni ser visto. Prohibido mirar ventanas iluminadas donde se intuyen niños recién levantados cubiertos de sueño y jabón, manos de madres tejiendo trenzas y risas, muchas risas, de esas que aunque intente evitarlas mis sensores las captan, se cuelan en mi interior y me trastornan.  Sigo con paso lento pero decidido, como si caminara hacia un lugar donde alguien me esperara, a ese lugar tan lejano que ya parece inexistente. Prefiero no pensarlo  porque si lo hago la añoranza me cubre con esa baba pegajosa que todo lo impregna y voy dejando rastro por donde paso y a la gente no le gusta la tristeza ajena.
Me atrae el parque y su humedad, verde y lluvia, lluvia verde: por un momento el mundo me parece hermoso, me tiendo en la hierba mojada y me calmo. Pienso en el calor de la arena donde empecé mi viaje, en la dureza del trayecto y en lo solo que me siento algunos días y todas las noches. Vivo acurrucado en la concha que me libra de la intemperie pero también de los abrazos y me cobijo en los ojos de un niño que muchas tardes me mira sin miedo, sin prejuicios. El instinto siempre termina arrastrándome a este lugar esperando encontrarme con él. Hace meses que cosió la grieta que me separaba del ser humano, fue una tarde que vencido por ese cansancio interno de quien no tiene en quien apoyarse, abandoné mi cuerpo sobre un banco del parque. Tenía hambre, sobre todo de afecto. A media tarde los niños, sus gritos y meriendas desembarcaron sin aviso. Traían juguetes de colores, bocadillos de nocilla y una alegría que me apretaba algún órgano interno, pero no podía irme de allí, aunque doliera. Entonces se acercó él, llevaba el pelo sudoroso y alborotado, en la espalda una mochila como la mía pero la suya contenía libros y lapiceros de colores. En la mano un bocadillo de jamón york y en la boca una sonrisa. Se sentó a mi lado, mordisqueando el pan con desgana mientras observaba a su padre que fotografiaba un caracol que descansaba en una hoja. De repente, el pequeño se dirigió a mí:
-“¿Quieres un poco?”  - “No, no gracias” – respondí mientras intentaba sonreír pero no me acordé como se hacía. “Toma, no me apetece y si no lo como mi padre se enfada” y me puso el bocadillo en la mano. ¡Sentí su tacto! Nadie me había tocado con afecto desde que desembarqué en este país. El calor del roce y su mirada me derribaron y toda mi saliva se concentró en la garganta. Ya se alejaba corriendo cuando se giró y me dijo:
- “Me llamo Hugo ¿y tú?” – “Flin, me llamo Flin”. Casi no me acordaba porque nadie me había preguntado mi nombre  desde que llegué a este país, salvo la policía aduanera.
- “¿Flin?” Repitió el niño riendo y en sus labios sonó a Flan, dulce  y tembloroso, el mismo temblor  que recorrió mi espalda y me subió por las entrañas. Hugo ya corría hacia su padre y yo seguía respondiéndole por dentro: “Si, me llamo Flin y tengo una familia que me espera al otro lado del mar y dos niños como tú que piensan que soy un héroe mientras yo arrastro mi tristeza y una mochila llena de música y pulseras para otros. Solo tengo una esquina vacía donde descargo mi peso cada mañana, si la policía me lo permite…” Y narrando al Hugo ausente mis secretos y mis miedos la concha se fue ablandando, mis nudos se soltaron…y lloré, lloré lágrimas emigrantes, las que tenía retenidas desde que salí de mi casa, de mis niños, de mí vida.
Su tacto me lavó los desprecios recibidos,  arrancó durezas  del alma, me cubrió con una capa de ternura ligera y calentita y me alimentó con una rebanada de paz. Hugo me recordó la razón por la que cada día debo volar aunque sea a ras de suelo y con mis pertenencias a la espalda: para que mis niños lleven en su mochila lapiceros de colores. Y aquí estoy, tumbado en la hierba imaginando que un día podré traerlos a este parque mientras mi esposa les vigila y yo hago fotografías a las hojas del otoño cuando cambien de color. Porque a ellas, como  Hugo, no les importará que mi color sea diferente.




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