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viernes, 4 de enero de 2019

PONIENDO HISTORIAS A LA DAMA DE LOS ABALORIOS


Seis relatos presentados a la sección "PONIENDO HISTORIAS" del mes de noviembre de 2018, basados en la fotografía de Nieves Garrido. El relato elegido en esta ocasión fué el títulado "La dama de los abalorios" del escritor Ramiro Pinto y fue publicado con fecha 18-12-2018 en este blog.



LA MUJER DE LOS ABALORIOS
(Autor: JUAN CARLOS GARCÍA CRESPO)

Mila entraba en la cafetería todas las tardes sobre las 18.45, después de misa de las seis. Yo, tras la barra, observaba su ritual. Caminaba deprisa pero con pasos cortos, como si arrastrará los pies o como si llevara una falda tan ajustada que no le permitía dar pasos normales, pero era el desgaste de la edad, rondaba los setenta. Su pelo, amarillo apagado, como mustio, parecía estar siempre en perfecto estado. Vestía un poco a la antigua, pero con elegancia, un mismo vestido que cambiaba una o dos veces al mes. Entraba en la cafetería, buscaba su diario favorito, La Razón, y se sentaba, si podía, en la misma mesa de siempre. Leía minuciosamente cada página mientras jugaba con su collar, manoseando cada uno de sus abalorios, como si rezara el rosario y cada pieza fuera un misterio al que dedicar oraciones y así purgar sus pecados. Nunca la vi sonreír o agradecer nuestros servicios.

 En ocasiones venía acompañada de Teresa, una venezolana de nacimiento pero leonesa de adopción, que estaba convencida del cambio espiritual generacional profetizado por los mayas. A parte de cuidar y hacer las labores de Mila era una masajista en prácticas muy buena. Fue ella quién abrió mí mente hacía el “así das, así recibes”.

 - Si no puedes pagarme el masaje- me dijo- no te preocupes. Yo practico, tú me promocionas, si te gusta claro, y el karma, si lo cree necesario, me devuelve el doble. Cuando das de corazón, él te devuelve con creces. 

A Teresa le gustaba hablar de las apocalípticas profecías mayas, de física cuántica y de viajes astrales. Me sonaba a chino pero era un mundo que más tarde descubrí. Mila, sin embargo, era mujer de parcas palabras y pocas veces podías entablar un diálogo coherente con ella, enseguida sabias si quería que la dejaras tranquila cuando te contestaba con monosílabos o con frases salidas de contexto. Si le comentabas algo relativo al tiempo te saltaba con que las mejores patatas las probó una vez en Perú, en un restaurante carísimo, donde a punto estuvo de casarse con el cocinero. Y si le ofrecías algo para comer de la carta te decía que las palmeras del paseo marítimo eran un peligro para los osos polares. No se sabía a ciencia cierta si había perdido el norte, si sufría Alzheimer o si te mandaba a la mierda sutilmente. Otras veces se interesaba por mi vida, me preguntaba si tenia novia, si me gustaba viajar o que libros me gustaba leer. Entonces daba gusto hablar con ella.

- Te regalaré uno escrito por mí- Me dijo un día.

 - ¿Es usted escritora?- pregunté 

- ¡Ja! Escritora, profesora, periodista, hija de puta, poeta, licenciada en filología inglesa, alcohólica, locutora de radio, ama de casa, pintora, escultora, esposa, amante, amiga, madre, rica, más rica y ahora -recalcó- borde, pensionista y pobre -me soltó a bocajarro con una voz, un poco de pito, que aunque hablaba deprisa parecía tan cansada que me dio miedo preguntar más por temor a que falleciera allí mismo. 

Poco a poco, por mediación de Teresa fui entablando amistad con Mila, la mujer de los abalorios, como la conocíamos en el bar, lo mismo me echaba de la mesa que me contaba su historia. Fui conociendo a una mujer tan inteligente como interesante. Con más pecados de los que confesaba y con más secretos de los que recordaba. Una buena persona que cuando lo tuvo todo estaba rodeada de gente y cuando perdió su dinero y fama se quedó tan sola que no quiso a nadie más a su lado. Gran parte de su fortuna la gastó en devolver a la vida a su marido tras un accidente y una trombosis en la que tuvo que volver a aprender a caminar, a hablar y a recordar quien era; finalmente murió. Otra parte la dilapidó en “amigos”, en alcohol, en vicios y en surtir de caprichos a su único hijo que acabó robándole para conseguir drogas. Sin darse cuenta se fue quedando sin dinero, sin familia, sin amigos, sin fuerzas, sin ganas y sola, muy sola. 

Charlábamos las tardes que no había demasiada clientela, la veía dar vueltas entre sus dedos a aquellos adornos de su collar, lo hacia sistemáticamente, como si fuera un tic, hablaba y daba tantas vueltas a cada cuenta de su alhaja como tantas vueltas dio su vida.

 - Mira, ¿ves este collar?, me lo regalo mi pobre marido, no tiene ningún valor económico, es lo único que no pude vender, sólo actúa como amuleto repeliendo parásitos de dos patas. Si acaricio este adorno recuerdo a mí marido y evito que otros se acerquen; tocando este otro combato mí soledad; este me recuerda que no existen más amigos que dedos tienes en media mano, así evito hacer amistades, este de aquí invoca mí fallecido talento y podría seguir contándote pero no te importa en absoluto. 

Y efectivamente, su vida era como su collar de abalorios, de él colgaban su hijo, su marido, los miedos, las manías, la fama, la esperanza, el alcohol, dinero, trabajo, amistades, mentiras, su soledad, su lejano pasado, su vacío presente y su incierto futuro. Cuando su vida se rompió todos los abalorios, todos los parásitos a su alrededor, se dispersaron. Fue como si el collar se hubiera roto y todos los adornos salieran desperdigados, huyendo lejos de ella. Cuando su marido murió ella se hundió, se refugió en el alcohol, en los hombres y en recuperar a un vástago toxicómano. Poco a poco todos la abandonaron, su hijo desapareció con gran parte el dinero, el resto del patrimonio se esfumó en un abrir y cerrar de ojos, su inspiración artística se bloqueó con el resto de sus sentidos, los amigos dejaron de ser amigos y lo peor de todo, su vida siguió adelante. No le quedaba nada. Un pequeño piso en el centro de la capital, dos vestidos, la baratija que colgaba de su cuello; una amiga que hacia las veces de asistenta; muchos años por delante y muy pocas ganas de vivir. 

Aún hoy, Mila, sigue dando vueltas por León, pasea todas las mañanas o, si llueve, lee (nunca ve la tele) y escucha música en su rinconcito del salón, desde donde ve toda la calle y a sus transeúntes. Entra en la cafetería a la misma hora, después de la misa de las seis a la que acude por aburrimiento, toma su café, manosea su collar y me busca un rincón en su corazón y entre sus dedos índice y anular. Teresa apenas tiene tiempo de charlar con nosotros, sus manos no paran de trabajar, el karma le funciona bien. Sigue buscando no sé qué esencia cósmica. 

Y ¿yo?, yo sólo les dedico esta historia. 



PIEDRAS AL CUELLO
(Autor: PAUL COULETTE)


 En su larga existencia, el destino fue colgándole piedras al cuello.
 Ella pasa las cuentas de su particular rosario con calma, deteniéndose en cada una de ellas, tocándolas con mimo. Extrae de cada agallón el viejo relato que la vida, la cruel vida, fue escribiendo en el ahora amarillento cuaderno de su memoria, esta memoria ajena al presente.
 La mortal desmemoria que viaja fiel y concisa por las paradas de su personal viacrucis. Cada estación pasa lenta por esa encallecida pantalla de sus manos, por esas temblorosas y viejas manos que convirtieron en arrugas aquellas cicatrices. Una de ellas, sobada por el tiempo, le trae la pérdida de su padre en aquella cruenta guerra siendo aún una niña, los tristes días del miedo, del hambre y las lágrimas… 
El suave tacto de una nueva cuenta pone en sus labios la jovial sonrisa del malogrado hermano, aquel que le robó una mañana de otoño la puta mina. Y también pone la triste y negra lluvia de aquel día en sus ojos azules.
 La siguiente pasa silenciosa entre sus dedos sin apenas rozarlos, de puntillas. Se va sin un reproche, como se fue su madre, como si no quisiera molestar ni dar quehaceres, dejándole una amorosa caricia.
 La aspereza de la siguiente trae consigo el carácter de su marido, de aquel con el que obtuvo el maravilloso regalo de los hijos, de aquel que se fue dejándola sola en esta indiferente vida. Siguen pasando las piedras de su particular rosario con calma, una a una. Siguen arrastrándose inexorables los recuerdos por sus manos, engarzados en ese colorido collar de incovenientes y desgracias, de vivencias. 
Pero no pasan todas. Hay una más grande que el resto rematando la sarta, una que evitan, esquivas, sus manos. Una fría y tosca piedra que lleva grabada en su memoria la fecha del abandono, de la soledad.
La fecha del beso de judas que le dieron cuando, vieja y sin memoria, la confinaron en aquel geriátrico.



LA DAMA DE LOS ABALORIOS.
(Autora: MARTA REDONDO) 

La sala de conferencias del Hotel Reconquista se encontraba abarrotada de periodistas. Esperaban que de un momento a otro compareciera en rueda de prensa Nieves Garrido, la flamante escritora leonesa ganadora del premio príncipe de Asturias de las letras. Sobre la mesa se disponían en exhibición y perfectamente alineados, tres ejemplares de su última novela: La dama de los abalorios. Nieves apareció impecablemente vestida. Elegante traje sastre gris marengo. Cabello rubio. Pelo corto. Maquillaje discreto. Apenas un tono rosa palo de carmín en los labios y una fina línea azul delineando las pestañas superiores. Azul cielo, acorde con sus ojos. Miró el reloj. Esperaba que el evento no se prolongara demasiado. No le gustaban este tipo de comparecencias. De un momento a otro podían surgir las cuestiones personales. Comenzaron las preguntas. Los temas habituales: cómo se ha inspirado, influencia del entorno en su escritura, fuentes literarias de sus novelas, los personajes. Pero pronto surgió esa curiosidad del periodista que obliga a la entrevistada a removerse nerviosa en la silla, es incómodo revelar el interior a un grupo de extraños.
 .- Si Sra Garrido. Raúl Villegas de la revista cultural “El porteño” de Argentina. Este…su nombre de pila es Violeta Ros. ¿Por qué escribir con ese seudónimo de Nieves Garrido? .- Este es el nombre de mi abuela. Ella es la principal culpable de que yo ahora esté aquí, entre ustedes. Mi abuela siempre fue una mujer muy poco convencional. 
Si hubiera conocido a aquellos periodistas les hubiera contado que a su abuela le gustaba levantarse siempre muy prontito para prepararle deliciosas tortitas de harina y mantequilla cuando el resto de los mortales prefería permanecer en brazos de Morfeo. Sentía a menudo ese olor tempranero que inundaba las estancias de toda la casa perfumando cada rincón de canela y nata. Mientras las abuelas de los demás amigos solían zurcir y hacer punto, la suya sorprendía a propios y extraños calzándose las zapatillas de deporte para ir a correr por las orillas del Bernesga en aquellos tiempos en que la gente solo corría cuando la policía les perseguía en alguna manifestación no autorizada. La verdad es que a su abuela nunca le interesó demasiado la política, o al menos hablar de ella. Supongo que le preocuparía el destino de una nación secuestrada por el miedo pero lo cierto es que no solía hablar demasiado de esas cosas. Lo que le gustaba era la literatura. Era capaz de recitar cada uno de los diálogos del Tenorio sin despeinarse demasiado aunque también declamaba poesía. Lo mismo se arrancaba con un soneto de Garcilaso que se perdía entre las simas de los poemas de Salinas. 
Si les hubiera conocido, les hubiera contado que recordaba verla citar, como si de un mantra se tratara, los versos de aquel célebre soneto del poeta toledano: “...coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto, antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre” La nieve. Aquellos cabellos blancos que la bella dama lucía en la foto que había elegido como portada para su próximo best seller. La dama de los abalorios. La nieve. 
LA DAMA DE LOS ABALORIOS. Por Marta Redondo Álvarez 
Siempre presente en la vida de su abuela ya desde la pila bautismal. La dama blanca que acompañó su infancia en aquel pueblo de montaña en el que tantas veces el tiempo se detenía al quedarse incomunicados por los temporales invernales. Los rigores del clima leonés. Las montañas rebosantes para asegurar primaveras repletas de floridos vergeles. Siempre pensó que aquellos fríos forjaron el carácter recio de la abuela. Sus manos casi siempre estaban frías. Violeta pensaba que ese era el motivo por el que a veces le apretaba las manos con tanta fuerza. La abuela debió sufrir mucho. Es duro pasar por lo que ella pasó. Pero Doña Nieves fue toda su vida una deliciosa coqueta. Le gustaba lucir colores acorde con la estación. Oscuros en invierno, ocres en otoño, pasteles en primavera y luminosos y alegres en verano. Cuidaba especialmente la elección de la bisutería que debía ser siempre acorde con el resto del vestuario. Sentía especial predilección por aquel collar de perlas color coral que a menudo se ponía con el jersey azul cobalto que Violeta le regaló la Navidad en que se quedaron solas. No se que significado tendría aquel collar para ella. ¿Quizás el regalo de algún amor de juventud? Mamá se había ido demasiado pronto. Aunque ya apenas lo recordaba. Era muy pequeña cuando una fría noche los abuelos vinieron a buscarla. Ya por entonces mamá y ella debían vivir solas. El Sr. Ros, ya debía haber dado el portazo. A la abuela no le gustaba demasiado hablar de ello. El nombre de su padre era casi un tabú en la casa de los abuelos. La verdad es que no era fácil recordar las cosas. Nunca quisieron contarle mucho. Recordaba vagamente el día del funeral de mamá porque la tía Carmen vino a quedarse toda la tarde con ella mientras los abuelos marchaban a la iglesia. Aquellos días los azules ojos de la abuela no cesaban de derramar lágrimas. Fueron días en que una intensa niebla se apoderó de la casa. No había tortitas, ni cuentos, y la abuela dejó de pintar. Otra de sus pasiones. Le encantaban los paisajes bucólicos repletos de elementos naturales, las montañas, los campos sembrados de flores. También solía recrearse retratando estampas marinas. En sus cuentos y pinturas siempre aparecían criaturas mitológicas. Gracias a ella había conocido a todos los habitantes del Parnaso: dioses, ninfas, mitos varios: las desventuras de la pobre Dafne convertida en laurel al ser perseguida por un lujurioso Apolo, o la triste pena de Orfeo al perder por segunda vez a su amada Eurídice tras rescatarla de los mismos infiernos. Ella fue la que le había abierto a un mundo de sueños y los sueños son los hilos con los que las musas tejen la obra de todo escritor. 

Como le decía, Sr. Villegas, mi abuela era una mujer muy poco convencional. Siempre le dio mucha importancia a la cultura y a la formación en un momento en que la mujer no tenía demasiado acceso a la cultura. Incluso después de jubilada siguió realizando labores de voluntariado en el museo provincial de Leon, la ciudad donde nací y a la que regresó siempre que puedo. Ella fue, como ya le dije, la culpable de que yo me dedicara a esto.

 No hay más preguntas ¿verdad? 


LA DAMA DE BLANCO 
(Autora: MARIA DEL CARMEN DIEZ BALLINES)

Jugaba a las canicas con mis dos amigos, en el suelo polvoriento del mercado de mi pequeña ciudad. Mi madre vendía, en uno de los puestos, cuentas, abalorios y piedras de colores, que las mujeres usaban para fabricarse collares, pulseras y otros objetos de adorno personal. Yo era el mayor de mis tres hermanos, y como tal me correspondía ayudar a mi madre en el transporte de la pesada carga. Era como de costumbre lunes. El calor se hacía notar ya, desde las diez de la mañana. El bullicio y griterío de vendedores y compradores, llenaba la plaza de diferentes voces con sonidos de otros lugares. 
Pero la vi, vi una figura esbelta, ligera, con movimientos pausados, vestida de blanco, acariciando su pamela con la mano. Compró a mi madre, una serie de piedras de colores y cuentas plateadas, que seleccionó con sumo cuidado.
 Desapareció. 
Al mercado siguiente volvió, y así, sucesivamente. 
Mi curiosidad adolescente, me llevó a seguirla a la cuarta visita al tenderete de mi madre. Bajé tras ella, por las estrechas y serpenteantes callejuelas del barrio viejo. Ella, se deslizaba entre estas, sorteando a mercaderes de alfombras y animales cargados con tinajas de agua y aceite. Era europea. Llegó a la calle paralela al mar, y se metió en una casita blanca con persianas teñidas de azul. Me acerqué a mirar por una ventana abierta al mar, observé su trabajo, y su delicada atención a un bebé blanco, transparente, albino. De la cuna colgaban las cuentas y abalorios colocados de una manera sutil, para producir un alegre tintineo con juego de colores, movidos por la tenue brisa del mar. 
Diseñaba verdaderas obras de arte sobre los vestidos blancos, cosiendo las piedras de tonos diferentes, los pequeños objetos plateados y cintas de raso. 
Llegó el invierno y desapareció. No volví a verla. Una tarde, al retirar las tazas de café en una terraza del bar donde trabajo, un cliente olvidó el periódico sobre una mesa y la vi en la portada. Ella, era la noticia: “Una joven empresaria ha nacido, la dama de los abalorios”. 



UN COLLAR DE BESOS 
(Autora:MACAMEN DE VEGA)

Aquel jueves Dolores llegó a casa de su paseo diario un poco más tarde de lo habitual. Nada más abrir la puerta escuchó la voz de su nieta Noelia llamándola alegremente. Tras colgar su abrigo se dirigió hasta la cocina donde la niña y su madre cocinaba juntas unas magdalenas.

 -Abuela, ¿Nos ayudas? 

Dolores se sentó a la mesa y dijo mientras sacaba un improvisado paquete envuelto por una servilleta de papel: -La verdad es que no tengo muchas ganas, vengo un poco disgustada. Al entrar en el café, como cada tarde, fui perdiendo los abalorios del collar que me regaló el abuelo en nuestro último aniversario juntos. Menos mal que un muchachito amable y vivaracho fue recogiéndolos tras de mi y consiguió recuperarlos todos. Yo ni siquiera me había dado cuenta de que el collar se había roto. Ahora solo tengo un montón de pedruscos rosas- Y mientras decía esto abría la servilleta mostrando el montón de abalorios sueltos. 

-Abuela ¡No te preocupes! 

Noelia se lavó las manos aceleradamente, se soltó el mandil, lo colgó tras la puerta de la cocina y volviéndose hacia su madre y su abuela dijo con decisión y entusiasmo: 

-Esto lo arreglo yo ahora mismo. Y con toda la energía que la caracterizaba salió corriendo hacia su habitación. 

No tardó en regresar con su maletín de joyera, donde guardaba hilos, tanzas, broches, unos pequeños alicates, bolitas, colgantes y todo lo necesario para diseñar y montar con gran habilidad todo tipo de creaciones que salían de su inquieta cabecita.

 Dispuso todo lo necesario encima de la mesa, se acercó el montón de piedras rosas que hasta hacía bien poco formaban el preciado collar de Dolores y dijo con mucha seriedad y convencimiento: -Sé que este collar es muy importante para ti porque te lo regaló el abuelo con una de tus piedras preferidas por cada año que llevabais juntos. Yo te lo voy a arreglar, abuela, pero además a partir de hoy será también un collar de besos llenos de mimos para ti, verás. 

Dicho esto comenzó a coger piedras y a ensartarlas.

 -Estos tres... ¡Para cuando te duelan las rodillas! -Estampó un sonoro beso en cada una de las piedras y las hilvanó con gran facilidad en la tanza que había preparado para ello. A continuación tomó dos más, y besándolas dijo: -y éstos para cuando te molestan los dientes de mentira. Y este otro tan largo -se detuvo unos segundos con los labios pegados a otra piedra- para las noches en que te despiertas y no logras dormirte de nuevo. 

La abuela la miraba emocionada con inmensa ternura, y su madre, que se había apartado de las magdalenas para contemplar la escena, cogió dos piedras y mirando a Noelia preguntó 

-¿Puedo? -¡Por supuesto!- contestó la niña aprobando con alegría la participación de su madre. Ésta besó las piedras y dijo: -Estos para cuando echas de menos tu casa del pueblo. 

En ese momento se abrió la puerta de casa y entraron Alejandro, el hermano de Noelia, y su padre que venían de clase de música. 

-¡Alejandro, papá, venid a la cocina, necesitamos vuestra ayuda! 

Tras explicarles lo que estaban haciendo el niño cogió una piedra y besàndola dijo: -Este para cuando no tienes ganas de salir a pasear. 

-Y yo te doy este -dijo el padre repitiendo el gesto- para cuando te acuerdas de tu hermano Tito. 

Y así uno a uno fueron hilvanando beso a beso los 47 abalorios que recordaban cada año de amor entre Dolores y su marido. Cuando el collar estuvo listo Noelia lo colocó en el cuello de su abuela que lloraba emocionada y agradecida por tanto amor.

 Desde ese día cada vez que Dolores lleva puesto el collar no puede evitar lucir una espléndida y profunda sonrisa.



ABALORIOS EN EL ZÓN, ZÓN, CORAZÓN
(Autora:MANUELA BODAS)

 Un collar de amor, lleno de recuerdos es un precioso inicio para una historia. Y en esta historia hay un collar de abalorios recuerdos, y de abalorios lamentos. Lamentos como cuentas saldadas al pasado. Abalorios amigos, que una tarde se quisieron ir de ruta por su cuenta, pero una mano amiga, fue recogiéndolos para entregárselos a Nieves, o a Marta, o a qué más ha de dar el nombre, para que volviese a formar un precioso collar con ellos. 

Y aquí comienza la historia: 

Cada abalorio engarzado, un pétalo de vida, un aroma, un recuerdo. 
El primero que pasó la hebra era un abalorio fuerte, agradable al tacto, como aquella tarde en que esperaba bajo el puente, para resguardarse de la solana que estaba cayendo. Su amiga llegó cantando con la rueda hinchada. La rueda servía de flotador. 
Por un momento notó el agua en su cuerpo. ¡Qué cruceros hacían en aquel flotador! 
Otro abalorio en la serpiente que iba formando el collar, éste olía al chocolate de madre las tardes de domingo. El siguiente venía con el tacto sutil de los pétalos de aquellas rosas amarillas que el abuelo escogía para llevar a la tumba de su mujer. 
Al ensartar el último abalorio, una lágrima se estrelló contra el tapete de ganchillo que cubría la camilla. Aquel abalorio se lo entregaba el tiempo con la mirada de un muchacho lleno de chiribitas en los ojos. Dejó la serpiente de abalorios sobre la mesa y se acercó al cajón donde guardaba las fotografías. 
Un hipo tranquilo, fue apoderándose de ella a medida que repasaba las instantáneas, hasta que llegó a la última, y… que extraño vuelco se produjo en su corazón. El muchacho que recogió los abalorios cuando se le rompió el collar tenía un enorme parecido a su marido. 
Un ruido grande se le hizo en la cabeza. No podía ser, no, no, pero el ruido iba en aumento. Guardó la foto en un sobre y salió disparada hacia la tienda en donde el chico le había recogido las sartas.
 - ¿Le pasa algo? – Bueno es que, te acuerdas que ayer se me rompió el collar aquí en la tienda y un joven muy amable recogió las cuentas.
 - Lo recuerdo si. 
 - Por casualidad no sabrás dónde vive. Me gustaría darle las gracias. Mira que bien me ha quedado. 
- Le ha quedado muy bonito si, pero la veo un poco alterada. ¿Se encuentra bien? 
- Si, si, me encuentro bien, solo me gustaría saber la dirección del chico para darle las gracias, se portó muy bien. 
Le temblaba la mano, no se decidía a pulsar el timbre.
 ¡Vamos mujer, dale, ya que estás aquí…! Se dijo para animarse. 
 Luego, comenzaron a salir las cuentas. Los años del joven, la gratitud que sentía hacia sus padres adoptivos, por haberle contado la verdad. 
-Nos dijeron que habías nacido muerto. Y sabes…, para consolarme tu padre aparecía en casa muchas veces, cuando regresaba del trabajo con flores, con pastelitos… Una de aquellas tardes llegó con un paquete un poco más grande. Le miré con ojos de pantera. 
-No te vayas a pensar que me he gastado toda la paga, me dijo, al ver mi expresión, pero… es que te va a quedar tan bonito. 
Abrí el paquete con fruición. Dentro había otro paquete, y otro, y por fin una pequeña caja que contenía este collar.
- La vida te quita y te da. Qué pena que no viva para verlo. ¡Cómo podría imaginar que el collar me iba a llevar a ti! Estos abalorios que recogiste los he llevado siempre al lado de mi corazón y han sido como las migas del cuento de Pulgarcito, me han guiado a la casa del amor. 
Desde aquel día, madre e hijo han ido ensartando cariño mutuo en sus corazones. Todo el cariño que el tiempo les robó. 
Un collar de amor, lleno de recuerdos es un precioso inicio para una historia. Y en este caso los recovecos de las palabras, han querido que también sea, un precioso final. 

lunes, 12 de noviembre de 2018

"PONIENDO HISTORIAS" (FOTO DE ALEJANDRO ALLER)


Fotografía propuesta por su autor: ALEJANDRO NEMONIO ALLER, para la sección "PONIENDO HISTORIAS" de Cuento cuentos contigo.
(Se escribe un relato inspirado en la propuesta y el autor elige aquel que personalmente mas le ha gustado).

En esta ocasión son 10 los relatos presentados:

- "Debajo de las hojas"
 (Manuela Bodas)
- "Cuando no hay sol" 
(Mari Sol Valladares)
- "Flor de invernadero" 
(Laly DBT)
- "Cuentocuentos"  
(Armando Gutierrez Domínguez)
- "La vida en F/2.8" 
(Flor Méndez Villagrá)
- "La Flor de la Vida" 
(Noemí Montañes)
- "El Geranio Blanco" 
(Marcos Castro Morán)
- "La Vidente" 
(Jesús López)
- "Ensueño de Luna"
  (Luis Fernando Gonzalez)
- Geranio Blanco
(Marta Redondo)

de cuya lectura pueden disfrutar a continuación:




DEBAJO DE LAS HOJAS
Relato seleccionado por el autor, para representar su fotografía
(Autora: MANUELA BODAS)

-¡Oh, que blandita! Era nuestra primera vez. Era la primera vez que aterrizábamos en el planeta Mano.
Nosotros vivíamos debajo de las hojas. Teníamos un halo de demarcación que nos protegía de los peligros externos. Éramos un micromundo en el que todo era perfecto. ¿Todo era perfecto? Si, todo era perfecto. Allí dentro teníamos la temperatura ideal para vivir, las hojas nos ofrecían su verde extensión y las habitábamos encantadas.
Nos ofrecían su verde extensión, a cambio de que cantásemos nuestras nanas para que las hojas, pudieran sustentar sus flores.
¡Ah, que no lo entiendes! Si te tomas un tiempito, te lo explico. Primero, ahí va una de las nanas de las que les dedicábamos a las flores para que se mantuvieran siempre su frescura.

Cantamos para ti un canto,
un canto de calma y beso.
que arrulla a tus tiernos  pétalos,
y a tus fibras blancas de nieve.
Cantamos un canto albo.
Ea mi pétalo ea,
duérmete en esta palma
de piel y de estancia,
donde tus flores son almas
y tus hojas un corazón sin espinas.
Ea mi pétalo ea,
duerme tu sueño de calma y beso.

Esta nana repetida, tiene su aquel, es decir, logra la eterna juventud para las hojas y las flores que viven en la bola de cristal que sujeta el planeta Mano y nosotros, los que habitamos tras las hojas, a su vez, también logramos mantenernos siempre igual.
Llegados a estas alturas de la narración, te preguntarás:
-¿Pero quién demonios sois los que habitáis detrás de las hojas?
- ¡Ya estabas tardando! Pues bien, nosotros somos esos seres invisibles, que tenemos la misión de cuidar el bien. ¡Ah! ¿Qué no te lo crees? Ante eso nada podemos hacer. Solamente decirte y atrevernos a recomendarte que mires fijamente esta foto que nos ha dedicado Alejandro, no se nos ve, pero si te paras un ratín a contemplar la fotografía, notarás la viveza del verde, la gran profundidad del blanco de las flores a las que arrullamos eternamente. Y el planeta que nos sostiene, el planeta Mano, tiene más de mil años. ¡Por supuesto, no das crédito!  Parece que tiene la piel de un niño ¿verdad?
-¿Hace otra nana? Pues ahí va, verás como después de entonarla con nosotros comprendes mejor quien somos. Pero ahora imagina que la nana va dedicada a ti. Solamente la entonamos para ti:

Cantamos para ti un canto,
un canto de calma y beso.
Ea buen humano ea,
tu que eres tan frágil como un soplo
y tan efímero como un segundo,
tendrás vuelo y calma
si dejas a tu corazón, que respire
la luz de las cosas pequeñas.
Ea buen humano ea,
deja que entre  la risa
en tu casa de barro.
Deja que el sol se pose
en el vuelo de tu angustia.
Ea buen humano ea,
déjate inundar por la calidez
de los seres invisibles,
que os dan su compañía
y os aman, y protegen vuestras horas.
Ea buen humano ea,
deja que el niño que en ti mora,
tenga sus alas siempre abiertas.

-Aviso para niños que ya han cumplido mas de cuarenta: ¿Esta bola que sujeta la mano de Alejandro no es recuerda a otra bola? Si estás en Alaska, puede que te suene mucho esta bola de cristal.


El fotografo Alejandro Nemonio Aller, haciendo entrega de una reproducción de su instantánea a la autora del relato elegido Manuel Bodas, en el encuentro de 
CUENTO CUENTOS CONTIGO del día 9-11-2018




CUANDO NO HAY SOL
(Autora: MARI SOL VALLADARES)

Mi Madre siempre tenía geranios en casa. Pero esta vez las cinco plantas de colores estaban en un lamentable estado. Daba igual regarlas que no, cada día, perdían un nuevo brote y las flores ya nacidas, caían sin remedio. Solamente aquel pachucho y lastimoso geranio blanco, parecía tener la fuerza suficiente para aguantar lo que fuera que les estaba afectando. Ella cada día recogía de la trébede las hojas y los brotes secos. Y un día sacó el tiesto del geranio rosa, dos días después el geranio rojo fue dado de baja, y así hasta que un mes después, solo quedó el blanco. Como era un poco sinsal, siempre había tenido algo abandonada esa planta, tan… mustia, tan blanca, tan poca cosa. Sin embargo, allí estaba, cada día más fuerte, con mejor pinta, cada día más bonita. Y le habló y le pidió perdón por ignorarla a causa de su falta de color. Esa planta pasó a ocupar un lugar privilegiado, destacado, principal dentro de la casa. Sólo después, ya entrado el otoño también el geranio blanco comenzó a secarse y, al recoger sus hojas muertas, se dio cuenta de que no eran las plantas las que tenían algo malo, era la falta de sol lo que las mató. Ahora comprendió que nunca debió haberlas encerrado en ese espacio, su vida estaba fuera, al sol.



                  FLOR DE INVERNADERO  
                                            (Autora: LALY DBT)                                                   

Hoy, Lucía tiene una belleza especial…
Una  suave capa de maquillaje le da un aspecto natural y relajado y su leve sonrisa desprende una extraña calma, como sintiéndose en paz consigo misma.
El peinado, una discreta melena rozando apenas sus hombros, ha sido un acierto.
Tan elegante como siempre, pero más serena que nunca.
Hace mucho que no recibe a tanta gente porque Gerardo llega cansado del trabajo y dice que no está para fiestas. A Lucia no le importa, comprende que trabaja demasiado para que a ella no le falte nada, incluso a veces se siente culpable por recibir tantos regalos.
¡Tiene tan buen gusto! Y siempre acierta con las tallas.
-Para la flor más hermosa de mi casa… Dice siempre, cogiéndola la cara entre sus manos y mirándola con el mismo fervor con que se adora a una diosa. 
-Pero estás un poco pálida. Un día de éstos te llevaré a dar un paseo por el campo.
Y ella sonríe, tan silenciosa como siempre, antes de abrir el nuevo regalo.
Precisamente hoy, va cubierta de pies a cabeza con sus valiosos obsequios.
Hoy, Lucía tiene una belleza especial… El vestido negro marca suavemente su silueta, sin pasarse, como a él le gusta. El negro es su color favorito, sencillez y elegancia eternamente de moda, ideal para esta ocasión.
Lleva zapatos elegantes pero cómodos,  una elección perfecta para un largo viaje y no parece preocupada por si se rompen sus medias de cristal, tan hermosas y frágiles como ella.
Luce un fino collar de perlas, no demasiado largo, no vaya a alcanzar el escote y atraer miradas, ni demasiado corto, no vaya a rozar su cuello, reservado para las suaves manos de Gerardo, que lo rodea como nadie. Todo debe ser moderado.
En sus orejas brillan unos pendientes de oro fundido a puño y fuego, como se funde el metal de los muertos.
Su perfume de siempre, Eternity, alivia el olor a incienso que invade la iglesia y se mezcla con el aroma de las flores que la rodean, las que como ella, han vivido en una burbuja de cristal, a salvo de  peligros externos, las que mañana estarán tan muertas como ella.
Y sobre el ataúd, alguien ha puesto su cajita de música abierta para atenuar los sollozos, el murmullo de los rezos y a eso de las cinco, las campanas tocando a muerto.
Hoy Lucía tiene una belleza especial… Lo único que no lleva puesto es el precioso conjunto de lencería fina que Gerardo la regaló anoche.  Lástima que no la apeteciera estrenarlo para él y elevarlo al séptimo cielo.
Dicen que anoche hubo cristales rotos y esta mañana una flor yacía en el suelo.
Hoy Lucía tiene una belleza especial… parece estar en paz… quién lo iba a decir… con lo buen marido que era…

  
CUENTOCUENTOS   
(Autor: ARMANDO GUTIERREZ RODRÍGUEZ)


¿Qué pensaste,que lo tenías todo aferrado? 
Nunca pudiste imaginar que la realidad se volviese en tu contra, que lo impensable, lo nunca soñado, se hiciese tangible.¡Qué ingenuo! Mírate. Busca un espejo. Descubre esos ojos abiertos de par en par, fijos y brillantes cual bolas de vidrio inerte, (absortos). 
Lo tuviste todo en tus manos y no supiste aprovecharlo. Apretaste demasiado, sin medida,con saña incluso. Para después abandonar sin duelo ni excusa, sin ni siquiera motivo aparente. 
¡Y aún tienes la desfachatez de volver sonriente! 
Demasiado tarde.
Traes otra bandera para la misma guerra, un trapo muy grande para tan escasas lágrimas. 
Demasiado tarde. 
Venías a un funeral y te encuentras con un cabo de año. 
Demasiado tarde.
Muestras cristales y unos pocos granos del paciente y roto reloj de arena... 
De arena y tierra se ha rodeado la abandonada semilla, mostrando humilde el tierno 
verdor de la nueva vida.
No intentes tocar, desiste. Jamás sentirás el suave tacto. 
Mira si lo prefieres. Te cautivará su hermosura. 
Huele, inténtalo. Huele y responde si tienes valor: 
¿Cuál es el aroma de la indiferencia?



LA VIDA EN F/2.8
( Autora: FLOR MÉNDEZ VILLAGRÁ)

Carlitos siempre será Carlitos para todos. Ahí tienen a la tía Lola que le sigue preparando el arroz con leche como cuando era niño, al señor José, el vecino del tercero de toda la vida, que le sigue llamando chaval a pesar de sus 56 años, la Señora Carmen con la que sigue coincidiendo a veces en la pastelería que regentó durante años y al que sigue invitando, cuando eso sucede, a un pastel de milhojas de merengue (su debilidad desde que tiene uso de razón), y como no, Carlitos siempre será Carlitos para su madre, a la que solo una vez la oyó llamarle  Carlos,  quizá porque hasta ella consideró fuera de lugar el diminutivo al sorprenderle en su cama matrimonial con la mujer del comandante Marinos, el vecino del segundo.
Carlitos siempre fue un niño “especial” para los que le querían,  y un niño “rarito” y “pedante” para el resto. Desde pequeño demostró una predisposición innata para crear su propio mundo y aislarse en él, y una inteligencia poco común para los parámetros “normales” de su edad.
A los seis años, los padres de Carlitos recibieron una carta de su profesora en la que  les aconsejaba poner a su hijo en manos de especialistas ante las reiteradas conductas “inapropiadas” del niño.
Carlitos aguantó sin rechistar sesiones, estudios, pruebas de psicólogos, psiquiatras, neurólogos e incluso santeros, sin que ninguno de ellos se atreviera a dar un diagnóstico fiable de la conducta del pequeño, lo que dejó a la familia sumida en un desasosiego perpetuo y con la sola esperanza de que según fuera creciendo, Carlitos se fuera “entonando”. 
Pero no, Carlitos nunca cambió, ni se “entonó”, ni na,  y la familia empezó a asimilar y a acostumbrarse a lo que prefirieron llamar “las manías de Carlitos”.
Carlitos nunca se llevó bien con la gente, quizá porque desde niño fue víctima de burlas e incomprensión por parte de sus compañeros y evitaba siempre que podía la conversación o el contacto con las personas, ya fueran niños, adultos o mayores. El por qué había acabado entablando tan “especial” amistad con Isabela, la mujer del comandante, era para todos un misterio, sobre todo para su madre que jamás se recuperó del susto de ver el generoso cuerpo desnudo de la vecina sobre el enclenque Carlitos, visión que por otra parte nunca compartió con nadie, llevándosela a la tumba.
Isabela la vecina y su marido el comandante, se instalaron en el segundo piso del edificio tras el ascenso de este último en el escalafón militar y el correspondiente traslado  desde su antigua base aérea de Gando. Canaria hasta la médula, el aire se le hizo pesado sin los olores de su océano querido, y las continuas ausencias de su marido le hacían añorar aún mas los abrazos de su familia y amigos, solo los paseos diarios con su cámara fotográfica por la ribera del Bernesga le devolvían la sensación de no haber perdido la capacidad de enamorarse de los colores.
 Una de esas mañanas,  sorprendió al hombre que vivía en el 1ºD, entre la vegetación de la orilla contemplando absorto unas pequeñas plantas y probando en su cámara varias lentes  que se encontraban esparcidas a sus pies.
-          Yo probaría con una  90mm y apertura de diafragma de 2.8, le gritó Isabela.
-          Es la mejor, sin duda, le contesto Carlos sin levantar la mirada.
Isabela se deslizó por la pendiente y le tendió la cámara a Carlos
-          Fotografié esa misma flor ayer
Carlos por primera vez levantó los ojos y le tendió su cámara diciéndole:
-          Yo también
E Isabela se descubrió en el visor de la cámara de Carlos; su silueta difuminada rozaba  las pequeñas flores blancas, tan nítidas y luminosas que llegaban a resultar casi irreales,  a ella le pareció, sin duda ninguna, la foto mas bella que jamás había visto. Carlos levantó sus ojos y viendo los de Isabela sonrió

Y entonces….como hacerle entender a la Señora Carmen, que por primera vez, aquella vez, Carlitos se sintió Carlos. Que por primera vez, aquella vez, encontró a alguien que sabía ver los mundos que se esconden tras los mundos reales y que al igual que él podía traspasar los espejos y encontrarse en el ángulo exacto y único, marcado por su objetivo, en ese conocido “punto dulce” donde la distancia focal marca la nitidez justa en la fotografía de la vida. Como hacerle entender, Señora Carmen, que Carlos e Isabela formaban juntos, la instantánea perfecta.


LA FLOR DE LA VIDA
(Autora: NOEMI MONTAÑES)


Observando aquella diminuta flor, delicada, de un blanco apabullante, de pétalos irregulares y corola diminuta de un amarillo deslumbrante, rodeada de esas hojas de trazo irregular de una morfología efecto de los últimos cinco años de investigación de Flor, ahora ya doctora en botánica.        
 Aquel 26 de junio cuando la bautizaron Flor, nadie podría imaginar que toda la vida de esa bebé tendría un matiz floral.  Su querencia por el mundo vegetal nació desde bien chiquita por sus estancias veraniegas en la casa de los abuelos a pie de una montaña gigantesca a sus ojos, que fue decreciendo conforme Flor creció, y que fue su primer campo de investigación de la mano de Manuel, su querido abuelo, que exhalaba sabiduría de vida y naturaleza (no en vano toda su vida transcurrido en esos parajes).

Gustaba Manuel de mostrarle a Flor todo lo que el campo susurraba, sus animales, grandes y pequeños:  vacas, caballos, liebres, pájaros, sus rocas, su tierra , sus prados, sus árboles y especial las flores, si las flores que según Manuel tenían vocabulario propio, que embellecían todo, que son alimento, que son cura; y con una paciencia exquisita le explicaba  a la pequeña con más o menos fortuna sus nombres, sus propiedades, su origen  y  su lenguaje.

Y ahí mucho tiempo después, con el abuelo Manuel ya descansando en su campo el que le vio nacer, estaba Flor con su lupa (esa que el propio Manuel la regalo cuando empezó sus estudios) observando la Geranium Dianthus Caryophyllus Minima, su nombre oficial o “Manolita” como ella la bautizo en homenaje a su abuelo.

Y empezó a recordar cómo había llegado hasta su Manolita; su abuelo un día de buena mañana empezó a sentirse extraño, no conseguía percibir ningún olor, no sentía molestia ninguna, pero no detectar su café despertador le puso muy nervioso, probo con nerviosísimo a oler los Lilium del salón, su colonia Eau Savage de toda la vida y nada, no olía nada. Fueron a urgencias porque su tensión se empezaba a disparar por la ansiedad, y allí tras horas y horas de espera y de pruebas, llegó la aciaga noticia. Manuel tenia una tumefacción en el sistema límbico concretamente en cerca del tálamo que por su tamaño le impedía el normal funcionamiento de su olfato.

Manuel siempre fue un hombre tranquilo y se tomo la noticia de igual manera, asumía que tenía una edad, que algún momento en que haría aguas por algún sitio, pero si le disgusto sobremanera (aunque no dio indicio alguno de ello) que fuera que empezara por ahí, privándole de uno de sus sentidos favoritos. Los demás no se tomaron la noticia con tanta tranquilidad, la propia Flor entró en crisis y se prometió así misma encontrar la cura (con la indolencia propia de quien no quiere despedirse de sus seres queridos).

El abuelo Manuel, murió meses después sin que obviamente Flor pudiera hacer nada para encontrar la cura, pero ahí quedo entre su cerebro de científica y su emoción de nieta huérfana, la idea de que la cura se encontraba en las flores.

Tras varios años de investigación, injerto sobre injerto, noches de laboratorio, análisis, catas, reacciones y demás, un buen día se sucedió. Un pequeño brote comenzaba a abrirse camino entre sus hojas verdes; dos días después se abrió en todo su pequeño esplendor, y comenzaron las tareas de extracción de la esencia y su interacción con otros elementos químicos. Una madrugada del enésimo día sin descansar, las pruebas en roedores dieron su fruto, y el tumor del diminuto y asustado ratón desapareció tras inocularle la esencia de la “manolita”, fue entonces cuando Flor la bautizo como “la esencia de la vida”. Increíble paradoja que una flor tan minúscula  fuera tan poderosa, tan curadora.


Un veintiséis de junio, 30 años después de nacer, Flor, con gesto solemne, ante multitud de medios congregados en la sala de prensa del Instituto Oncológico, comenzó la exposición de su investigación y los resultados con una frase: “Abuelo Manuel, la esencia de la vida, lleva tu sabiduría impresa” y tras dos minutos de silencio, con los ojos humedecidos, continuo su exposición. 



EL GERANIO BLANCO
(Autor: MARCOS CASTRO MORAN)


" Faro que descansa de día, por la noche conviértete en guía ".
El joven mago lanza el conjuro y el faro comienza a emitir destellos de luz cuando la claridad empieza a perder fuerza. Desde el año 1971 una familia de magos se había hecho cargo de proporcionarle luz, desde el momento en que en una descomunal tormenta, un enorme rayo lo averió dejando ciegos a los barcos que bordeaban el acantilado para poder llegar a puerto. 
El faro pertenecía a un pueblo con muy pocos recursos, que no podía hacerse cargo de la reparación del mismo. Desde el día siguiente a la gran tormenta los magos se instalaron en él y cada noche pronunciaba esas mismas palabras para hacerlo funcionar. 
El joven era el último de su estirpe y vivía solo en la atalaya, la única compañía que tenía era la de un precioso geranio blanco, al que su madre había cuidado con exquisito mimo. El mago lo regaba cada día, le cambiaba la tierra cuando era preciso, lo sacaba al sol y por las noches paseaba con él para que recibiera la brisa marina y la fuerza de la luna. Las rondas nocturnas debían ser cortas, ya que si se alejaba del faro, el hechizo se anulaba. 
Se sentaba en el acantilado, ponía la flor en su regazo y le contaba historias sobre hermosas sirenas que habitaban el mar al que estaban asomados. Leyendas que habían ido pasando de generación en generación hasta la actualidad.
Una noche en la que el mago estaba al borde de la pared vertical fue sorprendido por una fuerte racha de viento, que hizo que cayera al suelo golpeándose la cabeza, desprendiéndose de sus manos la maceta con la planta.
El mago miró al faro y seguidamente a la inmensa masa de agua, no se veían luces, ni se oían ruidos de motores que pudieran indicar la cercanía de alguna embarcación que pudiera precisar de su luz. 
Se dirigió corriendo al sendero que llevaba a pie de mar. Cuando por fin llegó a la parte más baja del acantilado comenzó la búsqueda de la flor, saltando de piedra en piedra con sumo cuidado de no caer a las revueltas aguas. Avanzaba mirando justo delante de sus pies. De repente paró en seco, no podía creer lo que estaba viendo. Una mano sujetaba la maceta con el geranio, que había perdido todos sus pétalos. Siguió descubriendo la figura que tenía ante si, bello rostro de mujer con los ojos color océano, cabello blanco como la sal, torso desnudo envuelto en gotas de agua y de la cintura para abajo una magnífica cola que recordaba a la de un delfín. 
Acababa de encontrarse con una sirena. 
Cuando el joven mago consiguió articular palabra le preguntó porqué estaba allí con su planta en la mano. Ella le contestó que como todas las noches había acudido al acantilado atraída por una voz, que aunque no conseguía entender lo que decía por la diferencia de altura, la empujaba hacia ese lugar. Fue entonces cuando a su lado había caído un objeto. 
El mago Le confesó que esa voz que oía era la suya, relatando leyendas sobre sirenas a su querida planta. De pronto recordó el estado en el que se encontraba el geranio, y volviéndolo a mirar, se le llenaron los ojos de lágrimas. En ese momento la sirena abrió la otra mano, la cual había mantenido cerrada hasta ese instante. Sobre su palma se encontraban los pétalos de la flor. Le dijo al joven que le daría uno cada noche para que pudiera ponérselos de nuevo al geranio, a cambio de que él le contara tantas historias como pétalos tenía la flor. Esta debería de quedar a buen recaudo hasta que finalizara el acuerdo. 
El mago puso su dedo índice al lado del geranio y partiendo de una gota de agua del brazo de la sirena trazó una circunferencia alrededor de la planta y los pétalos, de inmediato estos quedaron protegidos dentro de una burbuja. Por cada historia que el mago le contara, un pétalo se uniría a la flor. 
El mago abre los ojos. Está tumbado en el suelo al borde del acantilado. Se siente aturdido. A su lado, el geranio luce hermoso al amanecer. 
Hay quién dice que el encuentro entre el mago y la sirena fue real, otros lo relatan como una leyenda más del lugar. A mí me gusta pensar que esa noche fue el geranio quien le contó una historia al mago. 

LA VIDENTE
(Autor: JESÚS LOPEZ)


La anciana siempre supo que no era fácil ser vidente. Nunca lo ha sido. Es cierto que, hoy en día, al menos en el mundo occidental, no queman a nadie por predecir el futuro. Pero también es cierto que hay multitud de páginas y aplicaciones que se atreven a adivinar qué le va a pasar a la gente a un precio módico. Y si con eso no tienen suficiente, siempre pueden ver la tele hasta las tantas para encontrar uno de esos teléfonos que anuncian algunos artistas del engaño escondidos detrás de algún call center mientras se hacen pasar por brujas o brujos. La gente les llama para contar sus vidas pensando que van a encontrar una solución a sus problemas, igual que su nieto cuando copiaba las respuestas en los exámenes de matemáticas en vez de resolverlos él mismo. Y claro, por el camino les despluman. 
Los videntes de verdad, los que ven más allá de lo razonable por alguna causa inexplicable, como ella, no se anuncian. Y lo que es más, normalmente no quieren ver todo lo que ven, porque si es verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor ¿Qué va a tener de bueno ver algo peor como el futuro? ¿Cómo va a beneficiar ella a una persona si le dice: «mire, lo siento, pero se va a morir? 
Te vas a morir. Suena horrible decirlo. Aunque ella sabía perfectamente que todos debemos morir, también sabe que, de algún modo esperamos otra cosa, incluso ella, y por eso todo el mundo prefería que le dijeran otra cosa: que todo les va a salir bien. Por eso la gente se deja engañar. Y es que a veces la gente tiene más seguridad en lo que les cuenta un desconocido que en sus verdaderas posibilidades. 
Sabía que la gente se emperraba. Sí. Se emperraba igual que Cloe cuando la visitó. 
Era un joven cantante que quería saber su futuro en el mundo de la canción y cuando escuchó hablar de aquella vieja gitana que tenía fama de ver a través de una pequeña bola de cristal, no se resistió. 
─ ¿Cómo me irá en el concierto? ─le pregunto Cloe, deseosa de saber si al fin explotaría como la gran artista que todos decían que era.
 ─Yo veo flores ─respondió la anciana.
 ─Eso es bueno, ¿verdad? A todos los artistas les dan flores al final de una actuación cuando triunfan. ─Lo sé, pero no funciona así. Yo sólo sé lo que veo y lo que veo son unas flores muy hermosas. 
─ ¿No me puede decir algo más concreto? Debe haber algo que le indique cómo  me van a salir las cosas.
-Bueno… Niña, te puedo decir que debes comer sano, que debes ensayar mucho y que debes ser una persona honesta, especialmente contigo misma. Te irá bien en el concierto si haces lo que te digo. 
No era lo que Cloe esperaba. 
─ ¿Por esto me va a cobrar? –dijo enfadada la joven cantante. -
No, mujer ¡Qué va! Sólo cobro la buena voluntad… 
Cloe salió de la chabola echando pestes por el tiempo perdido y nunca volvió. La anciana quedó sólo con sus pensamientos, y siguió con su vida. 
Un día la vidente salió de su chabola y al poco de caminar un hombre reparó en ella y se acercó. Cuando llegó a su altura le dijo: 
─ ¡Usted! Me dijo mi esposa que la había visitado hace algún tiempo, pero usted no le dijo nada. Se llamaba Cloe.
 ─ ¿Una chica que cantaba y con aspecto de comer mal? El hombre no respondió. 
»Claro que le dije. Le dije que comiera sano, entre otras cosas. Pero ella nunca hacía caso ¿Verdad? No había forma de ayudarla sin que se ayudara ella. Le acompaño en el sentimiento.
 ─ ¿Cómo sabe que se murió? Lo vio en las esquelas ¿verdad? 
─Lo sé, porque vi las flores en la bola de cristal. Las flores que usted lleva en la mano para decorar su tumba. El hombre rompió a llorar como un niño. De joven le habría consolado, pero había visto tantas lágrimas que sólo pudo suspirar acongojada y seguir su camino, lentamente, mientras deseaba que su maldición terminara. Y mientras caminaba se decía: « ¡Qué duro es!».

Ensueño de Luna
(Autor: LUIS FERNANDO GONZALEZ)

 -Mira, mira hacia arriba, la esplendida noche se está formando. Verás como ahora empiezan a aparecer pequeños puntos de luz brillantes. 
El niño miró con curiosidad, inclinó la cabeza un poco hacia un lado y a través de sus pequeñas gafas, descubrió las primeras estrellas del verano. 
No era noche cerrada aún, en el horizonte todavía se podían distinguir las figuras de los cerros y los árboles altos del río. Pero el suave manto de la noche ya cubría más de la mitad del cielo. La luz azul pálido que terminaba en el infinito, pronto moriría con el estertor casi invisible de un diminuto y finísimo rayo verde. 
Caminaba junto a su padre pisando el mullido césped y jugando a no pisar las flores que aparecían en su camino. Las historias de estrellas, planetas, galaxias y otros objetos que aparecen en el cielo nocturno le parecían fascinantes y, como siempre, le transportaban a lugares remotos y desconocidos fuera de este mundo.
- Mira, mira esa estrella que se queda quieta y no parpadea, la que brilla más que todas las otras juntas y que tiene un color rojizo como los pétalos de las amapolas. Ese es Marte, y aunque parezca una estrella gorda y gigante, no es más que un planeta más pequeño que la tierra donde habitamos. La luz del sol se refleja en él y le hace brillar tanto como a la luna, pero a mucha más distancia.
 - La luna, es verdad, la luna aún no ha salido, ¿dónde está la luna? Todas las noches sale y hoy tocaba luna llena. Su padre le respondió con una leve sonrisa marcada en sus labios.Comprendía la preocupación de su hijo y la inocencia de su pregunta ante hechos para nosotros normales. 
- No te preocupes que la luna en algún momento saldrá. No todas las noches sale a la misma hora, hay noches que madruga para iluminar a los viajeros que se adentran por los caminos evitando los calores del día, y hay noches que se retrasa para que los animales se protejan y deambulen sin grandes temores al recoger semillas o encontrar a su pareja. 
- Si, pero ¡yo quiero ver la luna! 
- Hoy tardará en salir, las estrellas darán la luz suficiente y cuando aparezca la luna tú ya estarás durmiendo en tu cama caliente. Dejaremos un poco subida la persiana para que, entre las rendijas, te vea como duermes. Sabrá que la quieres, que sueñas con ella y procurará que al día siguiente aparezca antes para mostrarle lo que sientes. 
Al despertarse no tuvo que esperar a la noche para que la luna se hiciera presente. Sobre su mesilla, entre el vaso de agua y las gafas que llevaba, una inmensa bola de cristal, iluminada en un lado por un rayo de sol, reposaba semiabierta con una preciosa flor en su interior. Eran las flores que había esquivado en su paseo, las flores que cuando se acostó perfumaron su pensamiento y las flores que durmiendo aparecieron en su sueño. Flores blancas que, rodeadas de soles y planetas, encerraban un mundo en su interior.


GERANIO BLANCO
(Autor: MARTA REDONDO)

Reflejos de inocencia.
Eso veo en tus ojos.
Los veo flotando atrapados entre las micro partículas que raptan la luz que les sale al paso.
Todos los días, cuando te veía, miraba la línea recta que baja desde esa frente despejada cruzando la nariz respingona para dejarse limitar por esos labios carnosos y apetecibles como manzana recién cogida en el equinoccio de un octubre cualquiera. No dejaré que nadie los pruebe. Tengo que cuidarte. Ni siquiera yo he de probarlos.
Yo sólo quiero esos reflejos. Ellos sí que me perturban. Tienes los ojos de una ninfa vanidosa. Sabes hacer parpadear tus pestañas y mostrar esas pupilas virginales.
Pero no voy a dejar que me seduzcas. Yo solo quiero la pureza de tu cuerpo joven.
Por eso cruzabas cada mañana por delante de la puerta de mi kiosko. En el fondo deseabas que te rescatara del bosque de zarzas donde estabas metida.
Siempre camuflada en ese enorme jersey dos tallas más grande de la que te corresponden y enfundada en unos vaqueros imposibles que realzaban tus incipientes formas de mujer. No deberías vestir de ese modo. Ni calzar esas zapatillas deportivas de plataforma aspirantes a regresar a su blanco original. El mismo blanco que yo quiero para ti, Un estado de pureza. Eso es. Mi dulce doncella.
Al verlos ahora apilados al fondo de esta habitación el jersey, los vaqueros y esas horribles deportivas pienso lo que haré con ellos. Tendré que quemarlos. Tu ahora eres mi virgen y tendré que vestirte como tal.
Cómo te gustaba exhibir vanidosa ese largo pelo castaño color madera de roble blanco siempre en movimiento.
Al pasar por delante de mi puerta te he visto cimbrearte con el desparpajo de un geranio blanco que pavonea su hermosura en un gran balcón que mira a una plaza mayor esperando los vítores lascivos de los que solo quieren devorarte.
Pero tú no debes estar en una maceta en exposición para que todos puedan mirarte con ojos obscenos.
Por eso es mejor que te quedes conmigo, geranio blanco. No se por qué lloras. Yo voy a regar tus brotes verdes para que crezcas recta y sana. Vas a conservar el estado original de una flor recién salida en el paraíso.
Ya nadie podrá robarte los reflejos luminosos. Ahora estás aquí en mis manos. Ocupando el dulce espacio que mido entre las yemas de mis dedos.
A salvo, conmigo, geranio blanco.


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