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viernes, 4 de enero de 2019

PONIENDO HISTORIAS A LA DAMA DE LOS ABALORIOS


Seis relatos presentados a la sección "PONIENDO HISTORIAS" del mes de noviembre de 2018, basados en la fotografía de Nieves Garrido. El relato elegido en esta ocasión fué el títulado "La dama de los abalorios" del escritor Ramiro Pinto y fue publicado con fecha 18-12-2018 en este blog.



LA MUJER DE LOS ABALORIOS
(Autor: JUAN CARLOS GARCÍA CRESPO)

Mila entraba en la cafetería todas las tardes sobre las 18.45, después de misa de las seis. Yo, tras la barra, observaba su ritual. Caminaba deprisa pero con pasos cortos, como si arrastrará los pies o como si llevara una falda tan ajustada que no le permitía dar pasos normales, pero era el desgaste de la edad, rondaba los setenta. Su pelo, amarillo apagado, como mustio, parecía estar siempre en perfecto estado. Vestía un poco a la antigua, pero con elegancia, un mismo vestido que cambiaba una o dos veces al mes. Entraba en la cafetería, buscaba su diario favorito, La Razón, y se sentaba, si podía, en la misma mesa de siempre. Leía minuciosamente cada página mientras jugaba con su collar, manoseando cada uno de sus abalorios, como si rezara el rosario y cada pieza fuera un misterio al que dedicar oraciones y así purgar sus pecados. Nunca la vi sonreír o agradecer nuestros servicios.

 En ocasiones venía acompañada de Teresa, una venezolana de nacimiento pero leonesa de adopción, que estaba convencida del cambio espiritual generacional profetizado por los mayas. A parte de cuidar y hacer las labores de Mila era una masajista en prácticas muy buena. Fue ella quién abrió mí mente hacía el “así das, así recibes”.

 - Si no puedes pagarme el masaje- me dijo- no te preocupes. Yo practico, tú me promocionas, si te gusta claro, y el karma, si lo cree necesario, me devuelve el doble. Cuando das de corazón, él te devuelve con creces. 

A Teresa le gustaba hablar de las apocalípticas profecías mayas, de física cuántica y de viajes astrales. Me sonaba a chino pero era un mundo que más tarde descubrí. Mila, sin embargo, era mujer de parcas palabras y pocas veces podías entablar un diálogo coherente con ella, enseguida sabias si quería que la dejaras tranquila cuando te contestaba con monosílabos o con frases salidas de contexto. Si le comentabas algo relativo al tiempo te saltaba con que las mejores patatas las probó una vez en Perú, en un restaurante carísimo, donde a punto estuvo de casarse con el cocinero. Y si le ofrecías algo para comer de la carta te decía que las palmeras del paseo marítimo eran un peligro para los osos polares. No se sabía a ciencia cierta si había perdido el norte, si sufría Alzheimer o si te mandaba a la mierda sutilmente. Otras veces se interesaba por mi vida, me preguntaba si tenia novia, si me gustaba viajar o que libros me gustaba leer. Entonces daba gusto hablar con ella.

- Te regalaré uno escrito por mí- Me dijo un día.

 - ¿Es usted escritora?- pregunté 

- ¡Ja! Escritora, profesora, periodista, hija de puta, poeta, licenciada en filología inglesa, alcohólica, locutora de radio, ama de casa, pintora, escultora, esposa, amante, amiga, madre, rica, más rica y ahora -recalcó- borde, pensionista y pobre -me soltó a bocajarro con una voz, un poco de pito, que aunque hablaba deprisa parecía tan cansada que me dio miedo preguntar más por temor a que falleciera allí mismo. 

Poco a poco, por mediación de Teresa fui entablando amistad con Mila, la mujer de los abalorios, como la conocíamos en el bar, lo mismo me echaba de la mesa que me contaba su historia. Fui conociendo a una mujer tan inteligente como interesante. Con más pecados de los que confesaba y con más secretos de los que recordaba. Una buena persona que cuando lo tuvo todo estaba rodeada de gente y cuando perdió su dinero y fama se quedó tan sola que no quiso a nadie más a su lado. Gran parte de su fortuna la gastó en devolver a la vida a su marido tras un accidente y una trombosis en la que tuvo que volver a aprender a caminar, a hablar y a recordar quien era; finalmente murió. Otra parte la dilapidó en “amigos”, en alcohol, en vicios y en surtir de caprichos a su único hijo que acabó robándole para conseguir drogas. Sin darse cuenta se fue quedando sin dinero, sin familia, sin amigos, sin fuerzas, sin ganas y sola, muy sola. 

Charlábamos las tardes que no había demasiada clientela, la veía dar vueltas entre sus dedos a aquellos adornos de su collar, lo hacia sistemáticamente, como si fuera un tic, hablaba y daba tantas vueltas a cada cuenta de su alhaja como tantas vueltas dio su vida.

 - Mira, ¿ves este collar?, me lo regalo mi pobre marido, no tiene ningún valor económico, es lo único que no pude vender, sólo actúa como amuleto repeliendo parásitos de dos patas. Si acaricio este adorno recuerdo a mí marido y evito que otros se acerquen; tocando este otro combato mí soledad; este me recuerda que no existen más amigos que dedos tienes en media mano, así evito hacer amistades, este de aquí invoca mí fallecido talento y podría seguir contándote pero no te importa en absoluto. 

Y efectivamente, su vida era como su collar de abalorios, de él colgaban su hijo, su marido, los miedos, las manías, la fama, la esperanza, el alcohol, dinero, trabajo, amistades, mentiras, su soledad, su lejano pasado, su vacío presente y su incierto futuro. Cuando su vida se rompió todos los abalorios, todos los parásitos a su alrededor, se dispersaron. Fue como si el collar se hubiera roto y todos los adornos salieran desperdigados, huyendo lejos de ella. Cuando su marido murió ella se hundió, se refugió en el alcohol, en los hombres y en recuperar a un vástago toxicómano. Poco a poco todos la abandonaron, su hijo desapareció con gran parte el dinero, el resto del patrimonio se esfumó en un abrir y cerrar de ojos, su inspiración artística se bloqueó con el resto de sus sentidos, los amigos dejaron de ser amigos y lo peor de todo, su vida siguió adelante. No le quedaba nada. Un pequeño piso en el centro de la capital, dos vestidos, la baratija que colgaba de su cuello; una amiga que hacia las veces de asistenta; muchos años por delante y muy pocas ganas de vivir. 

Aún hoy, Mila, sigue dando vueltas por León, pasea todas las mañanas o, si llueve, lee (nunca ve la tele) y escucha música en su rinconcito del salón, desde donde ve toda la calle y a sus transeúntes. Entra en la cafetería a la misma hora, después de la misa de las seis a la que acude por aburrimiento, toma su café, manosea su collar y me busca un rincón en su corazón y entre sus dedos índice y anular. Teresa apenas tiene tiempo de charlar con nosotros, sus manos no paran de trabajar, el karma le funciona bien. Sigue buscando no sé qué esencia cósmica. 

Y ¿yo?, yo sólo les dedico esta historia. 



PIEDRAS AL CUELLO
(Autor: PAUL COULETTE)


 En su larga existencia, el destino fue colgándole piedras al cuello.
 Ella pasa las cuentas de su particular rosario con calma, deteniéndose en cada una de ellas, tocándolas con mimo. Extrae de cada agallón el viejo relato que la vida, la cruel vida, fue escribiendo en el ahora amarillento cuaderno de su memoria, esta memoria ajena al presente.
 La mortal desmemoria que viaja fiel y concisa por las paradas de su personal viacrucis. Cada estación pasa lenta por esa encallecida pantalla de sus manos, por esas temblorosas y viejas manos que convirtieron en arrugas aquellas cicatrices. Una de ellas, sobada por el tiempo, le trae la pérdida de su padre en aquella cruenta guerra siendo aún una niña, los tristes días del miedo, del hambre y las lágrimas… 
El suave tacto de una nueva cuenta pone en sus labios la jovial sonrisa del malogrado hermano, aquel que le robó una mañana de otoño la puta mina. Y también pone la triste y negra lluvia de aquel día en sus ojos azules.
 La siguiente pasa silenciosa entre sus dedos sin apenas rozarlos, de puntillas. Se va sin un reproche, como se fue su madre, como si no quisiera molestar ni dar quehaceres, dejándole una amorosa caricia.
 La aspereza de la siguiente trae consigo el carácter de su marido, de aquel con el que obtuvo el maravilloso regalo de los hijos, de aquel que se fue dejándola sola en esta indiferente vida. Siguen pasando las piedras de su particular rosario con calma, una a una. Siguen arrastrándose inexorables los recuerdos por sus manos, engarzados en ese colorido collar de incovenientes y desgracias, de vivencias. 
Pero no pasan todas. Hay una más grande que el resto rematando la sarta, una que evitan, esquivas, sus manos. Una fría y tosca piedra que lleva grabada en su memoria la fecha del abandono, de la soledad.
La fecha del beso de judas que le dieron cuando, vieja y sin memoria, la confinaron en aquel geriátrico.



LA DAMA DE LOS ABALORIOS.
(Autora: MARTA REDONDO) 

La sala de conferencias del Hotel Reconquista se encontraba abarrotada de periodistas. Esperaban que de un momento a otro compareciera en rueda de prensa Nieves Garrido, la flamante escritora leonesa ganadora del premio príncipe de Asturias de las letras. Sobre la mesa se disponían en exhibición y perfectamente alineados, tres ejemplares de su última novela: La dama de los abalorios. Nieves apareció impecablemente vestida. Elegante traje sastre gris marengo. Cabello rubio. Pelo corto. Maquillaje discreto. Apenas un tono rosa palo de carmín en los labios y una fina línea azul delineando las pestañas superiores. Azul cielo, acorde con sus ojos. Miró el reloj. Esperaba que el evento no se prolongara demasiado. No le gustaban este tipo de comparecencias. De un momento a otro podían surgir las cuestiones personales. Comenzaron las preguntas. Los temas habituales: cómo se ha inspirado, influencia del entorno en su escritura, fuentes literarias de sus novelas, los personajes. Pero pronto surgió esa curiosidad del periodista que obliga a la entrevistada a removerse nerviosa en la silla, es incómodo revelar el interior a un grupo de extraños.
 .- Si Sra Garrido. Raúl Villegas de la revista cultural “El porteño” de Argentina. Este…su nombre de pila es Violeta Ros. ¿Por qué escribir con ese seudónimo de Nieves Garrido? .- Este es el nombre de mi abuela. Ella es la principal culpable de que yo ahora esté aquí, entre ustedes. Mi abuela siempre fue una mujer muy poco convencional. 
Si hubiera conocido a aquellos periodistas les hubiera contado que a su abuela le gustaba levantarse siempre muy prontito para prepararle deliciosas tortitas de harina y mantequilla cuando el resto de los mortales prefería permanecer en brazos de Morfeo. Sentía a menudo ese olor tempranero que inundaba las estancias de toda la casa perfumando cada rincón de canela y nata. Mientras las abuelas de los demás amigos solían zurcir y hacer punto, la suya sorprendía a propios y extraños calzándose las zapatillas de deporte para ir a correr por las orillas del Bernesga en aquellos tiempos en que la gente solo corría cuando la policía les perseguía en alguna manifestación no autorizada. La verdad es que a su abuela nunca le interesó demasiado la política, o al menos hablar de ella. Supongo que le preocuparía el destino de una nación secuestrada por el miedo pero lo cierto es que no solía hablar demasiado de esas cosas. Lo que le gustaba era la literatura. Era capaz de recitar cada uno de los diálogos del Tenorio sin despeinarse demasiado aunque también declamaba poesía. Lo mismo se arrancaba con un soneto de Garcilaso que se perdía entre las simas de los poemas de Salinas. 
Si les hubiera conocido, les hubiera contado que recordaba verla citar, como si de un mantra se tratara, los versos de aquel célebre soneto del poeta toledano: “...coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto, antes que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre” La nieve. Aquellos cabellos blancos que la bella dama lucía en la foto que había elegido como portada para su próximo best seller. La dama de los abalorios. La nieve. 
LA DAMA DE LOS ABALORIOS. Por Marta Redondo Álvarez 
Siempre presente en la vida de su abuela ya desde la pila bautismal. La dama blanca que acompañó su infancia en aquel pueblo de montaña en el que tantas veces el tiempo se detenía al quedarse incomunicados por los temporales invernales. Los rigores del clima leonés. Las montañas rebosantes para asegurar primaveras repletas de floridos vergeles. Siempre pensó que aquellos fríos forjaron el carácter recio de la abuela. Sus manos casi siempre estaban frías. Violeta pensaba que ese era el motivo por el que a veces le apretaba las manos con tanta fuerza. La abuela debió sufrir mucho. Es duro pasar por lo que ella pasó. Pero Doña Nieves fue toda su vida una deliciosa coqueta. Le gustaba lucir colores acorde con la estación. Oscuros en invierno, ocres en otoño, pasteles en primavera y luminosos y alegres en verano. Cuidaba especialmente la elección de la bisutería que debía ser siempre acorde con el resto del vestuario. Sentía especial predilección por aquel collar de perlas color coral que a menudo se ponía con el jersey azul cobalto que Violeta le regaló la Navidad en que se quedaron solas. No se que significado tendría aquel collar para ella. ¿Quizás el regalo de algún amor de juventud? Mamá se había ido demasiado pronto. Aunque ya apenas lo recordaba. Era muy pequeña cuando una fría noche los abuelos vinieron a buscarla. Ya por entonces mamá y ella debían vivir solas. El Sr. Ros, ya debía haber dado el portazo. A la abuela no le gustaba demasiado hablar de ello. El nombre de su padre era casi un tabú en la casa de los abuelos. La verdad es que no era fácil recordar las cosas. Nunca quisieron contarle mucho. Recordaba vagamente el día del funeral de mamá porque la tía Carmen vino a quedarse toda la tarde con ella mientras los abuelos marchaban a la iglesia. Aquellos días los azules ojos de la abuela no cesaban de derramar lágrimas. Fueron días en que una intensa niebla se apoderó de la casa. No había tortitas, ni cuentos, y la abuela dejó de pintar. Otra de sus pasiones. Le encantaban los paisajes bucólicos repletos de elementos naturales, las montañas, los campos sembrados de flores. También solía recrearse retratando estampas marinas. En sus cuentos y pinturas siempre aparecían criaturas mitológicas. Gracias a ella había conocido a todos los habitantes del Parnaso: dioses, ninfas, mitos varios: las desventuras de la pobre Dafne convertida en laurel al ser perseguida por un lujurioso Apolo, o la triste pena de Orfeo al perder por segunda vez a su amada Eurídice tras rescatarla de los mismos infiernos. Ella fue la que le había abierto a un mundo de sueños y los sueños son los hilos con los que las musas tejen la obra de todo escritor. 

Como le decía, Sr. Villegas, mi abuela era una mujer muy poco convencional. Siempre le dio mucha importancia a la cultura y a la formación en un momento en que la mujer no tenía demasiado acceso a la cultura. Incluso después de jubilada siguió realizando labores de voluntariado en el museo provincial de Leon, la ciudad donde nací y a la que regresó siempre que puedo. Ella fue, como ya le dije, la culpable de que yo me dedicara a esto.

 No hay más preguntas ¿verdad? 


LA DAMA DE BLANCO 
(Autora: MARIA DEL CARMEN DIEZ BALLINES)

Jugaba a las canicas con mis dos amigos, en el suelo polvoriento del mercado de mi pequeña ciudad. Mi madre vendía, en uno de los puestos, cuentas, abalorios y piedras de colores, que las mujeres usaban para fabricarse collares, pulseras y otros objetos de adorno personal. Yo era el mayor de mis tres hermanos, y como tal me correspondía ayudar a mi madre en el transporte de la pesada carga. Era como de costumbre lunes. El calor se hacía notar ya, desde las diez de la mañana. El bullicio y griterío de vendedores y compradores, llenaba la plaza de diferentes voces con sonidos de otros lugares. 
Pero la vi, vi una figura esbelta, ligera, con movimientos pausados, vestida de blanco, acariciando su pamela con la mano. Compró a mi madre, una serie de piedras de colores y cuentas plateadas, que seleccionó con sumo cuidado.
 Desapareció. 
Al mercado siguiente volvió, y así, sucesivamente. 
Mi curiosidad adolescente, me llevó a seguirla a la cuarta visita al tenderete de mi madre. Bajé tras ella, por las estrechas y serpenteantes callejuelas del barrio viejo. Ella, se deslizaba entre estas, sorteando a mercaderes de alfombras y animales cargados con tinajas de agua y aceite. Era europea. Llegó a la calle paralela al mar, y se metió en una casita blanca con persianas teñidas de azul. Me acerqué a mirar por una ventana abierta al mar, observé su trabajo, y su delicada atención a un bebé blanco, transparente, albino. De la cuna colgaban las cuentas y abalorios colocados de una manera sutil, para producir un alegre tintineo con juego de colores, movidos por la tenue brisa del mar. 
Diseñaba verdaderas obras de arte sobre los vestidos blancos, cosiendo las piedras de tonos diferentes, los pequeños objetos plateados y cintas de raso. 
Llegó el invierno y desapareció. No volví a verla. Una tarde, al retirar las tazas de café en una terraza del bar donde trabajo, un cliente olvidó el periódico sobre una mesa y la vi en la portada. Ella, era la noticia: “Una joven empresaria ha nacido, la dama de los abalorios”. 



UN COLLAR DE BESOS 
(Autora:MACAMEN DE VEGA)

Aquel jueves Dolores llegó a casa de su paseo diario un poco más tarde de lo habitual. Nada más abrir la puerta escuchó la voz de su nieta Noelia llamándola alegremente. Tras colgar su abrigo se dirigió hasta la cocina donde la niña y su madre cocinaba juntas unas magdalenas.

 -Abuela, ¿Nos ayudas? 

Dolores se sentó a la mesa y dijo mientras sacaba un improvisado paquete envuelto por una servilleta de papel: -La verdad es que no tengo muchas ganas, vengo un poco disgustada. Al entrar en el café, como cada tarde, fui perdiendo los abalorios del collar que me regaló el abuelo en nuestro último aniversario juntos. Menos mal que un muchachito amable y vivaracho fue recogiéndolos tras de mi y consiguió recuperarlos todos. Yo ni siquiera me había dado cuenta de que el collar se había roto. Ahora solo tengo un montón de pedruscos rosas- Y mientras decía esto abría la servilleta mostrando el montón de abalorios sueltos. 

-Abuela ¡No te preocupes! 

Noelia se lavó las manos aceleradamente, se soltó el mandil, lo colgó tras la puerta de la cocina y volviéndose hacia su madre y su abuela dijo con decisión y entusiasmo: 

-Esto lo arreglo yo ahora mismo. Y con toda la energía que la caracterizaba salió corriendo hacia su habitación. 

No tardó en regresar con su maletín de joyera, donde guardaba hilos, tanzas, broches, unos pequeños alicates, bolitas, colgantes y todo lo necesario para diseñar y montar con gran habilidad todo tipo de creaciones que salían de su inquieta cabecita.

 Dispuso todo lo necesario encima de la mesa, se acercó el montón de piedras rosas que hasta hacía bien poco formaban el preciado collar de Dolores y dijo con mucha seriedad y convencimiento: -Sé que este collar es muy importante para ti porque te lo regaló el abuelo con una de tus piedras preferidas por cada año que llevabais juntos. Yo te lo voy a arreglar, abuela, pero además a partir de hoy será también un collar de besos llenos de mimos para ti, verás. 

Dicho esto comenzó a coger piedras y a ensartarlas.

 -Estos tres... ¡Para cuando te duelan las rodillas! -Estampó un sonoro beso en cada una de las piedras y las hilvanó con gran facilidad en la tanza que había preparado para ello. A continuación tomó dos más, y besándolas dijo: -y éstos para cuando te molestan los dientes de mentira. Y este otro tan largo -se detuvo unos segundos con los labios pegados a otra piedra- para las noches en que te despiertas y no logras dormirte de nuevo. 

La abuela la miraba emocionada con inmensa ternura, y su madre, que se había apartado de las magdalenas para contemplar la escena, cogió dos piedras y mirando a Noelia preguntó 

-¿Puedo? -¡Por supuesto!- contestó la niña aprobando con alegría la participación de su madre. Ésta besó las piedras y dijo: -Estos para cuando echas de menos tu casa del pueblo. 

En ese momento se abrió la puerta de casa y entraron Alejandro, el hermano de Noelia, y su padre que venían de clase de música. 

-¡Alejandro, papá, venid a la cocina, necesitamos vuestra ayuda! 

Tras explicarles lo que estaban haciendo el niño cogió una piedra y besàndola dijo: -Este para cuando no tienes ganas de salir a pasear. 

-Y yo te doy este -dijo el padre repitiendo el gesto- para cuando te acuerdas de tu hermano Tito. 

Y así uno a uno fueron hilvanando beso a beso los 47 abalorios que recordaban cada año de amor entre Dolores y su marido. Cuando el collar estuvo listo Noelia lo colocó en el cuello de su abuela que lloraba emocionada y agradecida por tanto amor.

 Desde ese día cada vez que Dolores lleva puesto el collar no puede evitar lucir una espléndida y profunda sonrisa.



ABALORIOS EN EL ZÓN, ZÓN, CORAZÓN
(Autora:MANUELA BODAS)

 Un collar de amor, lleno de recuerdos es un precioso inicio para una historia. Y en esta historia hay un collar de abalorios recuerdos, y de abalorios lamentos. Lamentos como cuentas saldadas al pasado. Abalorios amigos, que una tarde se quisieron ir de ruta por su cuenta, pero una mano amiga, fue recogiéndolos para entregárselos a Nieves, o a Marta, o a qué más ha de dar el nombre, para que volviese a formar un precioso collar con ellos. 

Y aquí comienza la historia: 

Cada abalorio engarzado, un pétalo de vida, un aroma, un recuerdo. 
El primero que pasó la hebra era un abalorio fuerte, agradable al tacto, como aquella tarde en que esperaba bajo el puente, para resguardarse de la solana que estaba cayendo. Su amiga llegó cantando con la rueda hinchada. La rueda servía de flotador. 
Por un momento notó el agua en su cuerpo. ¡Qué cruceros hacían en aquel flotador! 
Otro abalorio en la serpiente que iba formando el collar, éste olía al chocolate de madre las tardes de domingo. El siguiente venía con el tacto sutil de los pétalos de aquellas rosas amarillas que el abuelo escogía para llevar a la tumba de su mujer. 
Al ensartar el último abalorio, una lágrima se estrelló contra el tapete de ganchillo que cubría la camilla. Aquel abalorio se lo entregaba el tiempo con la mirada de un muchacho lleno de chiribitas en los ojos. Dejó la serpiente de abalorios sobre la mesa y se acercó al cajón donde guardaba las fotografías. 
Un hipo tranquilo, fue apoderándose de ella a medida que repasaba las instantáneas, hasta que llegó a la última, y… que extraño vuelco se produjo en su corazón. El muchacho que recogió los abalorios cuando se le rompió el collar tenía un enorme parecido a su marido. 
Un ruido grande se le hizo en la cabeza. No podía ser, no, no, pero el ruido iba en aumento. Guardó la foto en un sobre y salió disparada hacia la tienda en donde el chico le había recogido las sartas.
 - ¿Le pasa algo? – Bueno es que, te acuerdas que ayer se me rompió el collar aquí en la tienda y un joven muy amable recogió las cuentas.
 - Lo recuerdo si. 
 - Por casualidad no sabrás dónde vive. Me gustaría darle las gracias. Mira que bien me ha quedado. 
- Le ha quedado muy bonito si, pero la veo un poco alterada. ¿Se encuentra bien? 
- Si, si, me encuentro bien, solo me gustaría saber la dirección del chico para darle las gracias, se portó muy bien. 
Le temblaba la mano, no se decidía a pulsar el timbre.
 ¡Vamos mujer, dale, ya que estás aquí…! Se dijo para animarse. 
 Luego, comenzaron a salir las cuentas. Los años del joven, la gratitud que sentía hacia sus padres adoptivos, por haberle contado la verdad. 
-Nos dijeron que habías nacido muerto. Y sabes…, para consolarme tu padre aparecía en casa muchas veces, cuando regresaba del trabajo con flores, con pastelitos… Una de aquellas tardes llegó con un paquete un poco más grande. Le miré con ojos de pantera. 
-No te vayas a pensar que me he gastado toda la paga, me dijo, al ver mi expresión, pero… es que te va a quedar tan bonito. 
Abrí el paquete con fruición. Dentro había otro paquete, y otro, y por fin una pequeña caja que contenía este collar.
- La vida te quita y te da. Qué pena que no viva para verlo. ¡Cómo podría imaginar que el collar me iba a llevar a ti! Estos abalorios que recogiste los he llevado siempre al lado de mi corazón y han sido como las migas del cuento de Pulgarcito, me han guiado a la casa del amor. 
Desde aquel día, madre e hijo han ido ensartando cariño mutuo en sus corazones. Todo el cariño que el tiempo les robó. 
Un collar de amor, lleno de recuerdos es un precioso inicio para una historia. Y en este caso los recovecos de las palabras, han querido que también sea, un precioso final. 

lunes, 7 de mayo de 2018

EL COMIENZO (Autora: MACAMEN DE VEGA)





Desde bien pequeño le habían gustado los peluches. Por eso en los ocho años que tenía de vida había acumulado gran cantidad de ellos pues siempre que había ocasión, quienes le conocían bien, le regalaban uno. A sus padres además les hacía mucha gracia esa manía suya de quitarles los ojos. Si, absolutamente todos sus peluches ya fueran osos, perros, ranas, leones... estaban sin ojos. Tardaba apenas unas horas desde que se lo regalaban en arrancarle los ojos y hacerlos desaparecer. La verdadera razón era que a él no le gustaba como le miraban aquellos adorables y tiernos muñecos. Cada vez que llegaba uno nuevo a casa sentía un enorme cosquilleo dándole la oportunidad de que le mirara diferente, pero nada, no había manera. Al cabo de un rato tenía que acabar con aquella molesta mirada.
Y ahora tendría que tomar medidas nuevas, ya que su hermano pequeño esta mañana desayunando le había mirado exactamente igual que sus peluches.......

martes, 5 de diciembre de 2017

CARTAS COMPARTIDAS (TERCERA ENTREGA)


15 colaboradores de CUENTOS CUENTOS CONTIGO, se han sumado a la propuesta de escribir una carta con destinatario libre para compartirla con todos nosotros. 

En esta entrada os ofrecemos la tercera y última entrega con cuatro de las cartas recibidas y sus autores correspondientes: MANUELA BODAS, GELINES DBT, JUAN CARLOS CRESPO, MACAMEN DE VEGA

(Podéis encontrar las otras dos entregas en este blog)



CARTA DE MANUELA BODAS

Árbol Verde Pópulos
Avenida Mil Casas, nº 1000
La Tierra

Árbol Urbanita Marrón
Cuadra 10101
La Tierra

            Querido amigo:
            Espero que a la llegada de esta misiva te encuentres lleno de salud, al igual que todas tus ramas y raíces.
            Por aquí los amaneceres siguen empeorando. Hace días que no se me acerca nadie. No entiendo mucho, pero creo que esos seres que han invadido este planeta donde hemos nacido, están desapareciendo como por arte de magia. Estoy muy triste, echo de menos al muchacho de ojos color trigo y a su can. Teníamos unas conversaciones estupendas.
            También debo decirte que el cielo se desdibuja muy a menudo, como si se borrara por momentos. Si estuviéramos más cerca te pediría ayuda, que me enviaras algún salvárboles que conocieras para que me hiciese un chequeo. Aquí hace meses que no viene ninguno a tomarme los pulsos.  No acierto a comprender qué me pasa, no sé si el achaque es del tronco, de alguna hoja  o de las raíces.
            Bueno ya vale de contarte mis lamentaciones de árbol de pueblo. En tu última carta me contabas lo preocupado que estabas por una de tus enormes ramas. Esa que había asomado al otro lado de la calle y algo le debió pasar, pues desde entonces replegó sus hojas y se fundió en un mutismo absoluto. Espero que ya esté solucionado. Seguramente tu rama vio algo que le habrá costado asimilar, nos ha pasado a todos.
            Tengo que dejarte, el cielo se ha vuelto a cubrir, ahora casi no puedo respirar y desde el aire, llegan unos artefactos que escupen fuego y explotan en el suelo. No entiendo nada, pero esto no me huele nada bien.
            Hasta la próxima amigo. Espero tu contestación casi con ansiedad, pues como ya te he dicho, aquí han desaparecido hasta nuestros amigos los pájaros.
Un fuerte abrazo con todas mis ramas. ¡Salud y calma!
Tu amigo de raíces:  Árbol Verde Pópulos.

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CARTA DE  GELINES DBT
PRIMER PREMIO Certamen de cartas Amor de Paradas 2017 (Sevilla).

Querida Julia:

Hoy llueve y necesito escribirte, porque la lluvia me trae sabores de tormentas escampadas en tu boca y en tu cuerpo. Me trae olor a ti, a tierra húmeda y caliente de agosto, de aquellos agostos en el pueblo de mis abuelos, donde tú vivías y yo veraneaba.
Cada junio la misma rutina, tras las notas escolares partía rumbo al pueblo, rumbo a ti. A mí me gustaba tu piel tostada y a ti mi palidez de ciudad. Me lo decías tú. Te lo susurraba yo. Compartimos secretos, cromos y travesuras infantiles. Hicimos juramentos de sangre y practicamos la amistad y el amor antes de saber el significado de lo uno y de lo otro. Crecimos deseándonos. Al menos yo, moría por tu cuerpo adolescente intrépido y activo, que lo mismo trepaba que planchaba, mientras yo, siempre inútil, te observaba. Descubrimos sensaciones adolescentes nadando tramos peligrosos del río, el remolino donde nos gustaba tirarnos para ver si nos tragaba, provocando escalofríos de placer, también prohibido. Apagábamos ese deseo con roces involuntarios y provocados, que se alargaban mucho, mucho más de lo necesario, y se repetían tantos días y tantas veces como los demás nos permitían. Mis manos te buscaban y te encontraban en aquel momento y lugar, donde casi todo estaba censurado, y nuestro amor más que nada. Nunca lo hablamos pero lo intuíamos en cada caricia.
En septiembre todo volvía a su lugar: yo al instituto, las hojas al suelo mientras tú te quedabas allí, perenne. Abrigaba mis inviernos con sensaciones y caricias inventadas contigo, almacenadas en mi piel, apiladas como troncos. Y sin darnos cuenta llegó agosto, ese agosto veinteañero, más tórrido que ninguno, al menos para tu cuerpo y el mío. Aquel verano todos los sentidos reventaron a la vez y no pudimos controlarlos, o no quisimos. Abundaron las tormentas interiores y exteriores. Corríamos esquivando chaparrones y tanto corrimos que nuestros labios se encontraron y ya no teníamos edad ni ganas de separarlos. Les siguieron nuestros cuerpos, que se negaban a ignorarse, y entre besos y versos nos bebimos la noche y sus misterios, el amor y sus espadas.
Al día siguiente, hui a la ciudad. hui de ti, o de mí, no sé. Te he evitado tanto como te he pensado pero tu ausencia me pesa desde siglos, sobre todo en días lluviosos como hoy. Cada día paso un rato contigo escribiéndote apasionadas cartas que luego emborrono y arrugo para que hagan juego con mi ánimo. Seguramente habrás empezado tantas como yo y ninguna encontró el camino hasta mí, espero que esta cruce la noche, se deshaga en tus ojos, rompa tu calma y acelere tu pulso, mi amor.
En mi última visita al pueblo tropecé con tu serena madurez. Tu ardiente mirada abrió la herida que lleva tu nombre, y volvió a ser agosto en mí. Mientras tus labios sin maquillaje me hablaban yo me recreaba de nuevo en el último beso que me dieron. No te dije que permanezco inmóvil viendo la vida pasar, esperando el momento de cruzar y acurrucarme en algún pliegue de tus caderas ya adultas. Por favor, Julia, haz algo por ti. Por mí. Rompe esquemas. Porque necesito recuperar las estaciones no vividas contigo, saber cómo besas en invierno y cómo tiemblas en primavera. Necesito untarme de tu vida, lanzarme contigo al remolino, correr el riesgo de ahogarnos o enfermar, porque nunca te he visto enferma y me gustaría cuidarte. Mis prejuicios han muerto, mis dudas son adultas y están cansadas, ayúdame a ahuyentarlas. Me oprime esta nostalgia domesticada que me acompaña desde entonces, desde que te conozco. Porque eres una fecha. Una hora. Mi calendario. Permíteme volver al pueblo, porque mi pueblo eres tú.
Siempre tuya:
Maribel.

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CARTA DE JUAN CARLOS GARCÍA CRESPO

Hola mamá, no te enfades por no escribir antes, ya sabes como soy. Lo dejo y lo dejo y al final nunca hago un rato para estar contigo. Mientras te escribo es como si te tuviera aquí, a mi lado, y te contara, cara a cara, todas las cosas, incluso te veo contestando y echándome la bronca, diciéndome lo que está bien o mal.
Apenas tengo tiempo de sentarme a hablar contigo, la vida en esta isla es estresante, el trabajo consume mi tiempo y el que me queda libre aprovecho para pasarlo con los niños y con Sonia, aunque los tengo aquí me echan de menos. Es poco lo que puedo estar con ellos, a los niños solo los veo por la noche, cuando ya están a punto de dormir. Y a Sonia…, bueno la veo pero siento que nos distanciamos. Me gustaría pasar más tiempo con ella y disfrutar de estas playas y este sol juntos. Pero el trabajo…
Ya sé lo que vas a decir, que dejé aquel puesto en la empresa y a mis amigos para ganar más dinero y ahora temes que me quede solo. Y tienes razón, aquí no tengo amigos, amigos de verdad. Allí tengo amigos de toda la vida, aquí solo conocidos ocasionales. Son como las estaciones del año, cuando te haces al invierno, se va y llega la primavera, y luego el verano. Con la gente pasa igual, conoces a alguien y antes de que te des cuenta se ha ido a otro trabajo lejos o fuera de la isla. He pasado de vivir feliz en el pueblo a tener dinero, pero no vida. No sabes como echo de menos el barrio y a los locos de los vecinos, aquí ni siquiera les conozco. ¿Aún siguen peleándose a voces los del tercero? Supongo que no habrá cambiado mucho. Hace unas semanas me encontré con el Rafita, ya sabes, el hijo de la Flori, la del quinto, hacía años que no le veía, ha crecido, me ha contado como está todo, la pena que dan algunos negocios de siempre ya abocados al cierre y el poco dinero que circula de mano en mano, la gente tiene miedo a gastar, algunos no tienen ni para gastar. Me contó también que, a pesar de todo, las fiestas son fiestas y las risas se contagian de puerta en puerta, que el barrio sigue siendo pobre pero rico en amistad y camaradería.
No he vuelto a saber de él, aquí a uno o le absorbe el trabajo o la fiesta.
Querida mamá, hace días que empecé esta carta y no he sido capaz de terminarla. No sabes la cantidad de ellas que he empezado y nunca término.
Hoy hemos cogido a los niños por la mañana y hemos venido a la playa, hay mucha gente. A Pablito le encanta el agua y Rosita se asombra con cada castillo que le hace su madre, llevan horas jugando en la arena, jugando como dos niñas, me encanta esa faceta de Sonia, es capaz de ser la esposa y amante más eficiente y en cuestión de segundos convertirse en una niña pequeña. Cuando vamos al parque ocurre igual, el niño no deja de columpiarse, menos mal que ya ha aprendido a hacerlo solo, puede pasar horas en el columpio, le encanta volar alto e imaginar que llega a las nubes, igual que hacía yo, ¿Te acuerdas? Mientras, ellas no paran de jugar en el tobogán, Sonia es increíble, no sé de dónde saca esa fuerza para estar pendiente de todo, su trabajo, la casa, los niños, yo. Me doy cuenta de que apenas se lo agradezco. Ha venido tras de mí a ciegas, confiando en mí, buscando una vida mejor, pero creo que no es feliz a mi lado, bueno, lo poco que estamos juntos. Sólo la veo feliz al lado de los niños, no creo ni que le guste esta isla. Pero lo intenta por mi.
Otra vez vuelvo a escribirte, ya hace dos meses que empecé, si sigo así no te la enviaré nunca, como siempre. Sonia y yo hemos vuelto a discutir, tengo que tomar una decisión por qué ella me ha dado un ultimátum, o ellos o el trabajo. Y lo tengo claro, pero no sé cómo hacer para trabajar menos y ganar más, tenemos muchos gastos al mes.
Se acerca navidad y será otra navidad lejos de casa, ¿sabes lo que nos ha pedido Rosita para Papá Noel? No quiere juguetes, solo quiere viajar en avión. ¿Por qué le he dicho? - Para conocer a la abuela-, me dijo, para conocerte a ti. No sé cómo decirle que nunca podrá hacerlo, que estas en el cielo y eso significa que jamás volveremos a verte. Por eso les hablo tanto de ti, y de papá, para que al menos conozcan como eran sus abuelos. Hace tantos años que os fuisteis que si un día dejo de hablar de vosotros yo mismo os olvidaré.
Pablo va a hacer 8 años, no se me olvidará tu cara de felicidad al cogerlo por primera vez en brazos. Una pena que no le vieras crecer, os hubierais llevado bien.
Tengo que dejarte otra vez y como siempre no sé si te enviaré esta carta o la guardaré en el cajón con las demás, hasta que sepa cual es la dirección del trocito de cielo donde estáis.
Adiós mamá, un beso. Recuerdos a papá.

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CARTA DE MACAMEN DE VEGA

Querido Daniel:
Me marcho. Sé que no te sorprenderá leer esta carta, pues hace tiempo que estamos sin ser. Hace tiempo, ya no sé decir cuánto, que ha desaparecido la magia de este lugar que elegimos color a color, textura a textura, sonido a sonido... cuándo éramos un «para siempre». Quiero recordar, y ya no soy capaz, cuándo fue la ultima vez que las hojas amarillas de los chopos sonaron a cascabeles agitadas por el viento del otoño a nuestro paso. Tampoco recuerdo la última vez que el agua del lago acarició con tibieza mis pies al caminar por su orilla. Se ha vuelto fría y gris. Ni las mañanas de sol espléndido de verano es capaz de reflejar el azul del cielo. Ni cubiertas de flores sus orillas logra el agua templarse. Está helada y quieta. En invierno y en verano el agua enfría mi cuerpo si la toco. Y la cocina... está callada. Ya no hay pájaros cantores esperando picotear las migas que arrojaba de vez en cuando su ventana. Y no huele a postres ni a guisos, ni resvala el vaho del vapor de las cazuelas por sus azulejos. Los paños y los delantales, mortajas del silencio y la asepsia que reinan en la estancia, languidecen colgados de las perchas exhibiendo su blanco inmaculado. Y por las noches intento recordar la última vez que nos guiñaron las estrellas, pues ni en la noche más despejada y oscura logro ver brillar ni una sola. Hasta la luna llena, donde guardamos nuestras promesas hace tanto tiempo, se ha apagado por completo y con ella todo lo que nos prometimos.
Me ahogo, Daniel, en el agua helada del lago. Y las estrellas no me iluminan el camino. Y los cascabeles no me avisan de que todo está bien.
Me marcho porque no quiero apagarme como este lugar. Sé que tu te has acostumbrado y puedes vivir sin los sonidos, los colores, el calor, el brillo... Yo lo he intentado, con todas mis fuerzas, pero sin todo eso, poco a poco he ido olvidando quién soy, quien eres. Necesito volver a escuchar cascabeles a mi paso y lograr que la luna vuelva a brillar. Cuando lo haga volveré y la traeré conmigo llena de todos los sonidos y promesas que no hemos sabido cuidar. Y entonces, si tu quieres, tendremos una segunda oportunidad para recuperar juntos toda la magia que un día supimos inventar para nosotros.
Te escribo porque hace mucho que ya no me escuchas y porque me falta valor para abandonarte mirándote a los ojos porque es en ellos donde más me duele no encontrarme.

Volveré, lo prometo, para encontrarme en tus ojos mientras los mios te cuenten quién eres tú.
Te quiero.
Adela.







lunes, 30 de octubre de 2017

"Cuentos a-con-de-para- Flinn" (VARIOS AUTORES: Macamen de Vega, J.P. Chelmick, Manuela Bodas, Mercedes G. Rojo, Luis Fernando Glez)

                                     





CARTA PARA MARCELO
 (Autora: MACAMEN DE VEGA)


Querido humano amigo Marcelo. 

Hace tiempo que quiero decirte varias cosas. A pesar de pasar horas viendo cómo hilas palabras con maestría me resulta imposible (aún) escribir lo que siento, por eso he tenido que recurrir a Macamen para que lo haga por mi (confío en que será fiel a lo que yo le he contado)

Nací hace un año y pico en una mata de azucenas que devoré a placer en soledad, pues de las decenas de hermanos que salieron de los huevos que me rodeaban nunca llegué a tener noticias. Así pues me hice fuerte a base de devorar aquellas hojas que, aunque deliciosas, pronto empezaron a cansarme. 

Transcurridos un par de meses mi curiosidad me llevó a abandonar aquella mata segura en busca de aventuras. Resultó que, tras lo que me pareció un viaje larguísimo, me topé con una mata de azucenas idéntica a la que había abandonado ¡No daba crédito! ¿Un viaje tan largo para estar en un lugar similar? Entonces descubrí tres paisanos que pastaban ansiosos como si nunca antes hubieran probado esas hojas jugosas y me acerqué a ellos convencido de que me contarían maravillas del lugar del que ellos venían. Me equivocaba. Habían nacido meses antes que yo ¡y no se habían movido de su mata! Hasta habían dormido en ella todo el invierno. Un poco sorprendido, pero aún ilusionado con descubrir mundo, abandoné su planta para seguir mi viaje. Tras mucho caminar me encontré en una tercera mata de azucenas en lo que me ocurrió algo parecido... Así, con un poco menos de ilusión cada vez seguí mi búsqueda de aventuras hasta llegar a la séptima planta similar, en la que empecé a comportarme como el resto de mis compañeros, totalmente rendido y resignado a una vida aburrida.

Un día más en el que pastaba ávidamente movido por el aburrimiento un destello desconocido despertó la curiosidad que llevaba dormida en mi un tiempo. Me acerqué y al momento me vi reptando por un material frio y transparente totalmente desconocido para mi. Ha pasado tiempo y ahora comprendo que me metí en una puerta mágica que me transportó a una dimensión desconocida para mi. ¡Qué emoción dando vueltas en aquel cristal! Mi espíritu aventurero estaba otra vez en marcha esperando descubrir dónde me llevaría la curiosidad esta vez...

He pasado algo más de un año en esta nueva dimensión, donde vivo con tres humanos (ahora lo sé, tardé un tiempo en ubicarme, tomar conciencia y poner nombres a las cosas). Durante este tiempo he vivido historias tan increibles y maravillosas que nunca imaginé (y mira que tengo imaginación). He trepado a la torre de Hércules, he conocido caracolas, estrellas de mar, me ha arrestado la policía (por error, por supuesto), me he sentado en un trono donde me he sentido amo de siete reinos, he protagonizado relatos, he sido portada de un libro, he recibido cientos de me gustas y me encantas, yo, ¡un pequeño caracol normal y corriente! Además todos estos meses he comido manjares que jamás hubiera probado de no haber entrado en aquella puerta (por cierto, cuando el calabacín esté por las nubes no hagas el esfuerzo, todo lo que como me parece exquisito).

Quiero decirte, querido Marcelo, que soy muy feliz. Que me estás dando una vida mejor que la que nunca pude soñar. Que cada día sintiendo la lluvia fresca que inventas para mi me siento querido y cuidado y que te digo (aunque no me oyes porque lo digo en caracolo y muy bajito) «¿Qué haremos hoy, amigo Marcelo?».

Antes de despedirme quiero contarte alguna cosilla más importante para mi. La primera que he leído en Internet (tu eres el culpable de que haya aprendido, lo siento) que bien cuidado puedo vivir de cinco a seis años, así que ya puedes pensar aventuras para seguir este ritmo porque me has acostumbrado a que para mi casi todo es posible y no quiero parar, voy a seguirte a dónde me lleves. 

La segunda es que, por favor, hables con ese ser tan extraño que lleva una concha negra también extraña sobre la cara y le expliques que de ninguna manera puede  ser mi padre, no sé lo que es, pero está claro que él no es un caracol. Tendrá que seguir buscando a su hijo en alguna otra galaxia. Yo no me atreví a decírselo porque me habló con mucho convencimiento y no quise desilusionarle, pero creo que debe saberlo. Y, por último, intenta hablar con esa gente que sale de vez en cuando tras la pantalla atizándose sin piedad  por conseguir mandar sobre esos siete reinos. Cuéntales que ya ocupé ese trono hace tiempo, están tan ocupados peleando que ni se han dado cuenta.

Y quiero pedirte una  cosa, esto es lo más importante, lo que me dio el impulso final para dictar esta carta: que no te vuelvas a preguntar nunca si tienes derecho a hacer lo que haces conmigo porque estoy orgulloso y feliz de vivir con tres humanos buenos que se quieren tanto y que han decidido quererme a mi también. Me siento tremendamente afortunado.

Creo que he dicho todo lo que quería. Espero tener pronto ocasión de contarte más cosas, eso querrá decir que seguimos juntos viviendo las mil y una aventuras que hace mucho soñé en una aburrida mata de azucenas.

Un babosísimo abrazo,


Flinn 

                                                                                                                                                   


UN HOMBRO AMIGO 
(Autora: MANUELA BODAS)

No pensaba salir de su concha en muchos días. Los humanos, esos seres racionales, que son los únicos animales que hacen animaladas, andaban revolucionados.
Flinn no sabía el motivo, pero le daba miedo asomar y  ver desde su concha tanta irritabilidad. Claro que tuvo que salir para alimentarse.
Fue cuando un rayo fugaz con mucha luz, le deslumbró, estuvo unos segundos con chiribitas en los ojos. Comenzó a babear para pasar el susto, y se quedó observando durante un buen rato a un humano con un dispositivo acoplado a sus manos, del que salían rayos con mucha luz.
Chispazo por aquí, chispazo por allá, iba de una lado para otro con aquel artilugio que lanzaba rayos de luz. Flinn era muy curioso, así que a pesar de su lentitud, fue acercándose al humano Rayosluz y se colocó sobre su hombro, con mucho recelo, pues no sabía si al humano le haría mucha gracia que se le hubiera subido al hombro un “caracol, col, col, col, saca los cuernos al sol que tu padre ya los sacó y tu madre también los sacó”. Esa canción se la habían cantado muchas veces para que asomara y enseñara su cuerpo fuera de la concha.
Al humano Rayosluz, lejos de molestarle la subida de Flinn por su hombro, le agradó muchísimo su compañía, tanto que Flinn un poco atónito, pudo escucharle:

Blandito por dentro, duro por fuera,
no tienes alas, pero en mi hombro vuelas.
Recorres el mundo lentamente,
para tomarle el pulso a las cosas,
lentamente, recorres la vida,
para saborear el tiempo
y esconderlo en tu concha.
Blandito por dentro, como el cariño.
Duro por fuera, como la roca
que guarda en su vientre la amistad.
Te veo cada día, surcar espacios de ser,
espacios que fortalecen las fibras
que nos atan a los otros, a los demás.
Blandito por dentro, como un latido bueno.
Duro por fuera, para protegerte de los abismos
que ciegan las risas y las convierten en llanto.
Blandito por dentro, duro por fuera,
y lleno de átomos que nos emparientan.

Flinn agradeció a su manera, aquellas palabras que Rayosluz, parecía que le había dirigido a él. Viendo que al humano no le molestaba, siguió en su hombro. Así descubrió algo sorprendente y milagroso.
Rayosluz, daba vida en pequeño, a los otros humanos a los que había dado el fogonazo con el artilugio que brotaba de sus manos. Sí, sí, así como os lo cuento:
Resulta que mi buen amigo Rayosluz, es un gran mago. ¡Reproduce copias de los otros humanos en pequeño! Eso sí, en las reproducciones no se mueven, pero le salen genial, diría que algunos están mucho más bellos que en la realidad. Par mí, que Rayosluz con su magia, capta algo de ellos que no se ve a simple vista. ¡Eh, cuidado! No contéis este secreto, puede que a Rayosluz no le guste que se sepa nada de esto, no me gustaría perder su amistad. Aunque de todos modos, creo que debería hacerse público y manifiesto que Rayosluz hace una magia buena y  preciosa.


                                                                                                                                                


EL CARACOL 
(Autor: P.J. CHELMICK)

El despertador sonó estridente,  con esa prisa por hacerse el protagonista de la mañana, restando importancia al maquillaje del amanecer.

Se puso sus roídas zapatillas y tiró de las sábanas, ordenándome a toque de gallo mal criado que abandonara mi affair con Morfeo, ¡ qué sabría el de mi inclinación sexual¡.

Puse un par de rodajas del pan que todos los días sobraba en la tostadora; en la licuadora unos trozos de sandía con tomate, mientras la achicoria se escurría en la cafetera.

El agua de la ducha templaba la fría madrugada.

Escribí mi primera nota en el vaho del espejo: " No me gusta la esclavitud de las mañas".

Tras el desayuno, acomodé mi vestuario sobre la calidez de la crema hidratante, apreté el nudo de la corbata hasta que mi lengua empezó a ponerse morada, y entendí que todavía no había llegado mi turno del verdugo.

Cuando salí a la calle, cientos de operarios estaban levantado los edificios. que se negaban en el bostezo de sus ladrillos; doncellas de tiros largos planchaban aceras y carreteras; operarios con candelabros encendían los semáforos.

Nada había cambiado desde ayer.

Cuando el topo eructó las bocas del metro se abrieron, engullendo, en ese hambre de la dieta nocturna, a los amotinados obreros, que traficaban a sus puertas con cestas de dulces bañados en buenos días.

Ese día me bajé una parada antes, me apetecía caminar hasta la oficina.

En el atravesar un parque que no conocía, repleto de flores y verdes vivos, de exóticas hojas, y hercúleos árboles, a punto estuve de pisar un caracol que no me cedió el paso en el camino, no se dignó a disculparse, ni siquiera en dirigirme la mirada.

Posé mi cartera en el suelo, un segundo después de percatarme que la había dejado encima del charco de una boca de riego, crucé los brazos y llamé su atención con el tono más enfadado que pude poner.

Giró con recelo en mi dirección, levantó su babosa cara, y me increpó: ¿Algún problema?

- Te has jugado la vida-, le dije. Te has librado porque calzo un cuarenta y dos.

 Respiró profundamente, miró hacia mi cartera azul, que por momentos parecía el desagüe de una alcantarilla, por el agua que filtraba.

- Te la estás jugando tú-, me dijo serenamente. ¿No has leído las noticias? Tu empresa acaba de entrar en bancarrota.

Busqué en mis bolsillos las pastillas contra la adicción a la fantasía que me habían recetado cuando tenía once años, las había olvidado en la chaqueta que llevaba puesta ayer.

No podía ser, no sólo me estaba hablando un arrastra-conchas, si no, que además osaba decirme que estaba a punto de quedarme sin trabajo.

Conecté mi celular a la red virtual. Era verdad! Laboratorios Sinrazón, había declarado suspensión de pagos.

Me senté junto a mi cartera, lo que viene a ser, en el mismo charco, no importaba que el estancado líquido penetrara por mis pantorrillas.

Le miré, - tengo cincuenta años, ¿ qué voy a hacer ahora? ¿dónde encontraré otro trabajo?.

Empezó a ascender por mi pierna izquierda, por mi brazo izquierdo, hasta llegar a la cima de mi hombro izquierdo, se elevó un hacia mi oreja  haciendo apoyo en su carcasa, y me susurró al oído:

-En este parque el verde abunda todo el año, hay una taberna que tienen unos grillos en la que se montan unas fiestas totales, te puedo recomendar un par de cobijos que nada tienen que envidiar a la casa real, todo a cambio de tu cartera por mi concha.

Estaba desesperado, no lo dudé ni un instante, acepté de inmediato.

Medio minuto más tarde le vi alejarse con mi cartera bajo el brazo, con mis zapatos, mis pantalones, mi camisa, mi chaqueta, las llaves de mi casa, y mi vida.

A partir de aquel día nos saludábamos todas las mañanas, yo no tenía ninguna prisa, sólo me preocupaba de no coincidir en el camino con una rueda de bicicleta o un zapato superior a un cuarenta y dos.

Aprendí a vivir, que la vida son dos días, pero a mi paso, parecerían más que las siete de aquel gato que me hacía goteras en el tejado.

Por cierto, he conocido a una hermosa babosa de piel chocolate que me tiene arrastrado por el reguero que cruza el parque.

Dirijo un coro de parvulario, que todas las mañanas salimos a cantar aquello de: Caracol col col, saca los cuernos al sol...".



Colorín Colorado, este cuento se ha acabado.


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SENDEROS DE PLATA, AROMAS DE ABRÓTANO
(Autora: MERCEDES G. ROJO)


-          Por fin llueve. Pensé que no iba a poder salir nunca de esta cárcel en la que el largo y seco invierno me tenían secuestrado. Estoy deseando que este encierro acabe, estirar mis cuernos al sol y dejar que mi concha luzca por fin brillante y tersa, y para eso primero necesito la lluvia, vivificante, serena…  Espero que luego el tiempo no me falle y que también escampe y que, de nuevo el sol en el cielo,  pueda recrearme entre las hojas verdes y las flores.

-          Qué ganas tenía de que por fin este invierno tan largo y seco se derramase en lluvia sobre la tierra agostada y sedienta. Qué placer sentir resbalar este agua mansa sobre mi pelo, sobre mi cara, sentir como empapa mi piel, como la tierra se vuelve blanda bajo mis pies  y mi olfato se llena del aroma a tierra húmeda, del olor de las primeras rosas y de las plantas que pueblan el jardín, aromas de mi infancia que esta lluvia tan esperada hace revivir en mí. Qué placer poder pasear otra vez bajo ella.

Llueve.  Llueve  y llueve, tras la ventana, como en el poema de Antonio Machado. Llueve de forma continuada y mansa durante varios días seguidos, dando de beber a la tierra que permanecía seca y agrietada, casi sin vida; a las plantas que sufrían un retrasado crecimiento, de hojas mustias, de flores aún dormidas,… El paisaje parece recobrar poco a poco su verde y colorida lozanía.

Llueve, y parece más limpia la atmósfera que se lleva arrastrada por el agua las tensiones acumuladas durante muchos meses. Es vida el sol, pero cuando el agua no detiene de vez en cuando su camino, también lo malo se acumula en torno. Y ahora se respira, por fin, olor a limpio. En todos los sentidos. Naturaleza renovada, humanidad en calma.

Los pasos de la mujer se encaminan nuevamente hacia el viejo jardín que preside la ciudad y que ha visto pasar juegos, risas, llantos, desengaños…, de tantas generaciones. También la suya. Enreda sus pasos por la zona de la antigua rosaleda y descubre, sorprendida, que aún hay setos de abrótano dibujando los parterres entre los que jugaba cuando era una niña todavía. Es intenso su olor bajo los cálidos rayos del sol que secan sus hojas de la lluvia caía en estos días. Es intenso el olor con reminiscencias a infancias felices. Enlentece sus pasos, cierra los ojos y aspira profundamente ese aroma a abrótano, abrótano hembra que muy pronto verá salpicado su verde claro y ceniciento de pequeñas flores amarillas. Los recuerdos se abren paso en su cerebro y respondiendo a un antiguo impulso se agacha de repente y sus manos hurgan entre aquellas plantas cuya existencia parecía tener olvidadas. Y los encuentra.

Surgen entre los parterres buscando los rayos de sol bajo los que estirar sus dúctiles y gelatinosos cuernecillos, se arrastran entre las plantas paseando sus frágiles conchas que sin embargo les sirven para protegerse de lo que hay a su alrededor. Menos de las pisadas. Las pisadas crueles de algún desalmado que los estruja bajos sus pies regodeándose en el leve crujido de algo que se rompe sin remedio. Los recuerdos estallan en su mente a la vista de apenas unos pocos caracoles que han logrado salir adelante tras la pertinente sequía de tantos meses sin lluvia. Los hay de varios tamaños. Se inclina y con cuidado coge entre sus dedos el más gordo, la concha algo más dura que la del resto, más marcadas sus estrías, más potentes los distintos tonos marrones de la misma. Sonríe imperceptiblemente y con un gesto inverso y cuidadoso devuelve el ejemplar a la olorosa protección del abrótano que aún ni siquiera apunta el menor rastro de los botones de sus flores y observa como tras un rato – seguramente tras sentirse seguro – el molusco sale de nuevo de su refugio, estirando los cuernos y dejando un rastro de plata transparente en el lento avance de su paso. Como un relámpago le viene el recuerdo de las bolsas llenas de caracoles recogidas para su abuelo en las tardes soleadas de primavera, cuando el astro brillaba fuerte  tras la lluvia. En primavera. 

En días como éste. Caracoles que el mismo se encargaba de preparar con mimo antes de degustarlos. Ella nunca pudo.

-          Buff, menos mal. Pensé que no volvería nunca a arrastrarme entre esta acogedora mata que me proporciona su cobijo. Creí que hoy, aquí,  había acabado para siempre mi camino.

-          Por fin lo entiendo todo. Ahora sé porqué nunca fui capaz de llevarme a la boca un solo caracol a lo largo de mi vida. Ni cuando era chica de la mano de mi abuelo, ni ya de adulta en aquellas tierras andaluzas donde era plato estrella.


La tarde avanza. El sol brilla en un cielo límpido recién lavado por la lluvia que se ha llevado con las nubes todas las impurezas. En el suelo, entre el verde ceniciento y el aroma profundo del abrótano, senderos de plata guían pisadas invisibles al pasado.


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EL VENDEDOR DE SONRISAS
(Autora: LALY DBT)

Hoy era el gran día.

alcalde se puso el traje, mandó engalanar la plaza y faltó poco para que  sacara su bastón de mando, que el Señor Flinn supiera quien mandaba en aquel pueblo.

Por fin llegaba  aquel héroe al que nadie conocía pero del que todos hablaban.

Algunos aseguraban haber visto imágenes que confirmaban sus relatos, otros decían que habían oído… que decían... lo cierto es que de la misma forma que llegaron sus historias, se supo también de su inminente llegada.

 Se oyó que era un diplomático llegado de tierras lejanas por lo que el  Sr. Alcalde contrató al hijo de Munda de intérprete, por ser el más listo del pueblo  para eso de las letras. Las mujeres se engalanaron con sus trajes típicos y ellos se afeitaron como si fuera víspera de fiesta.

Alguien contó que era un peligroso delincuente,  el cabecilla de una banda  que traficaba con dinero, hasta  que lo pillaron con las manos en la masa. Aseguró haberlo visto con los billetes falsos y cuando fue arrestado y metido en un furgón policial. Pero él, escurridizo como nadie, se fugó en el traslado y esto aumentó su fama. Eso hizo que los camorristas del pueblo también estuvieran presentes, deseando conocer a su héroe.

Otros aseguraban todo lo contrario, decían que era un santo. Hasta le vieron sobre  andas, rodeado de velones y alamares cuando le sacaron en procesión en la Semana Santa leonesa. Y aquellos que defendían su historia delictiva, aseguraban entonces que sería el preso liberado… que las historias, cuando uno quiere, encajan de maravilla.

Hubo quien dijo que era un tipo duro y bien armado bajo una coraza, esto lo negaba quien decía que era un tipo blando, más bien feo, baboso y para remate de males,  cornudo.


Y a todos ellos se oponían los que aseguraban que era un Don Juan, visto con caracolas tan hermosas que parecían  llegadas del Olimpo, que Flinn era un cotizado modelo y sus fotos corrían por las redes sociales,  motivo  por el que también las mozas del pueblo hoy se engalanaron y rociaron de colonia.

Se oyó que era un ser feliz viviendo entre algodones, mimos y juegos… según otros llevaba una vida arrastrada…. Le vieron caminar lento como un anciano y el pequeño Hugo, ante la burla de todos, aseguró que era un caracol y volaba  con el paraguas de Mary Poppins…

Y así el mito creció y creció, creyendo cada uno la historia que más le apetecía.

Hubo respiraciones contenidas cuando un coche paró  en medio del pueblo. De él salió un hombre de gran envergadura.

-Ése debe ser el guardaespaldas. Dijo el Sr. Alcalde, haciendo un gesto a la banda, que empezó a tocar, acompañada por el coro de la Iglesia.

-Ah no, es el fotógrafo oficial. Dijo al ver su cámara de fotos colgada al cuello.

Como nadie más salía del coche, las autoridades empezaron a impacientarse   en el centro de la plaza, por la que caminaba con la solemne lentitud de quien se sabe importante, un hermoso caracol, mientras aquel hombre le fotografiaba  ajeno a la expectación que su llegada estaba causando y sin saber que aquella charanga estaba dedicada a ellos.

Nadie se fijó en la presencia del animal salvo Hugo, el  niño que grito:

-Es él. Es Flinn ¿Lo veis? Yo tenía razón. Es un caracol!!!!!!!!

La gente miraba atónita al pequeño animal que se refugió en su concha al sentir tantos ojos clavados sobre él.

Los hombres gritaban enfadados por la estafa, las mujeres se santiguaban pidiendo perdón por aquellos que le llamaron santo, los niños reían divertidos al comprobar que su gran héroe anónimo era aquel caracol, inmóvil ante el circulo de pies que le rodeaban.


Hubo insultos y amenazas de los que aseguraban sentirse engañados.

-¿Qué burla es ésta? Que aparezca quien empezó a difundir esta farsa. Gritaba el alcalde fuera de control.

Todos se miraban sintiéndose culpables, porque todos  contaron alguna historia que habían oído, añadiendo algo para darle más color al asunto.

-No ha habido ningún engaño. Dijo el fotógrafo recogiendo con mimo al pequeño Flinn, ante las miradas furiosas que el alcalde le dirigía, mientras los niños le rodeaban y reían con él, viendo las fotografías que les mostraba, donde el caracol era héroe y villano y santo, enseñaba orgulloso sus cuernos, se arrastraba y volaba con un paraguas, era guapo y feo, duro y blando…

-Han sido ustedes quienes le han puesto cara, le han otorgado títulos y honores que no tiene. Solo un niño supo aceptarlo como era.

 -¿Por qué los mayores se enfadan si los héroes no son humanos? Preguntó el pequeño Hugo, la única persona del pueblo que esperaba ansioso a Flinn, aun sabiendo que era un caracol.

-Porque se les olvidado cómo usar la fantasía, inventar sueños para que otros se los crean y provocar sonrisas, le respondió el fotógrafo. 

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LA VIDA DE FLINN EL AVENTURERO
(Autor: LUIS FERNANDO GONZALEZ)


Muchos piensan que la vida de un caracol es fácil, que deslizarse lentamente todo el día sobre una suave alfombra de moco es el método de transporte ideal: ecológico, abundante y con pradera siempre lista para poderte deslizar; lo de la velocidad es secundario, todavía no hay competiciones donde poder apostar…

Lo de llevar la casa a cuestas también se creen que es algo fantástico y estupendo, pero también es pesado, todo el día de acá para allá (más acá que allá habitualmente), cargando con el mobiliario de cocina, habitación y baño sin más potencia que la que dé la triste lechuga que se pueda uno encontrar. Aunque bueno, alguno hay con suerte, como mi vecino de al lado por ejemplo, lleva doble concha y mobiliario de caoba, porque su huerta está plagada de coles que dan más vitalidad. Suerte de vivir en el patio de un jubilado proveniente de Bruselas y que tiene el huerto como un vergel, siempre húmedo y bien abonado.

Pero no, no se crean nada de lo que hayan leído o escuchado por ahí, la vida de un caracol de segunda como la mía no es nada fácil, aunque he de reconocer que un poco mejor que la de los caracoles de tercera sí que es. Caracoles pequeñajos, hacinados, que puedes encontrar en terrenos baldíos o emboscados entre zarzales, sin huerto al que acercarse y cuyos mejores amigos que se les conocen son las babosas oscuras que siempre buscan un lugar vacío donde alojarse.

Pero ustedes disculpen, he empezado mi perorata quejándome como un perro sin su hueso, como una rana sin su mosca, como un mosquito sin su sangre… (hay que ver la cantidad de porquerías que comen algunos animales), y mirándolo bien, en realidad tampoco he tenido tan mala suerte, más bien al contrario, he tenido la fortuna de que me adoptara un humano, un niño como los llaman ellos, que me tiene en palmitas; si si, literalmente pues me paso la mayor parte del tiempo en la palma de su mano y gracias a ello he podido disfrutar de experiencias que ninguno de mis congéneres podrá nunca experimentar.

Como decía antes, mi casa, que siempre llevo a cuestas, esta amueblada de una forma sencilla pero con estilo, y mi dueño, ese niño del que os hablo, muchas veces dice que me lleva a casa, qué gracia me hace, no tiene ni idea, lo que él llama casa no es más que meterme en una jaula enorme con comida en el suelo, en las paredes y a veces hasta en el techo, estoy del color verde hasta el cuerno más largo que saco cuando sale el sol.

Pero como soy un caracol optimista, me quedo con lo positivo y mi fea jaula es compensada por los momentos de viajes que disfruto con toda intensidad. Aprovecho los días que me saca y un día soy un surfista aventajado que navega en la cresta de la ola como nadie, otro día soy el mejor portero que se pueda encontrar a este lado del reguero que riega el huerto, hay veces que voy de compras y ya sea un vestido fino o unos zapatos de tacón puedo asesorar de forma ideal. Me plantearé algún día ser eso que llaman “personal shoper”. Y claro tanta salida y juerga nocturna tiene sus consecuencias, en más de una ocasión me han tenido que llevar en un coche policial y con tan mal cuerpo que cuando me sacaban estuve a punto de vomitar. Menos mal que aparte de todo
esto, para el resto de los caracoles soy un molusco de lo más sensato y cabal. En más de una ocasión me han visto merodear por lugares santos y abrazar la cruz como un obispo en día de procesión.

Supongo que no me creeréis, que un simple caracol de segunda como yo es imposible que pueda vivir tantas aventuras como estoy contando, pero teniendo en cuenta a la velocidad en que me muevo y los pocos años que nos aseguran que vivimos, cada día que salgo de la casa jaula es como una semana de vida humana. 

Algo así me explicó el padre de la fuerza oscura el día que por casualidad lo encontré cara a cara encima de la mesa. Estuvimos charlando casi media hora y pude comprobar que su atracción era terrible.

Y bueno, aquí dejo un poco mis memorias, soy joven aún y todavía me quedan muchas aventuras por vivir, quizá en un futuro no muy lejano pueda viajar hasta el espacio, montar en avión o que me saquen hasta en un relato. ¿Quién sabe?
Tengo que empezar a soñar…


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