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viernes, 9 de marzo de 2018

LA CASITA SIN MUÑECAS DE MI ABUELA (Autor: Luis Fernando González)



Pocas veces suelo ir a la casa de mi abuela, no por falta de ganas, si por mí fuera viajaría hasta allí todos los fines de semana, pero la distancia que hay que recorrer para llegar a ese caserón perdido en medio de la nada es demasiado grande.

La casa de mi abuela es una casa especial, está encima de una pequeña colina y rodeada de los bosques más inmensos y verdes que uno se pueda imaginar. Nada más abrir una ventana o la puerta de la calle, te inunda una gran masa de luz que acompañada de una fresca ráfaga del viento es lo mejor para despertar. Muchas veces ese viento viene perfumado por el olor de las muchas flores que la abuela tiene plantadas alrededor de la casa, pero otras veces, en el otoño o en días fríos de invierno, los olores proceden del bosque y se perciben con todo detalle las hojas secas, las setas tempranas y la humedad.
Lo recuerdo muy bien de cuando era pequeña, pasé una larga temporada en aquella casa y fueron los días más felices de mi vida. Me levantaba por la mañana y al abrir la ventana percibía la fragancia de las flores que se mezclaba con el olor de las tostadas que la abuela hacía todos los días en el horno junto con el pan. Como me rugían las tripas nada más levantar, luego iba corriendo a la cocina, el lugar más bonito de la casa con su lámpara que imitaba a un planeta que se encendía al anochecer, y sin esperar a mis hermanos que eran unos dormilones, me ponía a desayunar. Mi abuela siempre me reñía porque no debía comer tan rápido, pero yo le sonreía y le decía que no lo volvería a hacer. Qué pena que al día siguiente se me olvidaba y volvía a desayunar con la misma rapidez.
Salir de casa era arriesgado y había que tomar precauciones, nos lo habían enseñado desde pequeños y mi abuela, siempre muy seria, proponía castigos muy duros si alguna vez no le hacíamos caso. Al abrir la puerta había que mirar a todos lados, al bosque y también al cielo. Siembre podía haber algún zorro, un lobo o algún animal extraño que nos pudiera comer. Y no era ninguna
broma, no. Recuerdo el día que vino mi abuelo corriendo y saltando todo lo que podía porque un zorro se había metido con él, pasó un momento muy agitado, pero al poco rato se le pasó.
Yo no tengo miedo y por eso me gustaba salir, abrir con cuidado la verja sin dejar que hiciera ruido y adentrarme en el bosque donde podía vivir aventuras impresionantes. Como la de aquél día que saltando por el sendero principal me encontré con un inmenso ciervo con grandes cornamentas que le servían para luchar. O aquél otro día que me crucé con un tejón de largas uñas que tenía para escavar. Los animales grandes me gustaban, pero lo que realmente me fascinaba era el canto de los pájaros. Los veía saltando de rama en rama llenos de sonidos con colores y que, con el paso del tiempo y algunas explicaciones de mi abuelo, los conseguí diferenciar. Por eso sabía que no son lo mismo un cuervo negro y grandote, que una urraca blanquinegra y enclenque, aunque sean de la misma familia.
Con las orejas tan largas que tenemos escuchamos hasta el último silbido, por eso escuchar a los más pequeños era lo más divertido. El petirrojo, el herrerillo, el carbonero y el mirlo, todos con su melodía diferente. ¡Qué placer era regresar a casa con todos esos sonidos dentro de la cabeza y saber que la abuela te estaba esperando con su delantal de lunares rojos!
Ahora vivo en la ciudad con otros conejos felices, pero a veces siento nostalgia y me gusta recordar los años que viví en casa de mi abuela donde a la entrada no había un cartel que dijera “Home sweet home” como en otras casas, la nuestra era especial y el cartel más grande que adornaba la estancia principal decía “I love conejitos”.


lunes, 6 de febrero de 2017

"EL POZO" (Autora: MARTA MUÑIZ RUEDA)

Todas las noches Eva se asomaba al brocal del mismo pozo para observar las estrellas.
Casi había memorizado la posición de las constelaciones de tanto admirar la Vía Láctea, como si fuera una astrónoma vocacional y el cielo su único destino.
Le sorprendió escuchar voces provenientes del patio de la casa. Hacía años que nadie la pisaba y el aroma a gardenias rojas había abandonado aquella finca que perteneció a su familia de generación en generación. Pero aquella noche todos habían vuelto y celebraban una fiesta como antaño, con guitarras y alegrías perturbando la paz de la montaña. Al fondo, el mar, como un secreto.
La luna llena se reflejaba en el agua como un pez trémulo de plata y a lo lejos Sagitario, Venus, Casiopea, entre un rumor antiguo de sangre y panderetas.
Pudo escuchar, no sin estremecerse, el discreto sonido de unos pasos que se acercaban al pozo como si pidieran permiso. Eva se conmovió al contemplar de nuevo el rostro orgulloso y moreno de Andrés, su amor, su amante. Las mismas cejas de ébano, el perfil romano reflejado en el agua, verde y temblorosa, su aroma de nardo y de jazmín.
―Eva, ¿por qué te marchaste? ¿Por qué nos dejaste, Eva? Perdóname mi amor. Te amaré siempre, pero debo seguir mi camino. Mi vida es larga. Voy a tomar a Carmen por esposa―susurraba el hombre joven entre lágrimas. Lanzó al agua un clavel y volvió a la casa.
Todo permanecía inmóvil otra vez. Trató de sobrepasar los límites del agua que contenía el pozo pero una fuerza ambigua la retenía y la luna y las estrellas reflejadas se deshacían entre sus dedos como escarcha maldita.
―Yo que te amé más que nadie, yo que he vivido en un poema de Cervantes, en un romance de Lorca, ahora no puedo salir de aquí. No puedo escapar, Andrés. Dame tu aliento… Tal vez si alguien vuelve a escribirme y me dibuja…
El padre tapó de nuevo la boca del pozo. La noche se volvió oscura como el vientre de una alimaña. El agua era un frío témpano de plata.
Volvió al interior nadando como una  sirena verde para refugiarse en sus sueños y dio la espalda al mundo, procurando, esta vez, no caerse.


jueves, 17 de noviembre de 2016

LAGUA, LA NUBE VIAJERA (Autora: Flor Méndez Villagrá)

Si pudiera elegir, elegiría quedarme siempre a la derecha del  tercer rayo de luna; a la izquierda del 15 rayo del sol  tampoco se está mal, pero allí no puedo jugar al escondite con mis muy mejores amigas las estrellas.



El viento del norte a veces viene a jugar con nosotras,



 pero es muy bruto, 
y me quita del medio soplando con tal fuerza 
que acaba convirtiéndome en pequeñas gotitas de agua.



A veces resisto hasta que mis amigas las estrellas desaparecen bajo el primer rayo del sol, el mismo que  utilizo para deslizarme lentamente hasta la tierra,  lanzándole un guiño en forma  de arcoíris al fanfarrón del viento a la vez que le grito:

-    Volveremos a vernos muy pronto, amigo



Aprovecho, entonces mi breve estancia en la tierra, poniéndola adornos bellos. Unas veces escojo ser manantial fresco de montaña, otras elijo los azules mares o los lagos inmensos, a veces me convierto en iceberg o en carámbano de hielo 




Cuando me aburro y echo de menos a mis estrellas e incluso al viento, mi amigo el sol me abraza fuerte, y vuelvo a ser yo, Lagua la nube, que sube a jugar al cielo de nuevo.





lunes, 28 de marzo de 2016

DESVELACUENTO (Autora: GELINES DBT)



Hay cuentos que dan mucho miedo. Sin embargo, los niños piden que se los repitas una y otra vez aunque les quite el sueño. Eso me ocurrió a mí con el cuento de Valentín. Me lo contó tío José, que no era tío de nadie, pero todo el mundo le llamaba así. Era el hombre más anciano del pueblo, su piel tenía el mismo tono y textura que la piedra en la que se sentaba al sol cada día, se mimetizaba con ella formando un bloque perfecto, como una escultura natural.
Lo recuerdo sentado, con su cansancio y su sabiduría, con sus manos y su barbilla apoyada en una cacha de madera nudosa, que brillaba de puro desgaste. Tío José era un gran narrador y fumador, por lo que, para asegurarse tabaco, dosificó la historia, desde mi infancia hasta su muerte. Su relato creció en longitud, tensión y precio a medida que crecíamos los oyentes. Un buen día, siendo yo una niña, dijo:
-“quien me traiga la colilla más larga le cuento un cuento” y todos los niños  corrimos por el pueblo en busca de esa colilla de celtas sin emboquillar. En cuanto se la dábamos, él comenzaba a relatar: “Muy bien, pues Valentín era un joven….”  Ya en mi adolescencia, el tío José, para cautivar aún más, si cabe, nuestra atención, nos decía con voz y mirada misteriosa:
-“quien me traiga medio cigarro le desvelo un secreto, el secreto será al oído, y no se lo podéis repetir a nadie”. Yo escuché unos cuantos y tuve que repetirlos porque aquellas palabras me abrasaban dentro y me producían pánico;  sin embargo, ya estaba enganchada a su historia que me parecía tan real como la vida misma. Lo más sorprendente e inquietante es que no se desarrollaba en lugares lejanos ni con personajes extraños sino que situaba al protagonista en mi pueblo y tenía madre, concretamente nuestra vecina, Esther.
-“Quien me traiga un cigarro entero le digo dónde está Valentín”, proseguía aquel anciano, manteniéndonos en vilo a pesar del paso de los años. Entonces, recuerdo que fui a buscarle el cigarro para que me desvelara el secreto de una vez porque ya sufría la impaciencia de la juventud. Tío José, el hombre-piedra, cogía el cigarro, lo observaba largamente, lo apoyaba en la comisura de su vieja boca y, sacando una voz joven que solo aparecía en su faceta de narrador, saldaba su deuda:
-“Valentín era un joven que huyendo de la guerra se escondió en una cueva en la montaña. Tanto se escondió que no se volvió a encontrarse a sí mismo. A pesar de que su familia llevó su cuerpo a casa una vez finalizada la guerra, su mente quedó atrapada en aquel agujero, enredada entre el miedo y la locura. Nadie sabe muy bien dónde estará en este momento pero todos sospechan que no muy lejos”.  
A veces, algún oyente con afán de protagonismo decía: “Yo le he visto asomado a la cueva, andaba a cuatro patas como un animal”; sin embargo, esa versión no encajaba con la de tío José, quien aseguraba que jamás salía al exterior de día, “el sol le quemaba y le aterrorizaba la gente, buscaba comida de noche”, sentenciaba el contador de cuentos. En lo que todos coincidían, es que andaba a cuatro patas porque su cuerpo se había deformado  en aquel agujero. Era un secreto a voces, un tema de conversación en las cocinas pero silenciado en el exterior por respeto a su madre, Esther.
Esther era una mujer tan oscura como su indumentaria: con independencia de la estación del año, vestía un mandil y una pañoleta y calzaba madreñas negras. Únicamente salía de casa para dar de comer a los animales que encerraba en un establo cercano a nuestra casa. Parecía una sombra, encorvada, como si llevara a cuestas varias vidas. De sus brazos colgaban dos cubos repletos de humeantes patatas cocidas, que se encargaba de llevar a sus cerdos. Yo la evitaba pero, cuando no me quedaba más remedio que cruzarme con ella, la saludaba, y Esther, sin levantar la vista del suelo, murmuraba: “Quedó en la cueva”.  Incluso sin decirle nada, si ella percibía movimiento a su alrededor, aunque fuera cualquier animal, un perro o una vaca, repetía de un modo automático: “Quedó en la cueva”.
Esa frase me daba miedo cuando era niña y ahora, consciente de lo que significa, aún más. Recuerdo que mi madre sentía compasión y respeto por ella, “dejar en paz a Esther, bastante tiene la mujer, esa guerra y esa cueva se han tragado su vida”, solía decir.  Una mañana mi madre me despertó con una triste noticia: “Vístete que hay entierro, Esther ha muerto”, me dijo con voz seria.
Era la primera vez que entraba en el cementerio desde la muerte de tío José, hacía unos meses, cuando salió todo el mundo me quedé rezagada y sobre su tumba dejé un cigarro y una sonrisa.  Volvimos a  la rutina diaria, hasta después de la comida,  que ocurrió algo extraño: Mi madre recogió los restos y los metió en una cazuela, que a su vez introdujo, junto a un buen trozo de hogaza y chorizo, en una cesta de mimbre. Lo cubrió amorosamente con una tela gruesa y encima echó un montón de humeantes patatas cocidas.
–¿“Adónde vas mamá”? –le pregunté extrañada.
– “A dar de comer a los cerdos de Esther, hoy no han comido” –me respondió ella con una inmensa tristeza en la mirada….

  

jueves, 17 de marzo de 2016

"EL CONSTRUCTOR DE CAMINOS" (Autora: MACAMEN DE VEGA)

composición artística de Ana Mª Loreto


Este relato fué elegido en la sección "poniendo historias" del mes de marzo, por Ana Mª Loreto para representar la historia de su composición artística

La mudanza había terminado. Después de un mes moviendo cosas de un lado para otro, por fin estaba todo en su lugar y podían volver a trabajar de nuevo con normalidad. Tenía ganas. Para Fernando su trabajo era puro disfrute y ese parón obligado por cambio de local debido al aumento imparable de actividad y de personal se le había hecho eterno. Solo quedaba colocar una cosa, el cuadro que representaba el lema de su empresa; un caracol, una ramita y una hoja traslúcida colocados sobre un papel con mucho mimo formando una curiosa y delicada composición que transmitía armonía y equilibrio. Para Fernando aquellos elementos eran una reliquia símbolo de la esencia de su pasión, de su trabajo y de su vida.

Justo en la entrada, dando la bienvenida a quien llegara a sus oficinas, colgó el cuadro y sonrió. Siempre que lo miraba se trasladaba durante unos instantes a la tarde en la que encontró aquellos tres elementos que le dieron la clave para descifrar el enigma que le ocupaba desde hacía tiempo.

Tenía dieciocho años. Había terminado los estudios preuniversitarios con gran éxito y muy buenas notas, pero llevaba unos meses sin saber qué hacer. No se decidía entre seguir estudiando o ponerse a trabajar. Tenía a su familia preocupada porque no acababa de tomar una decisión y, mientras tanto, a todos les parecía que estaba perdiendo un tiempo precioso. Pero él no lo veía así. Estaba ocupado pensando a qué quería dedicar su vida, y eso le parecía un asunto lo suficientemente importante como pararse a pensar unos meses. No sabía que estudiar o en qué trabajar, era cierto, pero si tenía claro que no quería terminar como la mayoría de las personas que le rodeaban en su familia, en su barrio, en su ciudad… No quería convertirse en una persona monótona y aburrida, que caminara mirando para abajo al suelo o al móvil, corriendo siempre de un lado a otro, con prisas para llegar a todas partes, como queriendo alcanzar lo que está por llegar, perdiéndose lo que está ocurriendo. Y no solo sabía que no quería convertirse en una persona así, sino que además sabía que quería dedicarse a algo que ayudara a cambiar a las personas de su familia, incluso de su barrio, incluso de su ciudad, incluso, por qué no, que ayudara a cambiar a personas del mundo entero.

Pero por más que pensaba no lograba dar forma a aquello con lo que poder conseguir su objetivo.

Daba largos paseos por las mañanas y por las tardes pensando mientras observaba los árboles, las piedras, los pájaros, los insectos, la lluvia, la danza del viento, los cambios de estación y todas aquellas pequeñas cosas que le pasaban desapercibidas a la mayoría de las personas por ir con prisa, por no saber pararse a contemplar.

Y entonces, aquella tarde que parecía una tarde más de paseo, pensamientos y contemplación, ocurrió la magia y Fernando lo vio claro. Sentado sobre un tronco observaba el lento caminar de un caracol que avanzaba sobre una hoja maravillosamente perforada por el paso del tiempo. Y mientras disfrutaba viéndole caminar pensó que el caracol no tenía ninguna prisa, al igual que el resto de la naturaleza que, con paciencia, había obrado el milagro de la belleza de aquella hoja sobre la que avanzaba el caracol. Unas palabras vinieron entonces a su mente, y sin apenas pensarlas las pronunció en alto: - Lento desarrollo tu tronco, lento paso, un soplo de lluvia y ante tiel milagro del encaje…..

Y entonces sucedió ¡Eureka! Ya sé a lo que quiero dedicar mi vida. Voy a ser constructor de caminos. Haré caminos llenos de belleza y detalles, caminos llenos de curvas para que no se pueda ver lo que está por venir y así obliguen a detenerse en lo que está sucediendo. Caminos llenos de sorpresas, melodías y sonidos. Caminos que enseñen a quienes los recorran a disfrutar de cada paso, a detenerse a mirar y escuchar. Caminos para pararse. Caminos que no lleguen a ningún lugar concreto, lo mismo podrán comunicar dos lugares como terminar dónde empiecen, porque lo importante de mis caminos no será el final, sino cada paso que lleve a él.

Y así fue. Desde aquel día estudió, trabajó y estudió más hasta que supo lo suficiente para construir los caminos más bellos del mundo. Poco a poco su fama se extendió y construyó caminos en parques, en bosques, en jardines, a la orilla del mar, en fincas, en azoteas…..

Y quienes pasean por sus caminos entienden el mensaje: disfruta de cada paso, de cada detalle, disfruta del paseo.
Y las palabras que pronunció aquella tarde y la imagen de aquél cuadro con los elementos que las inspiraron figuran en el comienzo de cada uno de sus caminos a modo de invitación.

Y así es como Fernando logró su objetivo de cambiar a personas de su familia, de su barrio, de su ciudad y hasta del mundo entero.



miércoles, 3 de febrero de 2016

"MARTINA" (Autora: MACAMEN DE VEGA)


Martina era pequeña, de facciones bellas y menudas. Ya desde que nació.  Cuando su padre la vio por primera vez susurró con cariño al oído de su madre: _"Este bebé es tan sólo una pizca de niña". Con el paso del tiempo fue creciendo, pero siempre dentro de los límites de su pequeñez. Quizás fue por eso por lo que, desde pequeña, Martina gustaba de las cosas a poquitos. Un par de traguitos de leche en cada toma siendo un bebé le bastaban para quedar saciada durante horas. Ya más mayor, entre un enorme ramo de flores y una pequeña florecilla, Martina prefería lo segundo. Entre un gran viaje por el mundo o un paseo por el bosque, ella se quedaba con el paseo. El aroma a limpio al abrir su armario lo preferiría siempre ante el perfume más exquisito y delicado del mundo.  Una suculenta comida de varios platos de cocina de última generación no tenían nada que ofrecerla al lado de una cucharadita de guiso casero... Y así con todo. Martina era pequeña y gustaba de las pequeñas cosas y de las cosas a pequeñas dosis.

Pronto se dio cuenta de que esta condición le dotaba de una ventaja frente a los demás: Martina pasaba desapercibida para la gran mayoría de la gente. Su condición y sus gustos la proporcionaban una discreción tan grande que los demás no solían reparar en ella.  Por eso enseguida se dio cuenta de que podía observar sin ser observada. Podía mirar y escuchar cuanto quería sin que aquello que miraba o escuchaba se viera alterado por su presencia. Esto la permitía conocer a las personas tal como eran, ya que, en su presencia, actuaban como si estuvieran solas. Así poco a poco, de tanto observar,  se convirtió en una gran sabia de la vida. Sabia en amores y desamores, en enfados, en lágrimas,  experta en conversaciones del alma, en delirios y sueños, promesas rotas y cumplidas, anhelos, inquietudes, besos y abrazos,  miradas y caricias,  acosos, amparos...Llegó un momento en que su sabiduría sobre la vida era tan grande que sobrepasaba completamente su pequeñez y Martina comenzó a sentirse sola, tremendamente sola.

Cuando ya no pudo con aquella carga, sin saber qué hacer con ella, comenzó a caminar sin rumbo. Y caminó y caminó lejos, muy lejos, mucho más de lo que lo había hecho antes en sus sencillos y pequeños paseos. Y llegó más allá de dónde había estado nunca. Caminaba con la cabeza baja y la mirada en el suelo, pues aquella carga pesaba tanto que no le dejaba hacerlo de otra manera. Pero llegó un punto en el que el camino se acabó. Martina vio un inmenso vacío ante sus pies. Entonces se detuvo y levantó la vista. Había llegado a un hermoso acantilado.

Martina se quedó absorta mirando aquella inmensidad azul desconocida para ella. Era lo más grandioso que había visto jamás. Y, para su sorpresa, no sentía ningún agobio ante aquel interminable azul, por el contrario, entendió que toda aquella gran sabiduría que a ella le agobiaba se volvía diminuta ante tremenda grandeza y sin pensarlo la vertió en el mar quedándose completamente sosegada al instante.

Ocurrió entonces que el mar sintió a los hombres en todas sus emociones y empezó a comprender y, agradecido quiso corresponder a Martina regalándola una parte de su grandeza en forma de poder para asimilar cualquier emoción por desmedida que fuera.


Y sucede que, desde aquel día, cada vez que Martina vive una gran emoción, no se siente sobrepasada, simplemente su piel se torna de color azul durante unos instantes y le invade una tremenda paz con la que asimila y disfruta la grandeza de cualquier sentimiento...

miércoles, 27 de enero de 2016

AL OTRO LADO DE LA RAZÓN (Autora: FLOR MÉNDEZ VILLAGRÁ)








(Para ÉL, esté donde esté)

Él unos doce años, larguirucho y nervioso. Ella cinco, con una risa contagiosa. Se vieron por primera vez en la playa. Él nunca se separaba de su pequeña pelota a la que daba vueltas entre sus manos obsesivamente,  balanceando su cuerpo de derecha a izquierda. Ella se unió a su baile rítmico y repetitivo. No hablaban, solo se miraban y se mimetizaban en sus movimientos. De vez en cuando ella escapaba corriendo hacia el mar y él la esperaba en la orilla, muy quieto, casi rígido, sin levantar los ojos de su pelota. Cuando salía, él la seguía con la misma expresión, y poco a poco volvía a sus obsesivos movimientos. Al final del verano la niña que no entendía de falta de emociones, besó al niño, y él sin levantar su mirada extendió su mano y le entregó su pelota. 

jueves, 24 de septiembre de 2015

NOOR -LUZ DE MIS OJOS- (Autora: CHARO DE LA FUENTE)



Este relato fue creado por la escritora CHARO DE LA FUENTE, para la sección "poniendo historias" de Cuento cuentos contigo, basada en el dibujo de la ilustradora Nuria Antón. 

“¡Niñooosss, a la cama!”, se oía decir a  la madre desde el salón. “¡vamos, Patrick, Dániel, ¡rápido!, que os voy a contar un cuento de buenas noches!.
¡Bien!, ¿ya…?”.  “Pues…, erase, que se era, que ya nunca más será…, que vivía una princesa en un lejano lugar…”
“¡Chsssssuuuu!!!, calla, calla, no sigas por ahí, mamá, que no quiero de esos cuentos que siempre quieres contar”, replicó Dániel.
“¡Escuchad, éste es distinto, es un cuento…, un cuento de los de verdad, seguro que os gusta!”…                             “Pues como os iba diciendo…”, continuó la madre…

Había una hermosa princesa árabe, llamada Nur (Noor). Le pusieron ese nombre, que significa “luz de mis ojos, lucero y bendición”,  porque cuando nació tenía unos grandes, profundos y bellos ojos verdes, como esmeraldas, que iluminaban su preciosa cara y fue además la bendición de la casa. Tenía el cabello negro, como su padre y la piel  clara, como su madre. Fue una niña muy querida y se desvivían porque nada le faltara.
Vivió toda su niñez entre los muros de su palacio, llena del cariño y el amor de los suyos y protegida de todo peligro y dolor y, entre juegos y aprendizajes, se fue pasando el tiempo hasta que un buen día, cuando Nur tenía dieciséis años,  aparecieron en el palacio unos mercaderes, que decían vender cosas que nunca habían podido comprarse.
Uno de los mercaderes, era un joven muy apuesto y elegante que clavó sus ojos sobre los de Nur nada más verla y ambos quedaron como hechizados y envueltos en una extraña niebla que les hizo temblar. “¿Sería eso el amor del que hablaban las leyendas?”,  pensaba Nur…
Los mercaderes se presentaron ante el emir, el padre de Nur, y trataron de convencerle de que podían venderle el cielo, todo el cielo, así como todo el resto de la tierra y toda la eternidad,  a él y a los suyos. El emir, muy extrañado, le preguntó cuánto  habría de pagarle por semejante oferta, puesto que ni el cielo, ni la eternidad tenían dueño, y él sólo poseía el pedazo de tierra de su emirato, que no era más que una parte del resto de tierras que pertenecían, a su vez,  a otros reinos y emiratos y, por tanto, tampoco eran suyos, ni podría vendérselos.
El mercader, que tenía mucho mundo, y era, en sumo, astuto, ladino y perspicaz, le preguntó al emir cuanto estaría dispuesto él a pagar por tal oferta; a lo que el emir, sin meditar previamente, contestó  de inmediato, de forma  irreflexiva, que estaría dispuesto a pagar lo que fuera: “¡mil dinares de oro, cien mil dinares, un millón de dinares…!”,  pero el mercader rápidamente interrumpió la euforia del emir para aclararle que él no estaba dispuesto a recibir dinero, que el cielo y la eternidad eran muy valiosos y que sólo podían pagarse con algo que fuera muy valioso para él.
“¿Qué es lo más valioso para vos emir?”, preguntó el mercader, y el emir, sin dudarlo un segundo, respondió tan impulsivamente como la primera vez: “¡mi hija!¡mi hija es lo más valioso para mí!”

“¡Bien, pues eso habrás de pagar si quieres comprar lo que te ofrezco!” Contestó el mercader.
“¿Cómo os atrevéis a pedirme tal cosa?, mi hija no está en venta”, dijo el emir muy enfadado, a lo que el mercader contestó que no trataba de que le vendiera a su hija, que era él quién le vendía el cielo y la eternidad y, en pago,  le pedía lo más valioso, que cómo el mismo había asegurado, era su hija.
El hijo del mercader llamó a un lado a su padre y le insistió en que intentara conseguir a toda costa  a la princesa, convenciéndole de que era muy hermosa y que nunca había visto muchacha alguna así de bella.

Ante tal proposición el viejo mercader insistió nuevamente ante el emir, tratando de convencerlo, esta vez de manera más amigable, asegurándole que la convertiría en la reina del cielo, que le iba a vender, que la haría vivir eternamente, que la llenaría de riquezas y de todo cuanto quisiera y que nunca le faltaría nada.

Ante tal proposición, el emir, que adoraba a su hija y que era capaz de todo por ella, la miró a los ojos, que irradiaban felicidad, hechizada como estaba por el apuesto y joven mercader, y dedujo entonces que ella era gustosa de llevar a cabo el trato, así que accedió de buen grado, eso sí, a cambio de una condición: que si Nur no era feliz, le permitieran volver al palacio con su familia. El mercader asintió con la cabeza, mientras farfullaba por lo bajo que eso no lo verían sus ojos.

El emir entregó su hija a los mercaderes y, junto a su esposa, quedaron sumidos en una enorme tristeza, pero convencidos de que, del mismo modo que siempre le habían dado todo a Nur, ahora también le habían podido ofrecer lo más valioso, el cielo y la eternidad.

Nur se fue con los mercaderes a una tierra muy lejana, cerca de un gran lago, donde la princesa pasaba largas horas mirando sus aguas y añorando su casa y a sus padres. Pronto dejó de disfrutar de las comodidades y bendiciones a las que estaba acostumbrada en palacio. El joven mercader la tomó como esposa y con el paso del tiempo comenzó a tratarla mal, ya no le mostraba nunca su amor, ni tenía hacia ella palabras de cariño, y el cielo que el mercader prometió al emir para su hija, se convirtió en un infierno demasiado largo y eterno  para ser sufrido.

Un día la princesa, en uno de sus paseos al borde del lago, oyó como una voz, que parecía venir del fondo de las aguas, le decía:”asómate y echa tus saladas lágrimas sobre mí”, era la voz de la dama del lago… Nur se acercó y lloró, lloró tanto…, que hasta la dama del lago le pidió que parara porque la salinidad alcanzada era tan alta que las nubes comenzaron a hincharse desmesuradamente y a llover y llorar como locas.
Fue tanto lo que llovió que la princesa fue arrastrada hacia el lago y allí, entre sus amorosos brazos, la dama del lago la tomó con cariño y la subió sobre sus zapatos, haciendo que éstos la empujaran hasta llegar al mar. Ya en el mar, Nur navegó y navegó,  entre lluvias y tormentas, durante mucho tiempo, hasta que un buen día divisó su tierra, y vio que sobre ella se había posado la luz del sol, como  la clara luz del lucero de su nombre, como augurio de buenos presagios. Entonces regresó a su casa, con sus padres, quienes la recibieron llenos de alegría.

Desde entonces la imagen del rostro de la princesa se ve sobre el lago cada noche de luna llena, y de sus hermosos ojos se desprenden abundantes lágrimas saladas y negras que marcan la ruta  para que todas las princesas y mujeres maltratadas del mundo encuentren el camino de regreso al amor y a la vida…

Y colorín, colorado… ¿a que el cuento os ha gustado? 


martes, 1 de septiembre de 2015

"APIRATADOS" (Autor: HUGO BARRIENTOS ALVAREZ)





HUGO BARRIENTOS ALVAREZ (7 años), en uno de los encuentros públicos de cuento cuentos contigo, sin perder detalle de todo lo que se decía. Prometió escribirnos algo y por supuesto que lo cumplió. Nosotros ahora nos sentimos orgullosos de publicar su primer cuento.

Al amanecer los piratas encuentran una isla. -¡Aleluya estamos salvados! El pirata español con más fuerza cogió una piedra y con ella corto madera de los árboles. Con una rama y la piedra hizo su hacha. Por la noche los troncos cortados parecían dinosaurios. El pirata argentino hizo una hoguera. Juntos trabajaron hacha y fuego, para construir un nuevo barco, que les llevó a un nuevo puerto.

jueves, 21 de mayo de 2015

VOLADORA

 Cuento de: ASUNCION CARRACEDO GOMEZ
Ilustración de: DANIEL MONTERO GALÁN



De un libro, inquieto y curioso, colgada estoy.
El muy tunante, quería escaparse de mis manos y salir volando por la ventana de mi cuarto.
Yo ya sabía, desde la introducción, que por sus páginas corría tinta aventurera. A través de sus tapas podía sentir unas enormes ansias de libertad.
Por suerte, descubrí rápidamente sus intenciones y conseguí “agarrarme” a él en el último instante, justo cuando las ilustraciones se abrochaban los cinturones de colores para iniciar un largo viaje. 
Ahora, por el aire camino, flotando ligera voy de letra en letra. No tengo ni idea de donde este osado libro me lleva. El rumbo no está marcado en sus hojas, ni en verso ni en prosa. Ni el camino aparece señalado entre los puntos y comas de sus renglones.
Moviendo sus alas de papel con garbo y salero, vamos dejando, en este folio en blanco, como improvisado diario de a bordo, un rastro de manchurrones.
Manchas-huellas que han quedado grabadas en el papel. Señales impresas llenas de palabras.

Palabras que son historias, sueños, ideas, pensamientos fijados en nuestro interior con la intención (voluntaria o no) de alimentar nuestra mente y suministrar a la maquinaria de nuestro corazón las emociones que necesita para seguir funcionando.

Desde este momento, que quién esto lea forme con ellas (manchas-palabras) el camino de su propio viaje y salga volando hacia donde el viento de la ilusión sople con más fuerza.


martes, 5 de mayo de 2015

LA CASA DEL FONDO



(Cuento de Flor Méndez Villagrá)


Avanzaba por aquel camino como quien se desliza enfundado en una piel de serpiente. A veces mis pies tomaban la velocidad de alguien que sabe que va a dar jaque mate, otras, la lentitud que da el  miedo de enfrentarse a un ganador.  

Al fondo se divisaba el pueblo, y al fondo del fondo la casa.

Me dí cuenta enseguida que me había visto porque empezó a estirarse para confirmar que aquella figura que se acercaba era “su niña”. Cuando estuvo segura, sus paredes empezaron a latir aceleradamente como un gran corazón, pero seguía siendo ella y para disimular su alegría, comenzó su ración de indiferencia; cuanto mas me acercaba, mas se alejaba ella, y cuando creía verla empequeñecía hasta convertirse en un punto diminuto.  Siempre le había gustado jugar conmigo, y lo hacia con la seguridad del que hecha una partida con alguien que no le va a defraudar.

En la bajada a la laguna por fin se mostró delante de mí. Eligió el porte altivo, de la casa que se sabe necesaria a pesar del abandono, la que reconoce que ha sido y seguirá siendo el refugio de todos los suyos, por eso me ofreció sus mejores balconadas y sus imponentes columnas de entrada como presentación. Sonreí. No había perdido su orgullo y por si me quedaba alguna duda, se estiró vanidosa, agrandando su fachada desmesuradamente, como carta de presentación.

Me miraba desde lo alto, sopesando si debía o no perdonar mi deserción. Yo solo esperé sentada en el viejo columpio, como cuando era niño, la absolución que  sabia, acabaría concediéndome.

Cuando consideró, sus puertas comenzaron a abrirse, sin chirridos ni brusquedades, poquito a poco para disimular sus juntas dilatadas, y por ellas me lanzó una bocanada de olores añejos que salieron en tropel a recibirme. Sobresalía el de madera sobre el de libros viejos y se percibía al fondo el de tomillo y hierba buena descendiendo desde el desván.

Extendió delante de mi aquel suelo ajedrezado, y una vez mas entré en mi vieja casa saltando en zig-zag sobre las baldosas negras hasta el borde de la escalera, y aquel gesto que yo repetía continuamente en mi niñez, la hizo estremecer y acabó por derrumbarse. Bajó sus techos considerablemente, puso recta la escalera y abrió para mi todas sus puertas, menos la del  abuelo. Yo sabia que tardaría en cederme la custodia de aquel recinto que guardaba aun parte de la vida del hombre que la hizo suya y nunca la abandonó. Ella aun no sabía que yo tampoco pensaba hacerlo.

Comencé a recorrerla lentamente, y una canción de nana me detuvo en la habitación de mis padres, que aun olía a abrazos y ternura; el pitido de mi locomotora de vapor me llamaba sin cesar desde el cuarto de juegos y al acercarme, los soldaditos de plomo me hicieron un pasillo en formación. Por encima de mi cabeza crujían los techos con el baile de bienvenida que hicieron los duendes del desván, y de la habitación del fondo, mi habitación, miles de fuegos artificiales reclamaban mi atención.


Cuando desperté estaba en la enorme cama de mi enorme habitación, en mi vieja y enorme casa, y supe que esa noche por algún resquicio de mi sueño la pitón amarilla que me aprisionaba se había marchado para siempre con mis miedos.


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