Si te gusta escribir y quieres compartir tus textos .... ESTE ES TU BLOG. Manda tus relatos, cuentos, cartas o cualquier otro género narrativo a cuentocuentoscontigo@gmail.com y si son seleccionados, serán publicados en este blog. (Los textos no deberán exceder de dos o tres caras).
Mostrando entradas con la etiqueta Charo de la Fuente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Charo de la Fuente. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de febrero de 2016

EL ROSTRO DE ATHINA (Autora: CHARO DE LA FUENTE)



Era tarde y la luz oblicua del sol de retirada bañaba con sus rayos toda la estancia, mientras Athina permanecía sentada en la bailona mecedora de madera de la abuela, desde la que el reconfortante sueño de hacía un rato aún no la había abandonado; pues Morfeo, como buen dios de la simulada muerte, hace pesados los párpados y ligeros los sueños.
Se levantó, aún con cierto sopor, y se dirigió lentamente hacía la luz, como si buscara el origen de sus rayos. Pasó delante el opaco cristal del mirador, desde el que pudo verse a sí misma, como en un oscuro espejo; y, al otro lado,  pudo observar, sobre la pequeña mesa de té, aquel rostro de asimétrica arquitectura que parecía contemplarla ensimismado. Abrió la ventana y descubrió ante sí una imagen, de impactante visión, extrañamente cercana y reconocible, sin haber averiguado siquiera aún cuál era el motivo de esa familiaridad que le provocaba su visión.
Se fijó minuciosamente en ella y encontró que, ante sí, se hallaba la disparidad, el esquizofrénico sentido de las cosas, el versus radical, la dualidad más absoluta.
A un lado de su rostro, la paz, el relajado gesto, la mirada serena…; de otro lado, el enfado, el rictus severo, la mirada de enojo y  el perfil airado. Por la forma de su cabeza, de marcada y aguda tendencia, casi piramidal, parecía querer alcanzar el cielo en un extraño movimiento ascendente, al mismo tiempo que hacía caer hacía el rostro, como en  una inmensa vaguada, todas sus curvas y rectas ensambladas y cosidas en el aire.

De nuevo, se fijó con mayor curiosidad y, de pronto, halló la verdad de aquella figura, ¡ se encontró a sí misma ! en aquella efigie, en aquel busto de reina egipcia, que sorteaba, con su pétreo color de bronce envejecido, la escasa luz del atardecer para mostrar todo su esplendor; y, en ese momento, le descubrió lo que ella era y lo que realmente todos somos; pues todos llevamos en el alma dos momentos cercanos a la locura, uno nos llena de placer, de gozo, de paz…; el otro nos arrastra al fango del error, del error humano, pero ambos son parte inequívoca y necesaria de un mismo y bello rostro, el rostro de la vida…


Relato creado para la sección "poniendo historias"
 e inspirado en la obra de la escultora Charo Acera

jueves, 29 de octubre de 2015

" NUNCA LLEGÓ SAN MARTIN" (Autora: CHARO DE LA FUENTE)



Este relato fue escrito por su autora, con el fin de poner una historia a la instantanea cedida a
cuento cuentos contigo por el fotógrafo JESUS MARIA RODRIGUEZ

foto de la sección "poniendo historias"



¡Bueno!, pues allí estaba, de nuevo, limpiando el viejo y oscurecido armario de castaño, heredado del abuelo, tallado con las iniciales de la familia y un amplio y repolludo ramo de rosas, como las que le gustaban a la abuela.
La crisis, que un año más había impedido que me fuera de vacaciones a alguna maravillosa playa o a algún paraje diverso y distinto a los de mi lugar; me devolvía inexorablemente al pueblo, al viejo caserón húmedo y frío, pero, no obstante, acogedor y que nunca supo de crisis, ni de soledades, ni de gastos superfluos, ni de lujos, ni de escasez…, tan sólo de albergar vidas sencillas y corrientes, como lo fueron siempre sus moradores.
Allí, limpiando el armario, se revolvían, junto con las ropas y enseres, también los recuerdos de la infancia, cada vieja sábana bordada por mi madre, cada toalla de lino con primorosos bolillos, cada manta de lana, pesada y correosa…, fueron saliendo del armario en una impecable procesión y desfile vintage  que iba organizando sobre la cama, pensando en cómo limpiar y lavar todo aquello para hacerlo mínimamente útil.
 De pronto, entre algunas piezas de porcelana colocadas con esmero entre las viejas mantas de estameña, apareció, como por encanto, una de las huchas que el abuelo nos había regalado para que “aprendiéramos a ahorrar”, algo tan inequívocamente adulto que, en su momento, nos resultaba muy poco apropiado.
Nos había regalado tres huchas con forma de cerdito, una para cada uno de nosotros, una para mi hermano, otra para mi hermana y otra para mí y nos soltó, al entregárnoslas, una frase casi lapidaria incitándonos a conservar con cuidado el regalo, pues era de barro cocido,  y a aumentar lo que habríamos de echar en él (“A estos marranos hay que engordarlos, tanto o mejor que los que están en la cuadra, porque aquellos sólo dan carne y estos pueden dar alegrías, cuando asomen las penas”).
Nos quedamos con aquella frase, que, al menos a mí, se me grabó en la memoria;  y con cada propina que nos daban, con cada dinerillo extra de navidad o de cumpleaños y con cada sacrificio extraído del ahorro, aquellos pequeños marranos fueron “ganando peso” casi al mismo ritmo que los que estaban esperando el San Martín en las cuadras; de modo que cuando llegó esa fecha, mi hermano recordó lo que le había dicho el abuelo y, puesto que se trataba de un marrano y se acercaba la matanza, lo más lógico era también acabar con él. Así que, al mismo tiempo que mi padre, “mató” a su marrano de un certero martillazo, extrayendo de él absolutamente todo, hasta las más pequeñas monedas, pues ya se sabe que del marrano se aprovecha todo, hasta los andares. Mi hermana siguió sus pasos y acabó también con su “bichito de ahorrar”; mientras que yo decidía no hacerlo, porque consideraba que aquel cerdito aún no había engordado lo suficiente; así  que lo guarde en aquel armario a salvo de las devastadoras manos del matarife de mi hermano. Y tanto debí guardarlo, que quedó escondido durante años, sin recordar siquiera su existencia ni haber vuelto a saber de él hasta ese preciso instante.
Estaba en verano, muy lejos de la época de la matanza, pero recordando la frase del abuelo, me dispuse a “acabar con sus largos días” buscando esas alegrías que  auguraba y  que podían aplacar tanta pena por la crisis. Me disponía a asestarle un certero golpe, con lo primero que tenía a mano, cuando recordé que ese cerdito había sido alimentado con “comida diferente” a la de ahora, lo había cebado con pesetas, y ahora sólo usábamos euros …, lo miré con una mezcla de regocijo y desilusión y le dije:
 “pequeño, te has librado, a pesar de todo te has librado…; dejaré que sigas “vivo” y gordito y,  además, lo haré con mucha satisfacción, porque llevas dentro las monedas que más alegrías me han dado, incluso ahora, cuando no puedo disponer de ellas”.

jueves, 24 de septiembre de 2015

NOOR -LUZ DE MIS OJOS- (Autora: CHARO DE LA FUENTE)



Este relato fue creado por la escritora CHARO DE LA FUENTE, para la sección "poniendo historias" de Cuento cuentos contigo, basada en el dibujo de la ilustradora Nuria Antón. 

“¡Niñooosss, a la cama!”, se oía decir a  la madre desde el salón. “¡vamos, Patrick, Dániel, ¡rápido!, que os voy a contar un cuento de buenas noches!.
¡Bien!, ¿ya…?”.  “Pues…, erase, que se era, que ya nunca más será…, que vivía una princesa en un lejano lugar…”
“¡Chsssssuuuu!!!, calla, calla, no sigas por ahí, mamá, que no quiero de esos cuentos que siempre quieres contar”, replicó Dániel.
“¡Escuchad, éste es distinto, es un cuento…, un cuento de los de verdad, seguro que os gusta!”…                             “Pues como os iba diciendo…”, continuó la madre…

Había una hermosa princesa árabe, llamada Nur (Noor). Le pusieron ese nombre, que significa “luz de mis ojos, lucero y bendición”,  porque cuando nació tenía unos grandes, profundos y bellos ojos verdes, como esmeraldas, que iluminaban su preciosa cara y fue además la bendición de la casa. Tenía el cabello negro, como su padre y la piel  clara, como su madre. Fue una niña muy querida y se desvivían porque nada le faltara.
Vivió toda su niñez entre los muros de su palacio, llena del cariño y el amor de los suyos y protegida de todo peligro y dolor y, entre juegos y aprendizajes, se fue pasando el tiempo hasta que un buen día, cuando Nur tenía dieciséis años,  aparecieron en el palacio unos mercaderes, que decían vender cosas que nunca habían podido comprarse.
Uno de los mercaderes, era un joven muy apuesto y elegante que clavó sus ojos sobre los de Nur nada más verla y ambos quedaron como hechizados y envueltos en una extraña niebla que les hizo temblar. “¿Sería eso el amor del que hablaban las leyendas?”,  pensaba Nur…
Los mercaderes se presentaron ante el emir, el padre de Nur, y trataron de convencerle de que podían venderle el cielo, todo el cielo, así como todo el resto de la tierra y toda la eternidad,  a él y a los suyos. El emir, muy extrañado, le preguntó cuánto  habría de pagarle por semejante oferta, puesto que ni el cielo, ni la eternidad tenían dueño, y él sólo poseía el pedazo de tierra de su emirato, que no era más que una parte del resto de tierras que pertenecían, a su vez,  a otros reinos y emiratos y, por tanto, tampoco eran suyos, ni podría vendérselos.
El mercader, que tenía mucho mundo, y era, en sumo, astuto, ladino y perspicaz, le preguntó al emir cuanto estaría dispuesto él a pagar por tal oferta; a lo que el emir, sin meditar previamente, contestó  de inmediato, de forma  irreflexiva, que estaría dispuesto a pagar lo que fuera: “¡mil dinares de oro, cien mil dinares, un millón de dinares…!”,  pero el mercader rápidamente interrumpió la euforia del emir para aclararle que él no estaba dispuesto a recibir dinero, que el cielo y la eternidad eran muy valiosos y que sólo podían pagarse con algo que fuera muy valioso para él.
“¿Qué es lo más valioso para vos emir?”, preguntó el mercader, y el emir, sin dudarlo un segundo, respondió tan impulsivamente como la primera vez: “¡mi hija!¡mi hija es lo más valioso para mí!”

“¡Bien, pues eso habrás de pagar si quieres comprar lo que te ofrezco!” Contestó el mercader.
“¿Cómo os atrevéis a pedirme tal cosa?, mi hija no está en venta”, dijo el emir muy enfadado, a lo que el mercader contestó que no trataba de que le vendiera a su hija, que era él quién le vendía el cielo y la eternidad y, en pago,  le pedía lo más valioso, que cómo el mismo había asegurado, era su hija.
El hijo del mercader llamó a un lado a su padre y le insistió en que intentara conseguir a toda costa  a la princesa, convenciéndole de que era muy hermosa y que nunca había visto muchacha alguna así de bella.

Ante tal proposición el viejo mercader insistió nuevamente ante el emir, tratando de convencerlo, esta vez de manera más amigable, asegurándole que la convertiría en la reina del cielo, que le iba a vender, que la haría vivir eternamente, que la llenaría de riquezas y de todo cuanto quisiera y que nunca le faltaría nada.

Ante tal proposición, el emir, que adoraba a su hija y que era capaz de todo por ella, la miró a los ojos, que irradiaban felicidad, hechizada como estaba por el apuesto y joven mercader, y dedujo entonces que ella era gustosa de llevar a cabo el trato, así que accedió de buen grado, eso sí, a cambio de una condición: que si Nur no era feliz, le permitieran volver al palacio con su familia. El mercader asintió con la cabeza, mientras farfullaba por lo bajo que eso no lo verían sus ojos.

El emir entregó su hija a los mercaderes y, junto a su esposa, quedaron sumidos en una enorme tristeza, pero convencidos de que, del mismo modo que siempre le habían dado todo a Nur, ahora también le habían podido ofrecer lo más valioso, el cielo y la eternidad.

Nur se fue con los mercaderes a una tierra muy lejana, cerca de un gran lago, donde la princesa pasaba largas horas mirando sus aguas y añorando su casa y a sus padres. Pronto dejó de disfrutar de las comodidades y bendiciones a las que estaba acostumbrada en palacio. El joven mercader la tomó como esposa y con el paso del tiempo comenzó a tratarla mal, ya no le mostraba nunca su amor, ni tenía hacia ella palabras de cariño, y el cielo que el mercader prometió al emir para su hija, se convirtió en un infierno demasiado largo y eterno  para ser sufrido.

Un día la princesa, en uno de sus paseos al borde del lago, oyó como una voz, que parecía venir del fondo de las aguas, le decía:”asómate y echa tus saladas lágrimas sobre mí”, era la voz de la dama del lago… Nur se acercó y lloró, lloró tanto…, que hasta la dama del lago le pidió que parara porque la salinidad alcanzada era tan alta que las nubes comenzaron a hincharse desmesuradamente y a llover y llorar como locas.
Fue tanto lo que llovió que la princesa fue arrastrada hacia el lago y allí, entre sus amorosos brazos, la dama del lago la tomó con cariño y la subió sobre sus zapatos, haciendo que éstos la empujaran hasta llegar al mar. Ya en el mar, Nur navegó y navegó,  entre lluvias y tormentas, durante mucho tiempo, hasta que un buen día divisó su tierra, y vio que sobre ella se había posado la luz del sol, como  la clara luz del lucero de su nombre, como augurio de buenos presagios. Entonces regresó a su casa, con sus padres, quienes la recibieron llenos de alegría.

Desde entonces la imagen del rostro de la princesa se ve sobre el lago cada noche de luna llena, y de sus hermosos ojos se desprenden abundantes lágrimas saladas y negras que marcan la ruta  para que todas las princesas y mujeres maltratadas del mundo encuentren el camino de regreso al amor y a la vida…

Y colorín, colorado… ¿a que el cuento os ha gustado? 


jueves, 9 de julio de 2015

CONSEJOS ATEMPORALES (Autora: CHARO DE LA FUENTE)


Podría explicarte  como es ese señor  con bombín, que se cree elegante y que huye de la vida como si en ello le fuera la muerte o su final. Podría decirte como se pavonea entre los años y los meses como si nunca fueran a acabarse y llegara a  buena hora a su fiesta de vanidades, con su frac negro lleno de cosidos por los avatares de la vida, podría decirte ¡tantas cosas! sobre el señor del reloj de bolsillo, que enreda su cadena en tu cuello cuando quiere besarte, podría decirte muchas cosas, pero lo mejor que podría hacer por ti frente a él, el tiempo, es darte algunos consejos muy atemporales…
Así que…
No dejes que el tiempo te devore, devóralo tú a él, pues es tan ingrato que transcurre, innegable, mientras cuentas su transcurso e intentas evitarlo.
 Agárralo de las pelotas y haz que chille y se retuerza  cuando quiera huir…,  es tan avaro que sólo quiere tu vida para sí, no dejes que te la arrebate, arrebátasela a él mientras dure. Estira sus piernas y brazos como si de chicle se tratara para que cunda y sirva en sus bondades  y hazle coscas en los pies para que se ría un poco de la vida y saque su lado cómico y absurdo, y  no sólo te muestre  lo malo que le atañe.
Dale un beso, si lo merece,  o  una patada en la boca para que calle si sólo deja oír su voz y no la tuya.   Cuando marque en los relojes su tic tac repetitivo  como un tic facial de loco compulsivo, cierra tus oídos y márcate un baile sin compás, en el que  los pasos  se muevan sobre el  vértigo y se detengan o huyan sin cuidado de ser cogidos por el ritmo de su tempo.
Alarga tu mano en posición de rechazo cuando veas que te atrapa o salúdalo si viene en son de paz con la única intención de unirse a tu relajo.
Dale plantón cuando quiera una cita sin concertar y mantenlo esperando hasta que pida perdón por sus maldades. No dejes que te absorba y bébetelo, aspirándolo  como un sorbete, cuando quiera deshacer todos tus planes.
Rumia sus minutos, segundo y décimas y regurgítalos de nuevo a tu boca para que no tenga nunca la sensación de tragarse todo cuanto tienes o esperas, y si la digestión te resulta muy pesada oblígale a beberse las horas en las que, como el agua, todo fluya en tu vida.
Chantajéale cuando quiera  ser el dueño de tus días y ofrécele  un buen aprovechamiento a cambio de sus demoras.
Ódialo por huidizo, traidor y cobarde, por llevarse tus años, tus edades, tus vivencias, dejándolas en el pasado sin poder regresar a ellas; por no cumplir su promesa de eternidad contigo y dejarla sólo para lo etéreo e intangible y para lo no vivido; y por cerrarse a la valentía de divagar  en tus minutos de sueños donde las hadas no dejan una estela tras su rastro por miedo a que desaparezca en su cielo o se lo trague  su tierra.
Y, por último, haz como yo y dile:
¡Ay tiempo!...
¿Por qué transcurres  y me persigues cada día, en cada encuentro, en cada rato perdido, en lo rápido y lo lento o en lo que no ha acontecido?

¡Infeliz tiempo!, nunca me alcanzas, porque siempre te espero.

jueves, 28 de mayo de 2015

¡ ME DIVORCIO DEL DOLOR !

Autora: CHARO DE LA FUENTE



Comunicación de divorcio…

                                           ¡ME DIVORCIO DEL DOLOR!

Acabo de lavarme las manos y me he sorprendido a mi misma mirándome en un espejo que reflejaba la radiografía del cansancio, de la aceptación de la realidad y una serenidad en la mirada entre complaciente y resignada.

Siempre está ahí, él,  el dolor, haciendo largas las horas y difíciles los días, comiendo de mi imaginación y de mi paciencia, y arrastrándome por el sinfín de emociones que me produce sin poder deshacerme de él, sin poder echarlo al pasado y al olvido, sin dejar por un solo momento que mi vida sea tranquila, y en la soledad del bienestar.

Me pregunto que he podido darle a  este sinvergüenza,  para  seguir aquí a mi lado, cuando es él el culpable  de que se  aparten  de mí las personas que más quiero, porque parece que huyeran  temerosas de que se les acerque y quiera quedarse con ellas. ¡Cuánto miedo provoca el dolor de uno mismo en los demás! ¡Qué extraña paradoja!

Es tremendamente injusto y me pregunto, en ocasiones, que he podido hacer para que se instale en mi vida como un parásito pegado a mis huesos y mis carnes, chupando mi energía, comiéndose mi cerebro, asustando a mis ideas, rompiendo mis creaciones e insultándome a la cara, como si quisiera derribarme de un solo latigazo mortal.

¡Gran hijo de puta!, ¿quién te ha dicho que yo quiera que sigas aquí jodiéndome la vida? ¿Por qué no buscas otros sitio donde estar? y dejas, por fin, mis manos tranquilas, soñando con el alivio…, lisas, desinflamadas y, a cambio, henchidas de actividad y de esperanza; a mis pies relajados, sin calambres, firmes en sus movimientos y deseosos de caminar; a mi espalda erguida y relajada y a mi cabeza serena y en constante ebullición, con deseos de parir todas sus ideas, sin nebulosas espías y ladronas que  roben  o aparten lo que ha creado en un instante de olvido y de flaqueza.

¡Vete, maldito!, olvida que anidaste entre mi cuerpo o que dejaste alguna huella en mi estructura. ¡Sal de mi vida!, nunca te he querido y este matrimonio enfermizo y dolorido  ha sido un matrimonio de conveniencia, por tu parte, claro está…

 Quiero divorciarme de tus pegajosas emisiones que dañan mis tejidos, de tus besos a medianoche profundos y con legua poniendo mi boca y mis mandíbulas al borde del estallido, ocupando el lugar de otros besos que si quiero. Deja tranquilas mis profundidades, deseosas de placeres y olvidadizas de daños. No quiero que vuelvas a tomarme de las manos y las aprietes hasta estallar mis nudillos, tampoco que subas por mis brazos y mis piernas como un amante invasor de cada espacio, llenando de caricias traicioneras y roces doloridos las pieles de mis extremidades, ni que hurgues por mis tripas revolviendo mis vísceras como si de una pócima de brujas se tratara.

¡Quiero que te apartes de mí!, que salgas de mi vida para siempre, y que olvides que estuviste conmigo y en mi cuerpo. Quiero que dejes que ocupe tu lugar el amor, la amistad y todos los placeres y emociones que me has arrebatado en tantos años de convivencia y que han salido huyendo, por tu culpa, en este último lustro.

Quiero que te quiebres y te rompas en el eterno espacio, pues, aunque seas eterno y decidas quedarte observando nuevas presas, yo no estaré eternamente viéndote y ESO ME ALEGRA Y ME COMPLACE…


¡Adiós, hasta nunca, que lleves un mal viaje!

cuentocuentoscontigo@gmail.com

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *