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lunes, 30 de abril de 2018

"NOCHE DE LOBOS" (Autora: SOCO RAMOS)



Al filo de la media noche Julián soltó una imprecación y maldijo la hora en que decidió bajar al pueblo. Todo por culpa del condenado vicio del tabaco. Podía haberse quedado en la casa esperando tranquilamente la llegada del día, descabezando un sueño ya que no podría escribir. Eso seguro. Julián se sabía incapaz de hilar una sola frase sin fumar. El cigarrillo en una mano y el vaso de whisky sobre su mesa de trabajo ya fuera ésta la de su estudio en la ciudad o la mesa de pino basto que le servía de apoyo en la cocina de aquella cabaña perdida en la montaña. El whisky casi ni lo probaba. No le gustaba su sabor pero formaba parte del rito de la creación desde que decidió ser escritor a los 17 años. El alcohol le proporcionó entonces una sensación de hombría y seguridad en sí mismo imprescindible para su vacilante carácter recién salido de la adolescencia.
La luna que un par de horas antes había iluminado la senda que bajaba al valle hacía resplandecer la nieve colgada de ramas y arbustos formando un escenario fantasmagórico propicio a fábulas y cuentos de miedo.
“Es año de lobos” le habían dicho los hombres en la cantina.
Los aldeanos se disputaban unos a otros la veracidad de los sucesos que contaban.
“Noche de lobos…, noche de lobos es ésta”, afirmó el más viejo con la convicción que da la experiencia. “Mala noche escogiste tú, muchacho, para dejar el refugio”.
A Julián le sorprendió la ventisca cuando caminaba de regreso. Cegado por el torbellino de los pequeñas copos tropezó en una rama que apenas sobresalía de la nieve y cayó al suelo. Tras unos instantes de conmoción sacudió la cabeza e intentó incorporarse. Entonces los vio.
Dos topacios salvajes brillaban en la oscuridad. Eran unos ojos que se movían entre los arbustos como luciérnagas montaraces.
La inmovilidad y el pánico llegaron a la vez.
Julián recordó una historia leída en su infancia: la valentía del niño tamborilero que en los picos de Europa había ahuyentado al lobo con el redoble incesante de su tambor. Pero él no tenía tambor alguno, ni arma con la que defenderse del inminente ataque. Yacía desamparado en medio de la nieve a merced de los colmillos del lobo.
Sintió las gotas de sudor contándole las vértebras como un rosario de hielo. Recorrían su espalda como lágrimas congeladas. Lágrimas de antiguos terrores. Miedos infantiles a las tinieblas, a la soledad y al abandono.
Los ojos color miel seguían al acecho contemplando al hombre caído. Sin acometer pero sin retirarse de la orilla del camino.
De pequeño Julián no se perdía ni un episodio de “El Hombre y la Tierra”. La imagen de Félix Rodríguez de la Fuente rodeado de lobos, acariciándolos como si fueran tiernos cachorros se le impuso como el único horizonte de esperanza. Tal vez…si él se atreviera…si pudiera arrastrarse hasta la margen del sendero…Si pasara su mano por el lomo del animal… No parecía muy corpulento, quizá no fuera más que un lobezno sin el instinto sanguinario de los lobos adultos…
Tembló ante la idea de ser atacado pero también pensó que era la única alternativa. Se deslizó sobre la nieve helada sin preocuparse del dolor que ya comenzaba a despertar en su tobillo. Despacio, con un movimiento imperceptible se aproximó y suavemente le acarició el lomo.
El animal se abalanzó a él, apoyó firmemente sus patas sobre sus hombros y acercó su hocico húmedo a la cara de Julián.
A continuación comenzó a ladrar y a mover el rabo con alegría perruna, contento de ser reconocido al fin por su amo.

lunes, 8 de enero de 2018

"LOS COLORES DE LA MÚSICA" (Autora: SOCO RAMOS)

ILUSTRACIÓN DE ALVAR ALDIEL

Este relato fue escrito para la sección "poniendo historias" que cada mes se propone desde los encuentros de CUENTO CUENTOS CONTIGO. En este caso los relatos debían estar inspirados en la ilustración de Alvar Aldiel. Entre todos los enviados, fue este relato de la escritora Soco Ramos, el elegido para representar dicha ilustración.

El día promete ser cálido pero aún no lo es. En la confluencia de las principales calles de la ciudad se baten a duelo los vientos venidos de los cuatro puntos cardinales. Finalmente, impulsado por ráfagas heladas, el viento del norte poderoso, dominante y frío, gana el silencioso combate. Orgulloso y gélido se abre paso entre los árboles del bulevar cuyas ramas le rinden pleitesía doblegadas por la escarcha. Todavía no se oye la algarabía mañanera de los pájaros.O tal vez sí. Quizá hayan comenzado su piar alborozado ante el nuevo día y es Elisa quien no les oye, quien no les presta atención subyugada por las notas que provienen de un instrumento musical cercano. Un saxofón.
Atraída por su sonido se aproxima a la esquina donde un tímido rayo de sol esquiva el aire helado y tiñe las piedras del antiguo palacio renacentista de un suave tono dorado.

Conoce el tema: “Summertime”, de Gershwin. Lo ha escuchado miles de veces en sus momentos de añoranza, “nada puede hacerte daño con papá y mamá a tu lado”… Pero papá y mamá hace años que ya no están. Desde el terrible accidente de coche que sufrieron los tres y que costó la vida a sus padres.
 Elisa sigue escuchando y espera con el corazón palpitando de ansiedad que de un momento a otro el músico cometa un fallo, una nota discordante que quiebre la limpidez de la melodía. Pero la ejecución es impecable. Se diría que son los dedos mágicos de Charlie Parker quienes arrancan sonidos sublimes al saxofón.
Ella no siempre ha sido una entusiasta del jazz. Sus preferencias iban por otro lado. Música barroca o romántica. Aunque la melancolía del “Summertime” se asemeje bastante al poso de tristeza de los nocturnos de Chopin.
Elisa llegó al jazz de la mano de Cortázar, identificada con la angustia de Johny Carter, el ángel caído que lucha con el tiempo a medio camino entre el peso del pasado y la luz de un futuro que él sabe inalcanzable.
Y ¡por fín! ¡Lo inesperado a fuerza de desearlo acontece! El músico ha pulsado una llave equivocada y el instrumento ha emitido un quejido sonoro.
Elisa sonríe. Vuelve a verse sentada entre sus padres en las gradas de madera del circo, riendo como ríen los niños cuando el payaso tonto arrebata el saxofón al payaso listo y torpemente intenta imitar su música. Los niños celebran cada nota fallida con aplausos. Ellos aman al payaso tonto y no quieren que el payaso de la cara blanca se mofe de su ineptitud.
En la imaginación de Elisa se encienden los focos que iluminan la pista. Ve las lentejuelas brillantes de los trajes de los trapecistas… Ve la ceja negra del clown dibujada sobre el maquillaje blanco como si se encontrara en un continuo estado de sorpresa… Ve al pobre payaso tonto dando vueltas alrededor de la pista con sus enormes zapatones negros… Ve su nariz de bola… Ve su boca pintada de rojo…

Se hace tarde y ella debe llegar a tiempo a su trabajo
Elisa camina por la acera apartando con su bastón de invidente las sombras del futuro.
Las notas del saxofón han devuelto a sus ojos ciegos los colores de la infancia y como si se tratara de un milagro, papá y mamá están a su lado.



viernes, 17 de noviembre de 2017

CARTAS COMPARTIDAS (PRIMERA ENTREGA)


La carta es la manifestación estrella del género epistolar. Un género que, a pesar de la enorme vigencia que ha tenido, se va perdiendo poco a poco condenado por las TIC. Sin embargo los elementos fundamentales de este género permanecen y no podemos olvidarlos. Por tal motivo 15 colaboradores de CUENTOS CUENTOS CONTIGO, se han sumado a la propuesta de escribir una carta con destinatario libre para compartirla con todos nosotros. En este caso os ofrecemos una primera entrega con las 5 primeras cartas recibidas.


CARTA DE P.J. CHELMICK

A vos, Inolvidado estío,  
nacen vestidas de luto las palabras que os envío, duelo de su propia muerte,
grabadas en este lacre negro, cruces de esta distancia, esperanza de que en vuestro tacto sean oxígeno, como si una y otra vez perdieran la virginidad en vuestra mirada, como si se bautizaran en vuestros labios, aves...en esos vuelos pronunciados, surcando esos cielos de cueva cuando rozan el paladar, en ese cerrar el aire del secuestro entre los dientes, palpitando sobre la lengua en ese naufragio de vuestra boca, respirando la vida de vuestra voz, pues vida es resucitar en vos la palabra muerta.
            En ese arrebato de vuestro vació en mis manos, he quemado en la chimenea las sillas, imposible ya sentar la cabeza; a su fuego he arrojado las vigas, ¡¿ quién pide candiles habiendo estrellas?!; en sus llamas se han extinguido los libros, por fin duermen tranquilos los molinos; han prendido en sus brasas las lamas que la noche me ocultan, ya no pide permiso el amanecer; todas las telas se han calcinado, los fantasmas se pasean desnudos; consumidos los retratos en las ardientes caricias, de nuevo inventar una vida, sólo quedan vuestras cartas, ...ellas...o morir en este invierno.
Falso puede parecer el juramento de mi palabra, pero testigo es de mi verdad la sangre que en mis manos mana al robar de las rosas su aroma. Sin ser dogma de fe, no es falta de ese plasma la anemia que mi corazón padece, es la ausencia de vuestro ser la causa de esta palidez, por vivir de esta vida la noche en el ausente día de vuestro tacto, que sólo mis párpados encoge por este adiós perenne que fija mi pensar intacto en el duelo de vuestros labios, vestidos de calas negras, tristes residuos de las palabras muertas.
Las lágrimas de vuestra redención, al romper contra esta mi prisión del corazón, desánimo han sido de serrar los lazos de esta pasión, sabedora del acantilado que secuestra vuestra ausencia, en esta condena…de un día. Mas siempre… un día más, horado estos muros, que no de piedra, son de tiempo sin vos, excavando en mi memoria este túnel de distancia, donde mis sentimientos se desgarran removiendo cada recuerdo que avanzo, sepultada por los derrumbes de mí conciencia, desescombrando el silencio en cada noche, donde mis palabras buscan la luz final, ese amanecer de libertad en vos.

Mo me busquéis, en el misterio de la gruta virgen, penetrando en el silencio de mi alma, estremecida entre las sombras, donde se distorsiona la proyección de mi presencia, descifrando los grafitis de este averno, guardianes del enigma de mi existencia sobre las fosilizadas lágrimas convertidas en aguijones bajo los pasos. Avanzad sobre el guano del camino, secreciones de mis sueños, allá donde lloran las estalactitas, esquivando las calaveras que revelan en su mirada todas las reencarnaciones de mis muertes, y en el fondo, allá donde la montaña ciega la huida... mis huesos... esperando ser injerto en vuestro corazón... brotes de la carne.
Cuando todas las sombras me hablen os desgranaré en mi palma, deshaciendo las hebras de las telas en los labios, en ese canuto de pieles aspiraros muy adentro, ese fuego de caricia que se consume fuera y arde dentro, inyectaros entre mis brazos en ese teñir de la sangre de la savia caliente, diluido polvo blanco, en mis ojos cabalgando vuestra mirada a lomos de un unicornio. Abandonarme al sueño de bañarme en el arcoíris que nace en vuestros labios, y muere…en mis venas.

Tengo ese sueño, ese sueño de vos, ese sopor sobre vuestro párpado, esa somnolencia mecida en vuestro labio, ese dormitar en el vientre. Hoy tengo esa nana, esa nana, latir del corazón, esa narcosis de vuestro beso, esa hipnosis del jeroglífico de vuestra yema, esa anestesia, eco del pulmón. Tengo esa soñarrera vigilia de vuestros sueños, esa modorra de luna, dormid... que yo no sueño en despertar de este letargo... en vuestro recuerdo.
No deseo amaros en el cielo... ya bajo la tierra,
quiero desnudaros en este infierno y arder en la piel... antes de ser cenizas.

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CARTA DE ISAMIL9

Viernes de otoño contigo.
A ti, que sé, me sabes,
y que sabes a noviembre.
Te pienso y se me llenan las manos. Estas manos que te hablan siendo, sin
saber de calendarios, de cumplidos, de liturgias obligadas, del aguardar inútil. Te
dan lo mejor que puedo ofrecerte, palabras, todas, todas en la forma y fondo que
prefieran tus dedos, esos a los que ruego llegar para quedarme.
Te pienso y los huesos me crujen como crujen los palos en invierno, porque
son los tuyos los que quitan sin querer, todos los que han ido atravesando otros en
mis ruedas para desnucar el sentido de mi vida, y volverme cuerda cuando yo lo único
que he querido, cuando he amado, es perderlo y volverme loca, pero no por el otro,
sino con el otro, forjando un “nosotros” sin olvidarnos el tú y el yo.
Te pienso y se me pone la sonrisa tonta, y sube la marea en mi vientre vacío,
entre una mirada hueca y un pecho que ha hecho aguas sin más pecado que el de
darse a bocajarro, y por la boca morir. Pronunciar 5 simples letras me ha condenado
a pena de pena más de una vez. Te amo, no es te quiero, y te quiero, no es yo
también.
Te pienso y no quiero más que leerte y releerte, y que hagas de mis arrugas
borrón y cuenta nueva. Quiero echarte de menos, que no me eches de más. Quiero
sentir que me intuyes sin parabienes, y que te enredas en mi duermevela cotidiano,
que somos manta aún por tejer.
Te pienso y no quiero más que volver a escribirte, que el final de esta carta
sea el preludio de todo. De ti conmigo, de mí en ti.
Y solo me queda amor, lo más complicado, arrancarle a las calles la dirección
donde he de enviarte estas letras, saber en qué silencio te hospedas, dónde me
estás esperando. Porque no puedo mentirme y negar que hoy, hoy también te
pienso.
 Ela

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CARTA AL SILENCIO DE SOCO RAMOS

Querida mía: el abismo que nos separa es tan profundo que dudo de que esta carta tenga sentido para ti. Pero no me resisto a escribirla. No, no me resisto a decirte que sigo amándote como el primer día. Más, mucho más. Como todos los años de nuestra vida juntos.
“¿Cómo puede ser posible tanto amor…?
Me pregunto mientras paso la mopa por el suelo que tus pies en raras ocasiones pisan.
¿Cómo puedo quererte día a día sin que el cariño se agote, se marchite…?
Me pregunto mientras recojo la ropa del tendedero y plancho tus blusas y mis camisas; mientras peino tus cabellos blancos.
¿De dónde brota este manantial de amor puro, que jamás se extingue…?
Me pregunto mientras trituro las lentejas con la Minipimer, mientras anudo la servilleta alrededor de tu cuello, mientras acerco la cuchara a tu boca que se resiste a abrirse.
 Y me he puesto a temblar agobiado por culpas antiguas.
Tal vez he ido atesorando, sin saberlo, abrazos que no te di, ternuras que te negué, sonrisas que no llegaron a florecer.
He descendido, por fin, al centro de mí mismo He mirado en los rincones que creía vacíos y he hallado intacta la riqueza de los afectos.
He subido con ellos hasta la superficie en la que flotas a la deriva y te los he ofrecido. Pero no te has dado por enterada. Igual que pretendías ignorar mis desatenciones.  “Debilidades de hombre”, “aventuras sin importancia”, “pequeñas infidelidades”. Decías bien: “pequeñas” porque hoy sé que nunca hubo otro amor en mi corazón que el que sentía por ti.
Y aquí me tienes ahora, con mis sentimientos incólumes. Con el amor de la época en la que nos conocimos. Con mi amor de novio. Con mi pasión de recién casado. Sí, pasión… Pasión… Pasión… porque hoy me apremia el deseo de tu cuerpo con el mismo frenesí arrebatado de nuestros encuentros clandestinos. Tu cuerpo al que llamo con el calor del mío sin que me responda, como no me responden tus ojos ni tus labios.
Tu ser ya no es capaz de responderme con la entrega trémula de la primera vez. Fue antes de casarnos ¿Recuerdas…? No. No puedes recordar. Soy yo quien debe recordar por los dos aquel atardecer que nos pareció una amanecida, la inauguración del día. Revivo el momento sublime en que te abriste para mi como una flor y toda tu te estremeciste al recoger en la tibieza de tus pétalos de carne mis temblorosas gotas de rocío.
Y no te importó que el mundo te juzgara pecadora porque tu mundo entero era yo.
Fuera de nosotros sólo existían las estrellas”


Sueño… mientras paso la mopa por el suelo que tus pies en raras ocasiones pisan.
Sueño… mientras recojo la ropa del tendedero y plancho tus camisas y mis blusas; mientras rasuro tus mejillas de anciano.
Sueño… mientras trituro las lentejas con la Minipimer, mientras anudo la servilleta alrededor de tu cuello, mientras acerco la cuchara a tu boca que se resiste a abrirse.
Sueño… que esta sería la carta de amor que me escribirías si mi mente se hubiera apagado y la tuya permaneciera lúcida.
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CARTA DE ANA SANTAMARIA

Querida madre:  
Hoy me han permitido unas cuartillas y un lápiz y las daré el buen uso que se merecen, que a buen seguro sé que usted sabrá apreciarlo.
Le contaré que la vida aquí es bastante disciplinada, con un férreo control, con dos comidas diarias y muchos momentos para la distracción. A veces pienso que las personas que estamos aquí somos como animales estabulados. Por otro lado, creo que el pensamiento menos errado es el de que he tenido mucha suerte de acabar aquí.
Madre, no quiero que culpe a la señorita Moresco de mi situación. Jamás uso artimaña o treta alguna en mi persona. Si existe algún culpable de que esté en este manicomio, soy yo, no ella o sus supuestos brebajes o hierbas malsanas. Ella tan solo es otra víctima más de esta absurda guerra, de esta sociedad. Ojalá algún día todo esto cambie.
Pienso en las penurias que se viven fuera de estos muros y puedo considerarme un hombre afortunado. A veces nos llegan noticias de fuera. Muchos son los que han muerto por causas indefendibles. Mi batalla era en nombre del amor y la he perdido. En cuanto a la señorita Moresco, madre, espero que me haga llegar noticias suyas, que su familia la haya tratado bien y tenga mejor suerte que yo.
Gracias al esfuerzo de su hermano, mi estimado tío don Santos, pueden permitirse mi estancia aquí. Siempre está bien visto contar con algunos reales bajo el jergón, sacan de apuros.
Aquí solo se permiten visitas en ocasiones muy puntuales. Está próximo a venir el Año Nuevo y tal vez sea posible que venga usted o padre o quizá Manuel, que ya sabe que le tengo cariño a mi hermano más chico. Si es posible, le rogaría que me trajese las fotografías de cuando estuve en la embajada, pues aquí no creen que trabajase allí.
El tiempo es frío. Salimos un par de veces al día al exterior. Son unos jardines amplios, incluso las monjas tienen sembrado un pequeño terreno a modo de huerto que dio unos tomates exquisitos este verano. ¡ Cuánto me hizo recordar el huerto del abuelo Julio¡, ¡ Con qué mimo lo cuidaba¡.
En el interior, hay buena temperatura. Aquí se preocupan por nuestra educación. Un par de horas al día nos enseñan las reglas elementales. Gracias a dios y a su esfuerzo,, madre, yo se leer y escribir, y por eso, me permiten que pase tiempo en la biblioteca. Es un lugar con muchos libros. Seguro que si viene por aquí y me permiten que se lo muestre, será tan de su agrado como del mío.
Madre...se me hace un nudo en el estómago. Siento pena por no poder abrazarla, por no compartir mesa y tertulia con los míos. No veo el momento en el que pueda hacerlo posible.
Hace unos días tuve flojera de vientre. Dicen que algo me sentó mal. Aquí ya no estaba la señorita Moresco para echarla las culpas de mis malestares. No sirvió de nada. En esos días me repusieron  a base de caldos insulsos. La naturaleza sabia obró cuando lo creyó justo y aquí me tiene, dando cuenta a estas cuartillas y echando de menos esas patatas con unto  tan ricas que usted hace.
La nostalgia, la rabia, el dolor, son mis compañeros aquí. No se sienta mal por mis palabras. No son solo las de un loco. Es bien seguro que los locos están fuera, vigilando a los tristes que aquí moramos.
Madre, se me acaban las cuartillas y el tiempo de ocio. Es mi deseo que usted siga bien cuando lea la presente. Con un abrazo, se despide
Suyo, su hijo Gregorio

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 CARTA DE ANGELES RODRÍGUEZ

Toc toc…

Vaya forma de comenzar una carta, y es que necesito que abras y me entiendas, que perdones la soledad de tu partida.
No podía acompañarte, no era el momento, no era una cuestión de amor pues mi amor se mantiene, no era una cuestión de miedo, bueno, si tenía un poco, me dejaste helada cuando me pediste que te acompañara, que no querías marcharte solo, pero tú sabes que no era eso. No era mi tiempo.

Toc toc… tantas lunas mirando al cielo llamándote…

Hoy es nuestra noche, la noche que te espero, y preparo ese rincón de la casa para recibirte, coloco tu foto con esa sonrisa que brilla en tus ojos y que en tu boca solo sabe ver quien te conoce, la miro y no deja de perseguirme el recuerdo de esa larga noche de tu despedida, te fuiste un mes después, pero ya no eras tú.

Toc toc… abre las puertas del cielo que aquí te espero.

He puesto tu altar con flores y luceros, con la comida que te gusta, con mil recuerdos, ven a reír conmigo, a sostener mi mano, déjame fundirme en la paz de tus brazos, déjame mirarte y decirte a los ojos que te amo, cántame una canción mientras duermo en tu regazo y me vuelvo niña, solo una noche papito déjame estar a tu lado.


Tu hija que te espera.
2 de noviembre de 1017.





martes, 13 de junio de 2017

VERÓNICA Y EL CUARTO MENGUANTE (Autora: SOCO RAMOS)

ILUSTRACION DE LAURA G. BÉCARES
que sirvió de inspiración para escribir esta historía

Verónica se encaramó al tejado y comenzó a aullarle a la luna.

A lo lejos, los abetos extendían perezosos sus brazos cansinos cubiertos de nieve y se dejaban bañar por la claridad plateada del astro nocturno.
Verónica continuaba aullando mientras el viento hacía flamear los pliegues de su camisón de raso blanco. No sabemos si era la señal de una rendición o la petición de una tregua. La luna no respondió a ninguna de las dos demandas. Redonda, brillante y lejana, su cara inexpresiva no mostró compasión ni sorpresa alguna como si los aullidos de la mujer fueran inaudibles y no perturbasen su placidez. Tal vez esperaba que, como otras muchas noches, Verónica tomara asiento en el tejado, extendiera las piernas sobre la pizarra negra, extrajera del seno la carta y comenzase a leerla en voz alta con los ojos vueltos hacia Selene.
Así había sucedido las noches de luna llena desde que empezaron a llegar las misivas anónimas. Mensajes de enamorado. Mensajes llenos de pasión que a Verónica le inflamaban el espíritu y, sobre todo, le encendían la carne. Mensajes con la promesa de encuentros clandestinos bajo la luz lunar.
Y esta noche, justo esta noche en que la luz reverberaba en la nieve y la claridad era más intensa. Justo esa noche que vestía camisón de novia, Verónica se encontraba sin el pliego de papel entre las manos.
Aulló a la luna. Aulló con desesperación. Aulló sin descanso durante horas hasta que, de amanecida, las gentes del pueblo consiguieron bajarla del tejado y la introdujeron en su vivienda.
Sobre el aparador de nogal oscuro destacaba la blancura de un sobre dirigido a su nombre.
Era la carta que la semana anterior Verónica había olvidado depositar en el buzón de correos.

Ella se obstinó en afirmar que era la luna. La encerraron por loca.

Debía de ser verdad porque la noche siguiente a la de su encierro entró en cuarto menguante. 

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