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lunes, 16 de enero de 2017

"LA FÁBULA DEL VIEJO RABEL Y LA LOBA PARDA" (Autora: ROSA MARINA GONZÁLEZ-QUEVEDO)

(Foto: Nemonio)

 Era una noche de verano y la luna llena rompía la quietud del recinto. Un haz de luz penetrante traspasaba la penumbra de la habitación, proyectándose sobre el espejo de la cómoda y refractándose sobre el antiguo armario, para iluminarlo misteriosamente.  Afuera reinaba una extraña calma, quebrantada por el chirriar de chicharras ocultas en los árboles de un bosque cercano. Apenas pocas familias habían llegado desde la ciudad, dos o tres, no más. El pequeño pueblo, perdido en la angostura de aquella montaña, parecía estar desierto.
Juan era uno de los pocos recién llegados. Por lo general, visitaba el pueblo cinco o seis veces al año, sobre todo en busca de la paz que la vida urbana le negaba. La casa había pertenecido a sus antepasados. Y él, que ya pasaba de los sesenta, volvía siempre allí, a revivir recuerdos. Así, al entrar, acostumbraba a tocar cada mueble y cada objeto que encontraba a su paso. Ello representaba una especie de ritual, como si a través del contacto físico pudiera hacer revivir estampas pasadas, acontecidas entre las paredes de la vivienda familiar. De esta forma, por ejemplo, tocaba el florero de porcelana e imaginaba a su abuela poniendo en él flores frescas. O la mesa de madera de la cocina, para ver de nuevo a su madre, extendiendo el mantel y llamándolo para comer. Cada objeto, cada elemento significaba algo vivo. De hecho, Juan no temía a los fantasmas.
Pero de todas las cosas del hogar había algo que quedaba fuera de aquella ceremonia táctil. En el armario de la solitaria habitación yacía un viejo rabel cual leyenda sepultada por la acción del tiempo. Y Juan se limitaba a abrir ceremoniosamente las puertas del mueble para observarlo allí, colocado igual que una reliquia sagrada sobre sábanas de hilo. Pero no lo tocaba con sus manos. No se atrevía a hacerlo. Y lo peor era que no sabía cuál era la fuerza misteriosa que se lo impedía.
Se trataba de un instrumento muy elaborado y antiguo. El propio Juan no podía explicarse de quién habría sido, pues su memoria, por más que hurgara en ella, no arrojaba ningún recuerdo en torno a aquel objeto. Durante su vida, no había escuchado a su abuela o a su madre o a cualquier otro pariente hablar de él en ningún sentido. No tenía, ni siquiera, referencias de algún antepasado con dotes de rabelista, ni mucho menos. Pero lo cierto era que, sin saber por qué, el viejo rabel había aparecido en el interior del armario así, un buen día, como si alguien lo hubiera celosamente guardado, quién sabe si para protegerlo de la vanidad humana.
Aquella noche, sin embargo, rompiendo su miedo, Juan sintió una energía de atracción especial, una fuerza descomunal que lo llevaba de forma inconsciente a ponerse en contacto con el misterioso instrumento. La luz de la luna era espléndida y se reflejaba sobre el armario abierto, creando en torno al rabel una imagen astral: mágicamente iluminado, el legendario objeto parecía destellar rayos multicolores de su entera estructura de madera.

Fue así que Juan se acercó y lo tomó en sus manos. Era la primera vez que lo hacía. Y luego, fascinado, se sentó y lo apoyó en sus piernas. Y con el arco empezó a frotar las cuerdas, lentamente, dando cuerpo real a aquella rara composición nunca antes escuchada, la cual fluía de su mente y se fundía en el sonido de un romance tradicional. Porque Juan, sin saber cómo, acompañado del viejo rabel, había comenzado a cantar una canción juglaresca, entonada por pastores mucho tiempo atrás. Y así, confundido por tanta fantasía, pensó que tal vez sería un sueño la imagen de aquella loba parda que afuera, en medio del silencio, aullaba a la luna

domingo, 20 de diciembre de 2015

"ROSAS ROJAS EN NOVIEMBRE" (Autora: ROSA MARINA GONZALEZ-QUEVEDO)


Este relato corresponde a la sección "poniendo historias" del mes de diciembre 2.015

Él te veía así, etérea. Su enorme capacidad de selección le permitió descubrirte entre tanta gente. Y desde entonces, no logró olvidarte. Tu perfil griego quedó grabado en su memoria. Y lo demás... Lo demás lo puso aquella dulce melodía. ¿Bach?... ¿Era la música de Bach aquella fantasía que flotaba por los rincones del enorme salón?... ¿Bach, Cello Suite No 1, quizás? Tal vez no. No recuerdo. Pero él te quería ver así. ¡Déjale soñar!
Estábamos allí, en aquel recinto. Corría el mes de noviembre. El espacio, demasiado grande, por no decir “vacío”. La mesa, demasiado larga, por no decir “aburrida”. La atmósfera,  demasiado solemne,  por no decir “rancia”. Se conmemoraba el primer aniversario de la muerte de un célebre poeta, cuya celebridad, por grande que era, no llegaba a superar el patetismo de la ceremonia. Todos de gala, elegantemente ataviados con trajes negros, como si el color pudiese generar un sentimiento de luto del todo inexistente. Y luego, el chasquido de copas de finísimo vidrio, sirviendo de contrapunto al rusiente murmullo. Porque, a pesar de la solemnidad, los allí presentes no dejaban de cuchichear esto y aquello, ¿sabes?, el cotilleo del ambiente de salón que, poco a poco, se transforma en ruido. Un rumor que crece y se expande por el aire y vuela. Un rumor que aniquila la armonía cuando todos hablan a la vez y sin parar... A ver, ¿qué más?... ¡Ah, sí! Como centro de mesa un enorme adorno floral. Y el perfume, expandiéndose a través de los rincones. El aroma del nardo, de la azucena, del jazmín. Flores blancas. Para sellar aquel festín de vanidades.
Y tú, ¿dónde estabas? Pues, allí. Imaginaria y real. Sentada en el ángulo derecho del salón, casi arrinconada (como quien dice). Eras algo así como la reproducción de una escultura antigua, o la imagen de un ser mitológico, encarnándose en el cuerpo de una dama sutil que toca el violoncello. Y aunque fatigada, mantenías firmemente el instrumento, sin curvar la espalda. Tu mano izquierda, trenzando las cuerdas, acariciándolas. Y en la derecha, el arco. Y tus ojos, más allá de aquella gente de rostro inexpresivo. Tu mirada, diríamos que ausente, sobrepasando las fronteras de tan desabrida reunión para quedar prendada del haz de luz de alguna estrella... Pero, ¿es que nadie te veía? Sí. Todos te veían. Pero sólo él te observaba. Y así, abanicaba la esperanza de tomarte del brazo para llevarte muy lejos de allí, sin decir adiós.

Han pasado los años. Y desde entonces, (y aunque no lo creas), el extraño enamorado no ha dejado de enviar rosas rojas en noviembre. Rosas que reúno y coloco, con especial cuidado, en el regazo de aquella juventud. Y entonces, me miro al espejo y te re-encuentro. Guapa, etérea. Casi arrinconada, en el ala derecha del enorme salón. Tocando una exquisita melodía. Como eras. Como era. Tal y como él, desde su silencio, nos recuerda aún.

martes, 13 de octubre de 2015

"COMO UNA TARDE DE OTOÑO" (Autora: ROSA MARINA GONZALEZ QUEVEDO)



ROSA MARINA GONZALEZ QUEVEDO, leyendo el relato en el 5º encuentro de 
CUENTO CUENTOS CONTIGO



Poema en el que se inspiró Rosa Marina González Quevedo, para crear su historia 
y el autor del mismo  TOÑO MORALA


(A las maestras que tuvimos.)

 Violeta o gris, no lo sé. Creo que más bien gris. Siempre llevaba gafas oscuras. Por eso nadie podía saber a ciencia cierta cómo era su mirada. Y vestía de gris. Eso sí, era bella aún como un día de primavera.
 Al parecer, la posesión de algún ser oscuro la atormentaba. Que la mujer solía darse baños con colonia y cascarilla de huevo para ahuyentar el mal, eso decían las malas lenguas. Pero el mal no se alejaba de su ingravidez humana. El mal lo llevaba muy dentro de sí... En fin, ya sabes que en ocasiones la soledad es peor que el hambre. Nos duele demasiado y nos hace daño. Mucho daño. Y no es que fuera supersticiosa o que se dedicara a prácticas espiritistas o hablara con los difuntos. Es que, simplemente, el mal lo llevaba dentro con la forma del vacío inapelable. Bueno, como todos, sin diferencias. Sólo que a ella la impresión oculta de algún misterio la perseguía sin darle tregua. Y su mirada era gris (o tal vez violeta) como la tarde de un otoño anticipado. Pero nadie podía saberlo a ciencia cierta. Decían también que le gustaba beber una copa de vino antes de irse a la cama. A veces más de una copa, algunos aseguraban. Y que después se acostaba y se ponía boca arriba, bien derecha hasta quedar profundamente dormida. Para irse por ahí, andando por algún sendero onírico repleto de posibilidades para ser feliz. ¡Habladurías!
Era el panegírico de la melancolía. Eso sí, bella aún como un día de primavera. Una leyenda con libros bajo el brazo. Su figura mitológica vibraba por los corredores. Su silueta ataba lazos entre un sueño y otro. Su voz cantaba cancioncillas infantiles que nos enseñaba con ilusión. Y bebía su copa al borde de la cama hasta que, por fin, una noche marchó. Lo supimos aquella mañana en la que al llegar al aula ya no estaba. Ni estuvo al día siguiente, ni al otro, ni al otro. Emigró igual que un cisne, quién sabe si para hibernar en algún lago frío durante el verano. Y nos quedó su mirada gris (o violeta) enganchada a la percha de nuestra curiosidad. Nos preguntábamos unos a otros por qué una mujer así, ¡tan bella aún!, tenía que marchar a escondidas sin decir adiós. Y es que éramos muy jóvenes y por aquel entonces volábamos con la piel abierta sin sospechar que la vida es una bailarina que danza en el ciclo de las estaciones. O una mujer solitaria que, harta del sol, anticipó el otoño. Con sus gafas oscuras y el gris de su mirada oculto tras el cristal. Como una tarde de esas, cuando el verano no se ha ido del todo y el invierno está demasiado lejos. Eso sí, bella aún. Como una tarde de otoño en un día de primavera.


domingo, 6 de septiembre de 2015

"LA FABULA DE LA GORRA" (Autora: ROSA MARINA GONZALEZ-QUEVEDO)

ROSA MARINA GONZALEZ-QUEVEDO, ensayista y narradora Cubana, licenciada en filosofía por la Universidad de La Habana y en Lengua y Literatura Románica y Latinoamericana por la Universidad de Nápoles, nos ha enviado este relato para todos los seguidores de CUENTO CUENTOS CONTIGO. Recomendamos a la vez su blog personal donde podréis disfrutar de otros textos maravillosos de esta autora. www.reginaenvenus.blogspot.es


No se quitaba la gorra, ni siquiera para entrar a la cama. Y es que su gran secreto era que, bajo la gorra, almacenaba ideas. Ideas buenas, malas, regulares, peores, mejores... Pero, al fin y al cabo, ideas. En mayúscula y en minúscula, entre corchetes y signos de admiración. Ideas elevadas al cuadrado y al cubo; ideas frías y calientes, blancas y negras. Esas que, justo por ser ideas, raramente pasan por los telediarios o por las fiestas de cumplidos o por las revistas de moda. Ideas menguadas y enriquecidas, viejas y nuevas, raras y comunes. Y es que una vez, por haberse quitado la gorra, le vieron pensar. Y desde entonces trataron de castrarlo. Fue cuando decidió “engorrarse” por siempre, hasta para ir a la cama. Y sobre todo para ir a la cama, por si acaso los sueños fuesen confundidos con ideas.
Tenía una entera colección de gorras, adecuadas a cualquier estación del año y a todo tipo de acontecimiento público o privado. Gorras de todos los colores, elegantes y deportivas, sobrias y ridículas. Y se las ponía en cualquier posición, igual con la visera al derecho que al revés o de  lado. Gorras acumuladas entre el armario y la bañera, entre la habitación y el portal. Tongas y tongas de gorras por doquier; barricadas construidas para protegerse contra la imbecilidad, el miedo o la envidia.
En cierta ocasión llegaron a su encuentro los de la televisión, posiblemente hasta con buenas intenciones. Querían entrevistarlo. Pero él les echó a cajas destempladas, más bien, por aquello de evitar que las ideas se le escapasen a través de la boca: Perdonad el engorro, pero... ¡podéis iros a la puta mierda!, y les cerró la puerta en las narices. Y entonces la noticia recorrió el país y traspasó las fronteras. Entre otras curiosidades a ser mencionadas, se cuenta que una gigantesca gorra inflable fue usada, por breve período, como logotipo de una reunión de la Asamblea General de las Naciones Unidas (eso hasta que comenzara a ser objeto de la caricatura publicitaria). O que una importante firma de productos farmacéuticos inventara una gorra contra la fiebre y la cefalea. O también que se diseñara una gorra atómica con fines bélicos, entre otras cosas... En fin, que a partir de aquel momento, surgieron miles de millones de ideas en torno a un accesorio llamado “gorra”.
Claro que, como podemos suponer, la eternidad no es condición del género humano. Y él, por obra de su propio conocimiento, una mañana se quitó la gorra, así, como quien no quiere las cosas aún queriéndolas. Salió de la cama, abrió la puerta, se asomó a la calle. Y fue entonces que pudo constatar la amenaza de muerte pululando a su alrededor: ideas que saltaban, corrían, navegaban sin rumbo fijo en la inmensa red de la matriz viviente; efluvios peligrosos que atentaban contra el orden natural de la vida cotidiana le llenaron de terror. Y fue así que, llenándose de un coraje nunca visto antes, se cubrió el rostro para no percibir las ideas que él, genial creador del mundo, había, por puro ego, un buen día echado a volar.


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