Si te gusta escribir y quieres compartir tus textos .... ESTE ES TU BLOG. Manda tus relatos, cuentos, cartas o cualquier otro género narrativo a cuentocuentoscontigo@gmail.com y si son seleccionados, serán publicados en este blog. (Los textos no deberán exceder de dos o tres caras).
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Montes Pazos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Montes Pazos. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de noviembre de 2015

DESPEDIDA (Autor: FERNANDO MONTES PAZOS)

El eco de su voz sonaba muy lejano, aunque apenas le separaran de ella unos pocos metros. Su corazón (el de él) era lo más parecido a un pozo desecado o una cueva helada e inhóspita, en que todos los sonidos estaban condenados a un cómico e inútil reverberar contra las paredes de la misma, sin esperanza de encontrar ningún destinatario fuera de aquella oscura y desierta oquedad. Pensó que el ronroneo persistente de su voz (la de ella) tenía mucho en común con el absurdo empeño de las gotas de lluvia por estrellarse contra el cristal de la ventana, sin otra perspectiva que la de tener que resbalar derrotadas por la fría superficie de vidrio. También pensó, mientras paseaba la mirada ausente por el paisaje velado de la calle, que no dejaba de ser aquélla una ocasión ideal para una despedida, en que todo el universo parecía estar de luto. Recordaba las últimas palabras pronunciadas por Rutger Hauer en Blade Runner (“lágrimas bajo la lluvia”), o la última frase de Adiós a las armas, de Hemingway, cuando el protagonista, cabizbajo y derrotado, se rinde ante su inminente desolación: “Volví al hotel bajo la lluvia”. Sí; efectivamente, las tardes de lluvia estaban hechas para los momentos de postración y derrota, como ese.
-¿Qué te pasa, Alejandro? ¿Es que no me oyes?
Por extraño que parezca, Alejandro había olvidado, casi por completo, que ella estaba allí. Fue entonces cuando reparó, con cierta sorpresa, en el traje burdeos de chaqueta y falda corta, en las manos trenzadas sobre el bolso que a su vez reposaba en el regazo (ella estaba sentada en la única silla que había en la habitación, con las rodillas muy juntas), en el húmedo pañuelo de batista con las iniciales bordadas en hilo de oro, desteñido por las manchas de rímel… Y sobre todo en los chafarrinones que surcaban sus mejillas, abriéndose paso por entre las capas de maquillaje con la determinación de un torrente para ir a morir a ninguna parte. “Igual que las gotas de lluvia”, pensó él fugazmente, antes de contestar:
-Sí, claro que te oigo.
Animada por lo que ella dio en entender como un vestigio de debilitamiento de su postura, puesto que se había dignado dirigirle la palabra, reanudó su alegato en un tono más esperanzado y menos plañidero:
-Te juro por lo más sagrado que es a ti a quien siempre he querido: lo de Ricardo no fue más que una aventura, un devaneo pasajero. Es contigo con quien quiero pasar el resto de mi vida. Te estoy diciendo la verdad…
Y su voz volvió a quebrarse. Alejandro cerró los ojos, a pesar del miedo que le inspiraba la imagen recurrente del cuerpo de ella entrelazado con el de su mejor amigo, profiriendo hondos suspiros de placer mientras él permanecía en el quicio de la puerta, mudo y con una estólida expresión de asombro, impregnado el aire de aquella atmósfera de irrealidad típica de las pesadillas, que lo incapacitaba totalmente para sentir ira. Había regresado del viaje sin avisar un día antes de lo previsto, para darle una sorpresa, y resultaba que el sorprendido había sido él. Entonces sintió una invencible sensación de asco y de hastío, que removía inexorablemente el último rescoldo de piedad o comprensión. Sintió que hubiera sido mil veces preferible el que ella le hubiera confesado que era en realidad del otro de quien estaba enamorada, y se hubiera mostrado dispuesto a mostrarle su solidaridad, por muy doloroso que fuera. Y lo peor no era que estuviera intentando engañarle de nuevo, sino que ahora, en efecto, le estaba diciendo la verdad. O sea, que aquella tarde les había mentido a los dos. La sola idea le llenaba de una sorda y desesperada repugnancia, haciéndose tan insoportable que apenas le dejó fuerzas para murmurar lacónicamente:
-Vete.

Ella comprendió, entonces, que la partida estaba perdida sin remedio. Con movimientos lentos y precisos, que parecían formar parte de una coreografía previamente ensayada, se levantó de la silla, se estiró el bajo de la falda, enjugó las últimas lágrimas con el pañuelo de batista, recogió el paraguas goteante, abrió la puerta y salió, sin volver la vista ni decir adiós. Él la siguió desde la ventana con la mirada hasta que dobló la esquina más próxima, su imagen distorsionada por la lente deformante que configuraban las gotas de lluvia al resbalar por el cristal. Y cayó en la cuenta de que no sentía nada…


sábado, 27 de junio de 2015

LA VIDA ES UN JUEGO (Fernando Montes Pazos)


Recuerdo que me desconcertó su apariencia inofensiva, casi cordial, desde el momento mismo en que pasé a su despacho, una habitación desprovista de luz natural y atestada de libros. Aparte de los anaqueles en los que se hallaban apiñados éstos, se podía decir que el resto del mobiliario era de una gran sobriedad. Lo formaba una mesa considerablemente alargada, con dos sillas elegantemente tapizadas en cada uno de los extremos. Él ocupaba una de ellas y, con ademán solícito, me ofreció asiento en la otra. Sentí que mi nerviosismo, ya de por sí bastante aventado por la situación, se acrecentaba aún más al saberme objeto de su mirada impasible, desde el otro lado de sus gafas con montura de pasta. Avezado psicólogo como sin duda era, y quizás un poco compadecido de mí, me ofreció algo de beber.
-Whisky, gracias –respondí, logrando a duras penas que la voz saliera del cuerpo.
Se incorporó con una calma que a mí me parecía inexplicable y extrajo de un mueble-bar situado justo a sus espaldas dos vasos junto con una botella del citado licor. Vertió apenas dos dedos en cada uno y volvió a guardar la botella en su sitio. Yo apuré el mío prácticamente de un solo trago, mientras que él apenas había humedecido los labios en el suyo. Me miró durante algunos segundos con una expresión que a mí me dio por calificar a medio camino entre socarrona y divertida, hasta que por fin se decidió a quebrar un silencio que comenzaba ya a resultar embarazoso:
-Le ruego que no malinterprete el que no le ofrezca una segunda copa. No desearía en modo alguno que me considerara un mal anfitrión, tacaño y roñoso. Es sólo que le quiero perfectamente sobrio para este juego.
Más o menos acerté a balbucear que no se preocupara, que lo entendía perfectamente.
-Es la primera vez, ¿verdad? –me preguntó a continuación, prácticamente a quemarropa.
Mi respuesta se limitó a un vago cabeceo afirmativo, pues la voz parecía obstinada en no salir de la garganta.
-Si quiere, puede abandonar. Ha ocurrido otras veces. En tal caso, tan sólo insisto en que se olvide de que esta reunión ha tenido lugar.
-Necesito el dinero –logré articular, por fin.
-Muy bien –ratificó él, reclinándose en el respaldo de la silla y trenzando los dedos- ¿Está seguro de que lo hace sólo por dinero?
-Naturalmente –respondí con inusual firmeza- Puede estar seguro de que ésta será la primera y última vez que lo haga… aun en el supuesto de que gane –añadí, bajando sombríamente la cabeza. Fue entonces cuando mi interlocutor dejó escapar una risa contenida, rompiendo con su habitual hieratismo, lo cual me desorientó nuevamente.
-Disculpe –dijo a continuación, alzando una mano y recomponiendo el gesto- No he podido evitarlo. Me recuerda usted tanto a mí mismo cuando empecé en esto… Dígame, si lo hace sólo por dinero, ¿por qué no ha elegido un procedimiento más seguro? Algo como fundar una cadena de restaurantes, o especular recalificando terrenos.
Me quedé absolutamente perplejo ante lo que a todas luces era una pregunta absurda.
-Para eso hace falta disponer de un capital inicial. Y de influencias…
-Me ha decepcionado usted, amigo mío –replicó, negando con la mano- Le creía más inteligente. Lo que en realidad ha llevado a esas personas a conseguir ese presunto éxito que ellos creen merecer es una combinación de azar y falta de escrúpulos, exactamente igual que la que me ha llevado a mí a labrarme la pequeña fortuna de la que ahora dispongo. Si bien yo tengo la suficiente lucidez como para ser consciente de ello, y no caer en ese burdo endiosamiento del que adolecen todos ellos. Absurdamente atribuyen lo que ellos llaman éxito en la vida a no sé qué cualidades personales, que los hacen destacar sobre el resto de los mortales. Y el siguiente paso es el de olvidarse de que son vulnerables, y de que son mortales, cuando, a la hora de la verdad, les pegas un tiro y sangran igual que los demás.
No sabía qué decir o hacer, así que opté por dejar que siguiera hablando. En eso, se despojó de sus gafas de culo de vaso y, apoyando los codos sobre la mesa, acercó todo lo que pudo so rostro al mío. Sentí un escalofrío al contemplar el azul pálido de su ojo izquierdo, inutilizado por una catarata. Me dijo entonces con lentitud:
-Tal vez no admire su inteligencia, pero sí su valor ¿Sabe por qué lo digo?
Tragué saliva y afirmé con la cabeza, puesto que sí lo sabía. Él llevaba más de veinte años dedicándose a eso. La conclusión era a un tiempo terrible e irrefutable: si estaba allí, era porque nunca había perdido. Con gesto adusto volvió a ceñirse las gafas, adoptando un aire que cabría tildar de auténtico profesional.
-¿Ha traído su propia arma? –me espetó, conduciéndose de repente con desdeñosa frialdad.
Negué con la cabeza, parte del cuerpo con la que llevaba comunicándome durante casi toda la conversación. Él extrajo a continuación del bolsillo de su chaqueta una pistola hermosísima, con la empuñadora de plata. Creo que no pude evitar que a mis ojos aflorara un destello al verla. Mi contrincante lo advirtió de inmediato.
-En ese caso, no tendrá inconveniente en que utilice la mía. Y, por favor, le ruego que no me juzgue mal. Nunca he creído en esas supercherías de que ciertos objetos den suerte. La suerte, amigo mío, no existe. Sólo el azar.
Y dicho esto la impulsó con el dedo, haciéndola girar sobre la mesa varias veces, como una peonza. Cuando terminó de dar vueltas, el cañón apuntaba hacia mí.
-Empieza usted –señaló mi oponente, sin duda con la intención de hacerme reaccionar al ver que no hacía nada.
La tomé con mano trémula y me la acerqué a la sien con un movimiento retardado, exactamente igual que el de una imagen filmada a cámara lenta. Cerré los ojos y recuerdo que sentí que el aire adoptaba una consistencia pastosa en torno a mí, como si me envolviera una intangible campana de silencio. La voz de mi contrincante sonaba tremendamente lejana, pese a estar situado a tan sólo un par de metros.
-Adelante. No tema. En el supuesto de que ocurra lo peor, ni siquiera oirá el ruido del disparo.
Toda mi vida desfiló ante mí en las décimas de segundo que empleó mi dedo índice en apretar el gatillo. Efectivamente, no llegué a oír la detonación, pero por el simple hecho de que ésta no se produjo. Deslicé la pistola a lo largo de la mesa hacia mi oponente, como el que está ávido por alejar de sí a una serpiente venenosa. Éste la tomó una con parsimonia desprovista de temor y pude apreciar que a sus labios afloraba un rictus sarcástico en el momento de acercar el arma a la tapa de los sesos.
-Créame, amigo mío. Dios es el azar. La única justicia que todo lo iguala.
Esta vez sí que se oyó el disparo, tras el cual se suceden confusamente en mi cerebro las imágenes de las que apenas alcanzo a recordar el dantesco espectáculo ofrecido por su cuerpo desmadejado sobre la silla, y la sangre saliendo a borbotones por el orificio de bala abierto en la cabeza.

Veinte años han pasado desde entonces, en los que he hecho una considerable fortuna, y ahora soy yo el que tiene ante sí a un joven novato sentado en la silla de enfrente. Pero en modo alguno soy tan estúpido de despreciarlo.

jueves, 4 de junio de 2015

PRÓLOGO

Autor: FERNANDO MONTES PAZOS




Una vez consumado el clímax amoroso, Javier se retiró lentamente (poniendo sumo cuidado en no manchar la tapicería del coche con alguna gota de semen furtiva) y se dejó caer, exhausto, sobre el asiento reclinado del conductor. Esperó unos segundos a que se normalizara la respiración y el corazón moderara sus latidos. Lograda la relajación, abrió la guantera y extrajo de ella el mechero y el paquete de cigarrillos. Se colocó uno entre los labios y, antes de encenderlo, le ofreció a ella, quien negó con un leve gesto de la cabeza. Javier no pudo evitar el sentir una profunda turbación al contemplar aquel cuerpo, menudo pero absolutamente perfecto, tendido boca arriba en el asiento del acompañante, donde habían estado follando vorazmente minutos antes. Le impresionaba la blancura nívea de su piel, aún más acentuada por el resplandor plateado de la luna llena, así como los pechos perfectamente enhiestos o la melena castaña desparramándose en voluptuosos rizos por la tapicería. Pero sobre todo le impresionaba el fulgor ígneo de sus ojos de un verde singularmente intenso, como de uva recién lavada, que en aquellos momentos contemplaban la luna con una fijación hipnótica y ausente, como si la sometiera a un misterioso sortilegio. Javier sintió una mezcla de fascinación y temor al percatarse del frío brillo de aquella mirada adusta, en la que reverberaba el reflejo de las estrellas como en la superficie de un lago helado. Por fin se decidió a romper el silencio de una consistencia opaca, que amenazaba con interponerse como muro inexpugnable entre ambos:
-¿Qué miras tan fijamente?
Por toda respuesta, ella se estremeció levemente en el asiento e hizo un gesto vago con la mano hacia la bóveda celeste, como si intentara abarcar la infinitud del universo.
-¿Ves las estrellas? Son hermosas, ¿verdad? Y, sin embargo, mienten constantemente. Muchas de ellas están situadas a cientos o miles de años luz, lo cual significa que lo que en realidad estamos contemplando es la huella de un resplandor emitido hace siglos. Puede que incluso la fuente se haya extinguido sin que lo sepamos, y que lo que estamos viendo sea, en realidad, lo más parecido a un fantasma.
Javier se limitó a exhalar una bocanada de humo, para disimular su desgana. Lo que menos le apetecía era ponerse filosófico después de echar un polvo. No obstante, como la chica lo merecía, decidió seguirle la corriente.
-También al revés, ¿no?
Ella lo traspasó con el bruñido acero de sus ojos verdes.
-¿Qué quieres decir?
-Que muchas de ellas, o la mayoría, nos sobrevivirán a nosotros. Seguirán allí, iluminando los cielos, cuando ya no estemos.
-Hablarás por ti, porque, lo que es yo, pienso estar siempre.
Javier iba a soltar una débil carcajada con la que contrarrestar lo que a él se le antojaba como un brote inocuo de humor surrealista, cuando una sensación extraña se lo impidió: primero un sofoco, seguido de un fuerte dolor en el pecho, parálisis del lado izquierdo del cuerpo y un repentino aumento de las pulsaciones. Al comprender lo que le estaba ocurriendo, se quedó mirándola a ella, con ojos suplicantes y a la vez interrogadores. La chica pareció adivinarle el pensamiento, por lo que se dignó a contestar la silenciosa pregunta del siguiente modo:
-Eres muy guapo y antes me apetecía follar contigo.
Fueron las últimas palabras que Javier alcanzara a escuchar, antes de que se hiciera la oscuridad total. Cuando hubo terminado, ella se inclinó sobre él para depositar un beso delicado, dotado casi de una castidad adolescente, en sus labios.
-Créeme, no es nada personal. Solo hago mi trabajo.

Dicho lo cual, los refulgentes ojos verdes se transformaron en sendas oquedades vacías, desapareció la ensortijada melena y el rostro angelical adoptó el contorno de una fría calavera que, envuelta en un negro sudario y empuñando una filuda guadaña que parecía salir de la nada, se apresuró a abandonar el automóvil y comenzó a recorrer el páramo desierto, su lúgubre silueta recortada contra el enigmático halo de la luna llena.

cuentocuentoscontigo@gmail.com

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *